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Mostrando entradas de marzo, 2006

Cosas

Morir entra dentro de la rutina diaria. Es algo que hacemos siempre, decir adiós a rincones, personas, animales, objetos... sobre todo objetos, aunque tengan esa apariencia inmontal. Recuerdo un cuento de una escritora argentina que para mi era la perfecta descripción del infierno. El caso es que la protagonista de repente se empezaba a encontrar con todos los objetos que había ido perdiendo a lo largo de su vida. Su habitación llegó hasta el paroxismo de lo grotesco. Los objetos que habián sido hermosos ahora eran simples cachivaches sin conexión, sin significado, es decir, sin vida. Sí, el infierno tiene que ser algo así. Yo en mi infierno me encontraría cuatro teléfonos móviles, un gato, unos cuantos millones de pendientes, un trozo de corazón (el trocito que dejé dentro de su bota) y cacharros que ni siquiera imagino existiendo en una secuencia temporal en la que yo estuviera.
A veces pierdo cosas para no tener que recordar, otras por no romper un "momento perfecto" busc…

Manos

No nos conocimos nunca. Hablamos una vez por teléfono un par de días antes de volverme a España. Por alguna razón se empeñó en que yo sabía leer las manos. Le quise sacar de su error, pero no me hizo caso. Se las arregló para conseguir mi teléfono, me pidió mi mail, desatendió todas mis advertencias y me las envió: sus manos escaneadas.
Totalmente abiertas, llenas de líneas que jamás podría interpretar, las manos de aquel desconocido me ofrecían su vida entera. Me dio cierto pudor ver aquello. No estoy acostumbrada a contemplar la desnudez ajena -casi no estoy acostumbrada a contemplar siquiera la desnudez propia-, menos aún cuando en la desnudez habita la desesperanza, un grito que pide auxilio, que exige que le lean el alma de una vez, que le traduzcan algo que no entiende.
Las manos abiertas siempre dan alguna cosa. En esta ocasión se dieron a sí mismas, desligadas de un cuerpo que no conozco, de unos rasgos que nunca he contemplado, de una persona anónima. Las manos extendidas como…

Materia

Estuvimos jugando como niñas pequeñas, G. y yo, sobre la mesa de la cocina con un trozo de barro que iba tomando formas torpes. Me di cuenta de que desde que era una niña no había mejorado nada, pero lo sorprendente es que tampoco había empeorado. Había algo que permanecía intacto.

Los jueves M. da clase de cerámica. También hacía mucho tiempo que no jugaba en su taller. Lo visitaba como turista, fisgaba los rincones y acariciaba los falos gigantes. Sin embargo, cuando mis manos tocaron el último trozo de gres k 118 traído de Alemania ya no hubo diferencia entre ese barro y el que manipulábamos G. y yo un par de días antes como niñas pequeñas sobre la mesa de la cocina, no hubo diferencia entre la que escribe en este ordenador y la que sujeta una rosa y un misal al otro lado de la mesa.
Las manos se colocan en posturas fijas, casi rituales, y el barro pasa por entre sus huecos. No es moldear. No tiene nada que ver con moldear. Es contener la materia en espacios exactos. La materia da m…

La maleta

Ella es guapa. Bastante guapa. La típica mujer que vuelve las caras de los hombres y hace que siempre le digan que sí. No tiene una belleza arrebatadora, pero sí es lo suficientemente guapa para no necesitar ser nada más que eso: guapa. Ahí es donde radica su tragedia. Somos seres perezosos y no desarrollamos nada más que lo que vamos a necesitar, por tanto ella no tuvo que ser más lista, ni más astuta, ni más graciosa que nadie. Le bastó con ser guapa. Ella sabe que un día su físico se volverá en su contra, que será -tal como ahora es en el fondo- su enemigo. Su propia piel no le servirá de nada.
Abandonó su maleta en la que fue mi casa. No adquirí consciencia clara de lo que abultaba su vida hasta que me vi obligada a hacerme cargo de su maleta. Tenía que haberla obligado a deshacerse de ella o a cargar el exceso de equipaje, pero lo planteó de tal modo que negarme a recogerla hubiera resultado demasiado violento.
Cuando me fui la dejé en el patio, junto a los trastos viejos, junto a …

