Formol

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Conservo algunas cartas. Tampoco todas, la mayoría de las cartas se desprenden de nuestras manos y pasan a vivir en otro lugar, en otro tiempo, a formar parte de otra familia.

Hoy las he vuelto a abrir. Las he leído. Hoy, que tengo tantas cosas que dejar hechas. Esta noche cojo un avión para aquella ciudad en la que fui adolescente. Me lo creo a medias. El viaje. La ciudad. La vida. He aprendido a sobrevivir al escepticismo, pues demostrado está que después del fin del mundo lo único que sucede es el año nuevo, que nada se interrumpe, que los procesos continúan, pero sobrevivir al escepticismo no significa que se haya disipado en absoluto.

Miro las cartas como quien mira las marcas de la pared de la casa veraniega para ver cuánto ha crecido de un año a otro. Hemos crecido, quien va a dudarlo, pero esas marcas también nos dicen que siempre seremos lo que fuimos, que el metro sesenta contiene al metro cincuenta e incluso al metro veinte.

A veces creo que está todo en las cartas. No la piel, no el calor de debajo de las sábanas cuando contienen dos cuerpos, pero sí todo lo que se necesita saber. Creo que las leo para eso, para saber aquello que olvido día a día.

También las leo para que dejen de ser importantes. Es como mirar directamente la escena de un crimen sangriento. La primera vez te impresiona tanto que cierras los ojos. Luego los vuelves a abrir y vuelves a mirar. Te vas acostumbrando al horror, poco a poco, casi sin darte cuenta, hasta que se vuelve cotidiano, hasta que eres capaz de convivir con él.

Sueño con un incendio, una inundación, un desastre natural cualquiera, que acabara con todas las cartas que te he escrito, que me dejara ser lo más ignorante posible, que me permitiera creérmelo todo, como creen los niños, los perros, los asesinos.


Cronología

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Mi casa tiene tres tiempos. El hoy está en el piso de en medio, el ayer en el piso de abajo y el mañana, por supuesto, en el piso de arriba. Por las noches el hoy cae sobre el ayer y el mañana sobre el hoy, mientras un nuevo día se prepara arriba del todo.
Yo vivo en el ayer, sobre todo. A veces hago cosas en el hoy (generalmente comer, tender la ropa o ver la tele). Al mañana casi nunca subo. No hay nada allí que me pertenezca. Por las noches, si me pilla un sueño ligero, noto cómo los días caen lentamente sobre mi cuerpo..

Necesidad

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Creo que hay golpes en la vida que te hacen fuerte. Pero también, y esto no hay que olvidarlo, te vuelven desdeñosa. Supongo que son los ángeles que te obligan a tomar conciencia de la realidad de la existencia y la relatividad de todo lo demás.
A veces me invade el espíritu romántico, el mismo que me hacía imaginarme mi funeral cuando era adolescente (menos mal que por aquel entonces los emos no existían), y es ese espíritu el que me hace imaginarme la vida de los otros si yo estuviera en ella. No sé si por la muerte o por una repentina desaparición o huída. Sólo que ahora no me los imagino como antes, llorando y pálidos sobre mi cadaver, maquillada como una verdadera Ofelia prerrafaelita. Me los imagino no demasiado distintos a como son ahora. Me imagino su día a día, la compañía que le harán sus cosas cotidianas, sus tristezas y miedos, sus pequeñas y grandes alegrías. Me imagino que todo, al menos todo lo importante, volvería a su sitio. Ninguna existencia daría un vuelco inabarcable.
En esta vida puedo decir algo bueno de mí misma. He tenido la enorme deferencia de no volverme nunca imprescindible.


Tumores

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Por lo que veo, las palabras te encolerizan más que los nefandos hechos.

