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Mostrando entradas de febrero, 2006

HIERRO 3

Nunca pensé que fuera a echar de menos un sótano. No suele extrañar lugares quien casi no extraña personas. Tal vez lo extrañé porque se había convertido en una especie de ritual, o porque por una vez iban asociadas ambas cosas, el lugar y la persona. Un día por semana iba con H. al Dam, bajaba las escaleras, atravesaba las cortinas de terciopelo y buscabamos nuestro sitio de siempre. Nos Repantingábamos en los pufs naranjas de ese sótano con luz baja, música hipnótica, pared de bicicletas y olor a porro. En ese sótano los móviles dejan de funcionar y hasta creo que los relojes van más lentos.
No volví al Dam hasta que no volví con él, pero estaba lleno (un lugar así suele estarlo) y nos tuvimos que conformar con mesa y sillas, como todo el mundo.
Luego otra vez más, y otra, hasta que por fin había sido un día agotador de una semana agotadora y sabíamos con certeza que habría poca gente en el sótano. Descubrimos con euforia una tarta de manzana encima de la barra y bajamos cansados y f…

resurrección

Si es cierto que las tazas tienen labios -debe serlo, la porcelana en contacto con la boca provoca algo de calor y ternura humanos- las mías tienen labios dorados. Quería dos tazas blancas para ver el color exacto del té que las habita, y dos porque no tengo dos de nada (casualidad o fobia a las colecciones, vaya usted a saber).
Me esperaron en lo alto del bosque, en la casa abandonada que debió ser de la bella durmiente, pues en el dormitorio intacto había trepado una rama de rosal. Estaban en la cocina, donde se habían acumulado los años en forma de polvo y de olor a moho, dos tazas de porcelana blanca, con una línea dorada en el borde y el recuerdo en forma de platos de haber sido un juego entero.
Dos tazas que sumergí con cariño en agua hirviendo, para que olvidaran todo lo que es preciso olvidar. Dos tazas que se irán acostumbrando al té mientras yo me acostumbro a besar labios dorados.

Pero al final, fracaso. El polvo se ha incrustado en sus grietas de tal manera que es imposible…

Regalo

El año pasado tuve a Bill Viola, la exposición de expresionistas en la que elegimos media docena de cuadros para llevar a casa, la Ofelia de Millais de la que aún no he salido, una jirafa, una cuchara de asta, el recuerdo de un cuarto azul, dos libretas a medias y algún que otro mensaje despistado en mi móvil. Pero el mejor regalo de San Valentín fue la escena de la parejita que estaba comiendo frente a nosotras en el último piso del Corte Inglés y el saco de regalos absurdos y cursis que él le hacía a ella y las veces que ella se colgaba del cuello de él emocionada. Le dije "Mira, P., se quieren". Pero P. sabe bastantes cosas, por lo menos bastantes más que yo (suya es la frase "hay que pensar en el incesto como primer motor del amor") y me respondió: "se les pasará pronto".
Es cierto, pasan pronto, sólo son momentos, escenas que luego se desvanecen bajo la rutina, los reproches o la violencia de frases cotidianas, pero me gustó ser testigo de sus besos, …

Oda

Amo a los marineros. No sólo por Jean Genet, aunque confieso que fue él quien me hizo darme cuenta no es suficiente un libro para un amor tan intenso -ni siquiera ese libro- y a los marineros sólo se les puede amar violenta, intensamente.
Los amo sin razón, sin esperar que me correspondan, como todos los momentos en los que realmente amé, en cuerpos diversos y edades contradictorias. Los amo con todo el corazón, y las vísceras, y las manos y el sexo. Sobre todo con el sexo, pues ellos también tienen algo de líquido.
No es un amor ingrato, o por lo menos no más que todos los amores. No amo sus cuerpos, sino la distancia fluctuante que me separa de ellos. No hay nada malo en amar distancias que van y vienen como olas. Mi amor no les hace daño, aunque tampoco los vuelve más hermosos ni más fuertes.
Están tan lejos como la última de las estrellas, en otro mundo diferente del mío. Sin embargo mi amor no es más imposible que el resto de todos los amores. Les escribo cartas y les mando besos al…

