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Mostrando entradas de agosto, 2006

Convite

Estamos invitados. Es el banquete por el fin del mundo. Está la mesa puesta sobre el acantilado y justo al otro lado se divisan las enormes esferas que anuncian una nueva creación o destrucciones pequeñas y sutiles, apenas perceptibles. Donde termina el mundo siempre queda sitio para un invitado más. No hay mucho que cenar, platos vacíos de mármol y el sol que se deja ver a veces. Pero tranquilos, no tendremos hambre. Os prometo que no vamos a tener hambre. Todo es tranquilo, es un borde aliviado de todo fervor romántico, donde desaparecen las ganas de inmolarse en honor a algún dios privado. Es el lugar perfecto para esperar. Esperar siempre.

La posesión

Tengo derecho. Creo que tengo derecho. Es posible que tenga derecho. Todos creen tener derecho a poseer aquello que quieren, y yo no soy muy diferente a "todos". No me mires con esa cara, claro que no lo soy, tanto tiempo juntos debería bastarte para eso, para tomar conciencia de que ni tú ni yo somos demasiado diferentes a todos ellos. Por eso creo tener derecho de posesión y también derecho de enfado o celos, derecho sobre cada uno de tus movimientos y de tus palabras -ay, sobre todo de tus palabras-. Y tengo ese derecho sin pestañear, sin inmutarme, sin lugar a dudas (los derechos funcionan así, sin dudas). Por eso poseo todo lo que amo; los libros, los poemas -los poemas distintos, como sabes, de los libros-, también la luz del sur o el verde de este norte que es mío, aún pese a mí misma. Todo forma parte de mi propiedad, como una herencia exensa, extensísima, que voy conociendo poco a poco. Los hijos ajenos, los animales míos también me pertenecen, como el agua para el …

Cuidados

Cuando regresé no había nadie lamiendo los cristales, pero mi jardín estaba lleno de malas hierbas. Me va a llevar un tiempo arrancarlas todas. Mientras tanto, agotemos los últimos días de Agosto, cálidos a pesar de todo.