Abandonada

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Se derramó el bote de alcohol yodado en a alfombra. No sé si el alcohol yodado es lo mejor para la piel, supongo que no, pero untarme los brazos y el pecho de amarillo que arde me produce cierto alivio y, tal como están las cosas, el alivio es a lo único que aspiro.
También me produjo cierto alivio que se cayera en la alfombra. Ver una mancha amarronada como si algo hubiera estallado, quizás un corazón o una bolsa de veneno (o ambas cosas, una bolsa de veneno contenida en el corazón) y respiré toda la noche el olor a yodo como un vaho curativo. El eccema no había desaparecido, sólo se había trasladado a la alfombra, pero entonces hay algo de equilibrio, ya no está sólo en mi cuerpo, sino en algo exterior, algo objetivo y físico que puedo odiar, maldecir o aborrecer. Con mi piel no puedo hacer todas esas cosas, o al menos no debo hacerlo. No es sano.
No limpio la mancha de alcohol yodado. No cambio las sábanas. Pero no me llaméis abandonada, pues la canción más triste del mundo, querida G., sin lugar a dudas es Los Ejes de mi Carreta. Todos necesitamos un poco de óxido de vez en cuando.

Abismo

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Va por rachas. Hay momentos en los que puedo reconocer algo mío en los otros. Algo de su indolencia, de su desesperación, de su amor, de su tedio, de su mezquindad, de su valentía, de su ternura, algún gesto, alguna mirada, alguna forma también me pertenece. Soy yo en sus palabras, soy inmensa en su poesía o estoy en sus frases a través de la mesa del café. Soy su forma de sorber el café, sus sueños, sus ganas de amar y ser amados, soy sobre todo su afán porque los comprendan, por tener a alguien que los escuche. También soy la que escucha, con el escuchar de las putas, que no juzgan ni intervienen. Soy lo que defienden, lo que votan, soy la que proclama la tercera república y también la que grita ¡viva el rey! Soy sus caras de asombro, soy el viejo encorvado, soy cada una de sus arrugas y he vivido su historia. Soy también el niño o la niña, los que sonríen desde el carricoche. Soy esa sonrisa despertada en el mundo. Soy cada uno de ellos y los entiendo y sé que ellos a mí, que ellos también me miran y son yo, son mi prisa o mi calma, son mi respirar hondo y también se ahogan cuando yo me ahogo.

Pero luego hay otros momentos. Momentos como éste. Momentos en los que no soy nadie más, en los que no encuentro nada que se me parezca. Nada que sea yo en ellos. Como si ellos o yo perteneciéramos a razas diferentes, o a tiempos alejados. Son días en los que me levanto y veo que todo se ha transformado sin que yo me diera cuenta, sin que ni siquiera me importara. Y entonces ya no es cuestión de pequeños detalles, sino de una gran distancia, un saber que no hay nada parecido, no existe un solo punto en común. Nadie puede comprenderme y yo no puedo comprender a nadie. Es inútil que nos miremos. Aunque todos estemos esperando el Alsa son diferentes alsas. Muy diferentes.

Descanso

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No es la misma ciudad cuando la enseño. No es el mismo suelo ni la misma lluvia. Ni tan siquiera yo soy la misma, sino que soy más idéntica a lo que está dentro, cuando no me divido en partes y soy un solo ser, con un borde que toca el universo.
Hay quien recorre cientos de kilómetros sólo para decirnos una frase, o para darnos un abrazo, porque esa frase o ese abrazo son mucho mayores que las 13 horas en autobús, que los paisajes, que los recorridos. Son aquellos ante los que no vale la pena hacer esfuerzos y es absurdo, resulta ridículo fingir que soy mejor de lo que soy. Es un descanso, mayor que cualquier país o vacaciones, por unos días no ser mejor.
Tampoco nuestras fotos son las mismas cuando las enseñamos, como la ciudad, la lluvia, el suelo. Y ¿por qué tienes la mirada tan triste en todas? No sé, si te digo la verdad nunca me había dado cuenta. Siempre supe posar. Siempre fui fotogénica. Ahora menos. Ahora no me gustan las fotos. ¡Fotos no, por favor!
Me gusta enseñar mi ciudad y mis fotos, así veo distinto el lugar en que vivo. Dejo de formar parte y de repente yo también soy extranjera, sin sentimentalismos, sin historias. De alguna manera vine también en ese autobús. 13 horas de ida. Luego 13 de vuelta y vuelta a la normalidad, aunque las conversaciones hasta las tantas de las mañana nos hacen fuertes y piso con pie firme un suelo que no conocía, y sin embargo era-es mío. Mi suelo. Mis pisadas. Raíces en paisajes y ciudades y fotos que ya no puedo ver si no es con ojo ajeno, con ojo que ha recorrido una noche de viaje y se ha despertado cuando el conductor grita ¡Gijón! ¡Última parada!

