Hoy las he vuelto a abrir. Las he leído. Hoy, que tengo tantas cosas que dejar hechas. Esta noche cojo un avión para aquella ciudad en la que fui adolescente. Me lo creo a medias. El viaje. La ciudad. La vida. He aprendido a sobrevivir al escepticismo, pues demostrado está que después del fin del mundo lo único que sucede es el año nuevo, que nada se interrumpe, que los procesos continúan, pero sobrevivir al escepticismo no significa que se haya disipado en absoluto.
Miro las cartas como quien mira las marcas de la pared de la casa veraniega para ver cuánto ha crecido de un año a otro. Hemos crecido, quien va a dudarlo, pero esas marcas también nos dicen que siempre seremos lo que fuimos, que el metro sesenta contiene al metro cincuenta e incluso al metro veinte.
A veces creo que está todo en las cartas. No la piel, no el calor de debajo de las sábanas cuando contienen dos cuerpos, pero sí todo lo que se necesita saber. Creo que las leo para eso, para saber aquello que olvido día a día.
También las leo para que dejen de ser importantes. Es como mirar directamente la escena de un crimen sangriento. La primera vez te impresiona tanto que cierras los ojos. Luego los vuelves a abrir y vuelves a mirar. Te vas acostumbrando al horror, poco a poco, casi sin darte cuenta, hasta que se vuelve cotidiano, hasta que eres capaz de convivir con él.
Sueño con un incendio, una inundación, un desastre natural cualquiera, que acabara con todas las cartas que te he escrito, que me dejara ser lo más ignorante posible, que me permitiera creérmelo todo, como creen los niños, los perros, los asesinos.