Cantar de Valtario

Porque las acciones no duelen. Se hacen. Son hechas. Y punto. No hay más vuelta de hoja. Tampoco los desplantes, las decepciones, los olvidos o los crímenes. Todas ésas son cosas con las que podemos convivir. Al final quedan por perdonar las frases, sólo las frases, las tímidas y enclenques palabras son las que hacen daño.
Así que de entre las pocas cosas que me han herido en la vida (y digo herido de verdad, de tambalearme sobre el suelo y pensar que alguien tendría que morir en ese momento) está aquella frase: "la perra tiene unos tumores tan grandes como tus tetas". No fue desafortunada la comparación, fue simplemente imperdonable.
Luego me explicó que fue lo primero en que pensó para que me hiciera una idea del tamaño, que no se le ocurría nada en este mundo que tuviera el mismo tamaño que mis tetas. Yo no pude soportar la idea de ver mis tetas como tumores de una doberman.
La perra murió. Unos tumores así --unos del tamaño de mis tetas-- pueden acabar con la vida de cualquier mamífero.
Sus dueños se quedaron más tarde con mi gata. No puedo saber si han perdido o han ganado con el cambio, de una perra con tumores a una gata hipersensible incapaz de perdonar ofensas (una gata preciosa, eso sí).
Al menos la gata está operada. Ya no mea en cada esquina de la casa. La operó la misma veterinaria que ahora ha desarrollado una revolucionaria teoría sobre el cáncer. Dice que los tumores son una especie de incineradores naturales de algo que al cuerpo le hace daño. Si así es me pregunto qué albergaban los tumores de aquella dóberman, qué hay tan hiriente sobre la faz de la tierra que necesite unos tumores del tamaño de mis tetas para ser destruído.

Feliz Año

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Ni siquiera las velas más grandes son infinitas, pero este año tenemos una enorme vela verde. Se acabará, quién lo duda, pero durará mucho. Espero que baste para este invierno, que os tengo a casi todos tan condenadamente lejos.

Compañía

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Las teclas de la máquina de escribir me producían una suerte de tranquilidad.

La casa no estaba nunca en silencio, y no era por los discos de Joaquin Díaz que T. y yo escuchábamos una y otra vez hasta aprendernos de memoria más romances de los que serías capaces de imaginar. Tampoco era por la tele, la radio o los gritos de alguien que se había ofendido mucho. Lo que hacía que en mi casa no existiera ese silencio desasosegante y vacío eran las teclas de la máquina de escribir.

Papá siempre estaba a medias de escribir algo. Nunca empezando o terminando, siempre a medias de escribir. Tecleaba con dos dedos, los índices con considerable rapidez. Fue a un curso de mecanografía, pero a duras penas se le quitó el vicio de los dos dedos. Yo estuve más tiempo en mecanografía. Si me descuido un par de meses más me acabo presentando a exámenes de secretaria. Menos mal que, cuando estoy a punto de conseguir un objetivo concreto, paro a tiempo, doy media vuelta y me voy.
En casa siempre sonaban las teclas de la máquina de escribir. Bonito juguete para las niñas. Bonita manera de ganarse la vida, si alguno de nosotros se hubiera ganado la vida con eso.
Papá era una bata verde de lana, humo y sonido de teclas que volaban unas sobre otras.

Yo he cambiado la máquina de escribir por el portátil. El cigarrillo por una barra de incienso y la bata de lana por un poncho gris (también de lana). Por lo demás, sigo sin sentirme nunca sola. Debe haber una suerte de fantasma, de duende que habita las batas de lana, respira humo y habla con el sonido de las teclas.

Tiempo

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Sí que es otro tiempo. Por si alguna vez lo había dudado, ayer un hombre y un hermoso piano de cola me hicieron tomar conciencia con seguridad absoluta. No sé si es exactamente la música lo que mide el tiempo de otra forma, o es el arte, o el sexo, o la muerte. No lo sé. Pero sé que que es un tiempo distinto, que no hay un solo reloj en este mundo capaz de calcularlo, y que sólo a veces, sólo en contadas ocasiones, llegamos a acariciar su naturaleza indómita y aún salvaje.
Al principio me empeñaba por medirlo igual que lo había hecho siempre, por ponerle principio, final, duración o consistencia. A veces intento pensar mientras este tiempo salvaje sucede, aunque sea para poder organizarlo según el hilo de mí misma. Me da miedo que empiece y, una vez que ha empezado, me da más miedo aún que se termine. Como si pudiera terminarse, como si dentro de sí mismo hubiera momentos y espacios delimitados.

No. Es un tiempo que no puedo conocer, ni dominar, ni medir, ni esperar de él un principio y un final. Sólo sé que está ahi, y que de vez en cuando coincidimos y entonces el otro tiempo, el que sí que tiene principios y finales, el que puedo medir, dominar, conocer, el que me hace llegar pronto a los sitios y saber la hora que es con siete minutos de error; ese tiempo deja de tener sentido.