Requisitos

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Habréis
de cortaros el pelo para venir a verme
de descalzaros para entrar en mi casa
de encender el fuego para hacer la comida
de cantar con voz suave las canciones pasadas me moda
de abandonar las cosas que nos hicieron daño
de hacer preguntas difíciles
de responder preguntas difíciles
de bañaros desnudos
de inventar lugares donde podamos vivir
de leer poemas
de recordar mi voz cuando no hablo
de no perder la fe

Cumpleaños

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Cuando vuelvas a casa el jazmín habrá florecido.

Brindis

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Por el amor para siempre.

Pregunta

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Cuando estabais con alguien ¿alguna vez pensasteis que el amor iba a ser para siempre?

Gironda

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Cansada, sí, cansada. De no ser un animalito que maulla o una playa o no tener antenas. Cansada de tener sed, esta sed inmensa que no se apaga nunca. Cansada de no ser agua o de llevar los pantalones rozando la entrepierna. De no saber decir, de no tener la voz chillona de un gallo o de los lobos. Cansada de seguir volviendo cada día, de beber magdalenas en cada sorbo, de esperar la muerte de los otros. Cansada de no ser una rosa, una cala, una pared de madreselva. Cansada de ser tan inútil como un teléfono fuera de cobertura. Cansada de no morder espaldas. Cansada de no esperar nada.
Cansada, muy cansada. Cansada de no tener ganas. Cansada de dar explicaciones. Cansada de no desear hombres palpables. Cansada de dar besos a las tazas, las paredes, la frente de los perros. Cansada de no parir, cansada de no comer placenta o sangre.
Cansadísima de no cantar a gritos por la calle. Cansada de que me arda la piel, del sarpullido, de las postillas, de las heridas, de los rasguños. Cansada de no tener garras y una boca con la que desgarrar la piel ajena. Cansada de desgarrar mi piel y no encontrar nada, absolutamente nada.

Doble lectura

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Ella sabía que podría hacerme saltar de alegría y gritar como una niña pequeña con sólo cuatro palabras, así que esperó para decirlas al final de la cena. Una vez recogida la mesa las pronunció como un hechizo:

"Leo dijo que sí"

Será el 4 de Mayo. En Oviedo. Masaveu 55. 8:30 p.m. Un jueves, obviamente.

Leopoldo Sánchez Torre, Miguel Rojo, Ana Vanessa Gutiérrez, Paco Velasco, Aurelio Ovies, Guillermo del Pozo, Pablo Texón y Pablo Suárez

nos (yo, tú, Viti, Fran, Héctor, Carlos, José Luis, Antonio y Simón) leerán. El chico lánguido nos (yo, tú) cantará mi tango y tu bossa.
Nosotros (yo, tú, ellos) pronunciaremos palabras ajenas. Probablemente más de cuatro.
Los demás (vosotros) serán sólo invitados.

En Marcha

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Es hora de caminar sobre la tierra todavía fresca de haber enterrado cosas en ella. No sé si eran tesoros o huesos. En el caso último no sé si eran huesos humanos o huesos animales. Si eran animales no sé si había muerto hace dos días o hace miles de años.
Ponerse en marcha. Bajo un cielo que es sólo azul a medias y en un camino que nadie ha recorrido.
Guardar una toalla en la mochila para las adolescentes que vomitan en el autobús número 20, camino de El Jardín (la discoteca). Para limpiarles la boca y que no pidan perdón. Limpiarles el rímel de los ojos y que no pidan perdón. Taparles las piernas de una falda demasiado corta y que no pidan perdón.
Para eso quiero la toalla, y para seguir caminando y bañarme en un río de agua fría. Dulce y fría. Llorar agua salada si es preciso.
Cantar con la línea azul las canciones que me aprendí cuando tenía miedo, y también las que nunca llegué a aprenderme. Descubrir que nunca llegué a saber El Cadilac Solitario y descubrir que la parte más fría de mi cuerpo son las nalgas. Pongo las manos en mis nalgas y está frío. Para todo eso es necesario seguir caminando, y para todo lo que aún no existe, y para lo que empieza a ser, y para lo que va a dejar de ser en cuanto dé un paso.
El jardín florece. Aspiro. Huele más la tierra que las flores.