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Mostrando entradas de junio, 2006

El monstruo

Entro en las bibliotecas para mirar mi correo -no siempre es posible hacerlo desde la playa- y apuro la hora frente a los ordenadores públicos. En el fondo me gusta haberme quedado sin ordenador. Sé que lo echaré de menos y que esta situación me llegará a agobiar, pero de momento estoy bien. Tranquila.
He desempolvado el tablero de ajedrez y por fin puse play en la cinta de vídeo que llevaba un siglo dentro del aparato (Casanova). La tele tampoco funciona. A ésta sólo le falta un cable, pero encontrarlo es toda una heroicidad y, la verdad, ahora no estoy para heroicidades.
Hoy madrugué. Entraba en mis planes madrugar, pero no fue por eso por lo que lo hice. La razón es que mi cuerpo despertó despavorido a eso de las seis y media y ya no pude conciliar el sueño.

En los ordenadores del Antiguo Instituto se pueden fisgar las páginas del de al lado con sólo echar la silla para atrás. A mi lado ayer estaba uno de los seres más horribles que he visto en mi vida. Deforme, con las manos también …

El túnel

Volvíamos cansadas, con este cansancio de días de sol que te deja la piel pegajosa y no te permite pensar en nada. Estábamos realmente agotadas después de dos días oliendo calles y pasando nuestra mano por los cantos rodados de las paredes. Teníamos los colores, sabores y aromas de una ciudad extranjera y la sonrisa de los ocho años esculpida en la cara. A toda velocidad por la autopista, aprendices de detective con el cielo de nuestra parte, sabíamos que estábamos atravesando una frontera. El Negrón es la frontera más brutal que conozco. No sólo separa la provincia de Asturias de la provincia de León, sino dos paisajes, dos cielos, dos formas de vivir. Creíamos que no iba a ser terrible, porque habíamos conquistado de nuevo la inocencia y nos pensábamos inmunes a este cielo plomizo e inevitable. Con la insolencia de los héroes atravesamos el túnel para volver a las zapatillas, a la casa abarrotada, al polvo, a tener que conocer las respuestas. La atravesamos rápido para que no doliera…

La tierra

Regamos con incienso nuestros campos
Y no quedó nada, madre, no quedó nada.

Nada que estuviera vivo o diera de comer.
Nosotros los regamos para no morirnos de hambre
y ahora míralos, madre, tan desolados,
tan silenciosos y yermos.

Nos postramos ante los campos de girarasoles
-esos inmensos campos de girasoles-
y entonamos los rezos que tú nos enseñaste, madre.

No ha sido culpa nuestra, hicimos
todo lo que estuvo en nuestras manos.
No quedó plegaria que no pronunciáramos
ni fuego que no extinguiéramos,
ni agua que no derramáramos sobre la tierra seca;
nada en absoluto.

Perdimos la esperanza muchas veces
conservamos la fe,
algo que no era nuestro, madre,
que nos decía:
"La vida aún es posible".

Y ahora abandonamos,
por fin tenemos el valor de abandonarte
de esperar a que mueras
sin ningún Dios que acoja
y te perdone tus pecados.

Tiempos asesinos

Cuando vengan a por mí tendré el revólver en el regazo, como un bebé o un ramo de lilas (esas flores que amamos de alguna extraña manera), lo tendré cargado de una vida llena de preguntas y de la resistencia al frío que he ido desarrollando a lo largo de los años. No podrán conmigo porque ya no tendré miedo, el miedo que se enrosca en las rodillas y que se puede resumir en las palabras "morir sola", miedo al abandono, miedo a la muerte, miedo a apretar el gatillo. Si vienen a por mí estaré preparada y les sonreiré debajo del ala de un sombrero rojo como en una película en blanco y negro, donde el rojo es el único color real. Si me amenazan no gritaré. Apuntaré y dispararé, olvidadas ya la piedad y la culpa. Cuando vengan a por mí tú ya te habrás ido. Estáre sentada en el centro de una habitación vacía y conservaré la calma cuando echen la puerta abajo. Vendrán a por mí y no habrá libros en las paredes y la ciudad no será un escondite ni una excusa. Permaneceré quieta, tranquil…