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Mi patota

Manía que tiene el tango de hablar de lo perdido. Manía que tengo de la nostalgia. Miro afuera y os extraño, como si hubiéramos sido una panda de salvajes y yo ahora estoy en la parte más civilizada del mundo, en aquella que sí está dentro del nuevo-orden. Todavía quizá somos unas cuantas salvajes que quedábamos en las plazas para confesarnos, en los ríos para desnudarnos, en los bares para hacer el pino puente. Con tanto miedo como valor, sabíamos que cada momento era irrepetible. Pero no sólo era irrepetible para nosotras, era un momento irrepetible en el universo entero, uno de esos que suceden una vez en la historia de la humanidad. Algo que sólo ocurría ahí, que sólo podíamos llevar a cabo con un escrupuloso ritual. Nuestras miradas a veces fueron como puñetazos y nuestras palabras como puñales. Ese era nuestro baile. Este es nuestro baile.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Pues me voy a correos a enviar 10 de códigos de barra de centrasl lechera que me pueden tocar 10 kilos de pesetas, por qué, poruqe quiero pasarme la mayor aprte de mi vida vagueando, durmiendo, cantando, comiendo, bañandome en las Hurdes, tonteando, fumeteando...mi deporte, pelear pa que la vida me sea mía. Abajo el curro, viva la central lechera. Como cría.Viendo ese vídeo se me sube el colesterol vago.
Adela.
Ella ha dicho que…
Las plazas de este pueblo de tuneros siguen esperándote para que las acuchilles.
Algunas seguimos golpeando los escaparates y pinchando las ruedas de los coches.

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Regreso

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Dejar cosas atrás no es complicado.
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Nunca como esperabas, como un verso
Que muestra realidad ante tus ojos
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Llevamos una vida marchándonos de algo lo difícil, lo que desangra
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Que fuste la que fuiste,
Que el amor se mezcló con odio algunas veces
Que las tardes no habían sido cálidas,
Que traicionaste, que te traicionaron
Que nunca hubo perdón en la distancia.
Y luego, sin embargo,
Volver es volver a echar de menos.
No añoras hasta que tu piel recuerda
El olor familiar, el timbre de las voces, las paredes. Y vuelves a ser la que fuiste por
Un lapso muy breve, un instante fugaz
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India. Entrada.

Sales del avión. Coges el metro. El metro parece sacado del futuro, un metro que toda ciudad desearía tener: limpio, rápido, con información precisa de dónde te encuentras y cuánto te falta para llegar a tu destino (unas lucecitas azules se van encendiendo entre el nombre de una estación y otra a medida que avanzas). Incluso una luz roja te indica por qué puerta salir (derecha o izquierda). Ningún olor, ningún ruido perturba este universo organizado en luces de colores. Nada te hace sospechar lo que habita en la superficie, las riadas de gente, la ciudad palpitante.
Sales del metro. Te invade la oleada de personas, el perfume inciensado de pobreza. Atraviesas la calle negándote a todos los ofrecimientos, que pasan de la asertividad a la violencia. No, thank you, con tu ropa europea y tu piel extremadamente pálida y tu suficiencia. El hotel está cerca. Miras otra vez el plano: Sólo hay que coger esta calle, asegurarse del nombre en una placa, luego contar tres perpendiculares, torcer …

Expectativas

Una vino a esta tierra del sur con ciertas expectativas. Los principios son duros, no pasa nada, se dijo una. No pasa nada si al principio no tienes mucho amigos o si tienes que hacer algún que otro recado antes de empezar a hacer cosas más importantes en el trabajo, o si no viene a verte mucha gente al principio, o si no publicas ningún libro de momento o si, en definitiva, empiezas poco a poco.
Lo importante es ir aprendiendo, desarrollándote, adaptándote. Poco a poco tendrás tu grupo, tu puesto, incluso tu familia. Esas cosas requieren un poquito de paciencia.
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