Aulas

Tardé bastante en entenderlo. El primer día que me pusieron -me puse- frente a veintipico adolescentes lo hicie enfundada en una falda de raso color mora y un sombrero de raya diplomática.
Era en el mismo instituto al que había ido tantas veces de niña, repantingándome en los sillones de la sala de profesores o fisgando los trabajos de alumnos en el seminario de filosofía. Allí fue también donde pasé cuatro años de mirar por las ventanas y pegar el culo a la calefacción las mañanas de invierno. También donde dejé alguna nota escrita al estudiante de nocturno que compartía mi pupitre y donde siempre fui una buena chica, una estudiante notable (nunca sobresaliente) y un ser un poco raro, que despreciaba a los hombres, amaba a los perros con una pasión que rayaba la zoofilia, escribía poesía, se maquillaba demasiado bien, nunca llevaba falda, forraba sus libros de texto con escenas de masacres e injusticias, prefería no salir a la calle en la hora del recreo y siempre estaba comiendo algu…

Blue

Es triste y es azul. También es el estribillo de una canción de Christina.... déjame intentarlo con pegamento... pero para mí Blue es el frasco de perfume que tenía G. en su habitación, y también el olor que me abrazaba sin miedo ni inquietud ni veguenza. Sin pedir permiso.
Por eso fue lo último que me llevé de Irlanda: un frasco igual de azul que el suyo y un poco de ella. He tenido que ir abandonando perfumes porque los recuerdos eran más fuertes que su propio olor. Este tiene un olor suave, muy suave, y un recuerdo aún más suave que él mismo, porque, querida mía, casi nadie se da cuenta de que me sigues abrazando.

Días

Moriremos un jueves. Lo dije en aquella postal e intento decir siempre la verdad en mis postales. No es un espacio demasiado grande el que concedo a la honestidad, pero es el que necesita. Si escribiera algo más de esas pocas líneas seguro que se me colaba -queriendo o sin querer- alguna mentirijilla sin importancia, ciertas mentiras piadosas u otras cuantas bolas gigantes. Las postales no nos dejan permitirnos esos lujos. Ni siquiera queda espacio para la retórica, porque apenas sí caben los besos de despedida (y no creáis que no me ha costado lo mío aprender que los besos son más importantes que la retórica).
Hay tantas razones para morir de jueves que no me detendré a enumerarlas. Además, si lo hiciera, la mitad de ellas seguro que serían o retórica o mentira o ambas cosas. Siempre supe que sería un jueves porque siempre que me mandan elegir un día elijo ese: el jueves. Es inexorable. El único día consciente de sí mismo.
Hay jueves que no son jueves y días corrientes y molientes que …

Cine

"Es de una belleza cruel, te va a gustar". No sé si con eso se refería sólo a Titus o también a La Caída de los Dioses, a Mullholand Drive, a Hiroshima, mon amour, a La Belle Noiseuse, a El amor es el Demonio, a Teorema, a Madre Juana de los Ángeles, a Dogville, a Requiem por un Sueño, a La Balada de Narayama, a Léolo, a El Imperio de los Sentidos, a Dolls, a Persona... o tal vez ni siquiera estaba hablando de cine.

suerte

8:25 de la mañana.
Una voz de niña al otro lado del teléfono:

-De las pegatinas que me regalaste... ¿el sombrero da buena suerte?

-No lo sé. El sombrero no sé.

-¿Y la seta? ¿La seta sí da buena suerte?

-La seta sí. Seguro. Mogollón de buena suerte. ¿Cómo me llamas tan pronto?

-No sé. Estaba preparándome para ir al cole. ¿Te desperté?

-Sí... bueno... sí... no importa. Ya verás que hoy tienes un montón de buena suerte.