Brecha

Los días son más largos. Lo sé porque al salir ya no era denoche, todavía quedaba un resquicio de luz en el horizonte mientras temblaba en el penúltimo asiento del autobús número cuatro.
Lo que me sucede cuando se empiezan a alargar los días o los prados a cubrirse de margaritas es como una sensación de vacío. Preguntarme si al fin estoy haciendo lo correcto o si debería estar con algo grande. Si me basta con levantarme cada día a las once de la mañana o debería hacer algo importante, algo realmente importante. Yo qué sé, una tesis doctoral, una novela, unas oposiciones, tener un hijo... como si de repente las pequeñas cosas se volvieran aún más pequeñas, insignificantes, y yo no fuera tan grande como los días ni diera tanto de mí como la tierra.
Es solo un momento, una brecha que se abre de repente en mi vida cotidiana, mi vida que se acerca a los veintisiete años y sigue masticando pequeñas cosas. Y de repente me enfrento al asombro de constatar un mundo inmenso, que florece y estall…

La mujer perfecta

Yo la conocí. Llegué a tocarla, incluso. Tenía la piel sedosa y tersa, los pechos perfectos, los labios perfectos, un pelo dorado que caía en cascada hasta la cintura. Los ojos eran color violeta, aunque inexpresivos. Las nalgas torneadas como medias lunas. Las manos perfectas, los dedos finos, las piernas tan largas que parecían interminables. Era preciosa.


La abandoné, pues cuando superas los 8 años deja de ser emocionante jugar con Barbies. Sin embargo hay escritores que lo siguen haciendo, no entienden que haya dejado de emocionar.

El despertar

Te despertaste y estabas sola. Te despertaron y estabas sola. No lo entiendes, por qué se empeñan en despertarte una y otra vez si no te quitan esa soledad, si te despiertan pero te vuelven a dejar sola y no te abrazan como abraza una mamá a su niña pequeña.

"Pierde un poco de líquido, pero te servirá", me dijiste al regalarme tu viejo mate. Tembién el termo azul "quiero que te lo quedes. Quiero que te acuerdes de mí cuando tomes tus mates en la playa".

Dime, ¿quién sos vos? Sos la que vivía en el 4º piso de Malasaña o sos la que se levanta una y otra vez entre sábanas de hospital, espantosamente limpias.

Sos la que cuenta historias, la que otorga consejos como sentencias, la que descubre el mundo y los motivos, la que no calla nada, la que un día me regaló el nombre de un planeta o sos a la que tienen que esconder los botes de pastillas.

¿De quién me tengo que acordar aquí, donde resulta casi imposible algo tan sencillo como compartir un mate? De la viajera, de la que…

Ocho de Marzo

Cuando me levanté no tenía voz. Había pasado toda la noche escupiendo una materia compacta. Reuní unos pocos poemas en hojas sueltas, me puse las medias moradas y le quité al gato todos los huevos de pulga que pude. Cuando llegué al último piso de El Corte Inglés mi garganta dejó de responder por completo.
Leí de todas formas, sin voz y en hojas sueltas. No siempre, pero de vez en cuando es necesario que nos volvamos héroes. Aquellas palabras estaban en la materia compacta que yo misma había escupido. Por eso era preciso. Porque si no expulsaba esas palabras seguiría sin voz. "Eres muy joven" me dijeron, entre la admiración y la disculpla.
Luego el azar o la réplica me llevaron a cenar entre el exilio. Pusieron una orquesta de tango y espaguetis sobre la mesa. Sus voces de otro acento, mi carencia de voz, todo unido creaba un clima idéntico. Nostalgias de un pasado que yo no era, mientras anhelaba el país al que ellos tampoco pertenecían. Lejanos en esta ciudad que no acoge pe…

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Nos escuchamos
Cogimos la costumbre de escucharnos
Es de esas costumbres de las que luego una no puede deshacerse
Nos seguimos escuchando a pesar de los jueves
Empezamos
aunque en realidad nunca dejamos de hacerlo
Este martes y todos ellos

A las 8

107.3
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Caballitos de Cartón

y tu té

Regreso

Recuperé algo. Todavía no sé exactamente el qué, porque está constituído de una materia viscosa y difícil de definir. Igual lo que recuperé está en la foto con el vestido azul, lazos en el pelo, un libro de nácar en la mano y una espiga atravesando el primer plano, pero creo que es más bien el caracol de porcelana del que me quise deshacer tantas veces. Tal vez lo que recuperé sea sólo espacio, pero esa clase de espacio que no tiene huecos ni fisuras.
Cambié la cama de 1'30 por mi viejo colchón de 90. Ya lo había decidido hace tiempo, la noche que me pasé gritando por algo que me contaron sin darse cuenta de que precisamente yo no tenía que escuchar aquello. Desde entonces mi colchón (nunca fue mío) se volvió insoportable (más extraño e insoportable aún) y la cama de madera maciza se rompía, amenazando con caer sobre el papel de periódico que la sostenía en un tiempo obsoleto y amarillento.
Me ayudaron todos los demonios y fantasmas que aún habitaban mi cuarto a mover esa cama y a c…