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El perfume

Yo estaba vulnerable porque había descubierto que no se puede sobrevivir sólo con unos tangos y que un cielo no era suficiente y que hacían falta tantas cosas que no sabía por dónde empezar. También estaba vulnerable porque no tenía ningún olor que existiera antes de mí o a la vez que mi piel. Había dejado lejos los frascos de colores y aún más lejos los olores tan lejanos como lo que está al otro lado de las montañas.
Me preguntó papá que qué perfume de hombre me gustaba. Al final se lo regalé, porque los perfumes no son un nombre y hubiera sido absurdo dejarle una hoja de papel escrito en lugar de un olor. El caso es que me gusta comprar perfumes en los aeropuertos, como a la chica a la que me encontré en el viaje de ida le gustaba compar libros. Decía que podía escribir un nombre de aeropuerto en cada uno de sus libros. Desde hace algún tiempo yo puedo escribir el nombre de un aeropuerto en cada frasco de perfume. Los perfumes los uso hasta que un día ya no puedo volver a hacerlo, porque quedan demasiado impregnados del instante, y los olores saben guardar recuerdos y aquél olor a lilas fue un "¿puedo entrar en tí?" y unas bragas de algodón blancas que me parecieron lo más adecuado para esa noche y también un "te dije que no se dijeras nada" que más tarde G. me perdonó (creo que todavía me lo sigue perdonando) y el perfume verde quedó en unos pantalones de pana marrones de los que me despedí en Galway y una chaqueta verde a la que agradecí que se le rompiera un botón para no tener que volver a ponerme y en dos besos todo el mundo, un padrenuestro, un montón de flores que por fin escondieron aquella madera y ese perfume que dejé luego en una habitación de algún hotel de Sicilia, el lugar en el que renuncié a un romance por una relación cuando todos estaban de acuerdo en que aquello tenía que haber sido un romance.
Yo estaba buscando entonces, en este aeropuerto, un perfume que no impidiera el orgasmo, un perfume que no fuera excesivo, no de los de "qué bien hueles" al saludarme, sino simplemente que me acompañara, que se mezclara conmigo, que nadie pueda negar. Un olor que fuera más neutro que yo misma, que no se quedara en la nariz de nadie. Un perfume para un sólo frasco. Empezarlo y acabarlo sin que se cristalizara en nada, sin tener que cerrarlo para no recordar.
Así que recordé aquél que me gustaba pero que me parecía demasiado vulgar y Barajas era un buen sitio para un perfume de batalla.
Pero me equivoqué de frasco. Ya ves, lo fácil que es equivocarse en los aeropuertos. Una confusión de letras, números, colores y uno vuela a otro lugar al que nunca había imaginado. Puede que aquél lugar fuera mejor después de todo. Es un momento abisal aquel de coger un avión, un instante en el que podemos cambiarlo todo en un momento aunque en realidad sea una ilusión y todo esté decidido y previsto de antemano.
Igual yo también elegí ese olor de antemano y ni siquiera se me ocurrió cambiarlo, como si en lugar de a París hubiera cogido el billete para San Petersburgo o para Chicago y sólo tuviera el tiempo que dura la cola hasta el avión para cambiar, no mi billete, sino mi plan de vida, mis expectativas y hasta mi idioma.

Comentarios

Azena ha dicho que…
me gusta cuando escribes así, aunque a veces no lo entienda...
Ansetobeah ha dicho que…
¡Viva la aromaterapia! Hubo un tiempo en que yo mezclaba aromas en incensarios. Me creaba un mundo a mi medida y a la medida de quienes los recomendaban: Proust, Wilde, Peri Rossi, Mann; Durrell (Lawrence), Machado (Antoñito), etc. Hasta que aquél que viajó al fin de la noche demostró que la mierda se contenerizaba en perfumes que no podían rivalizar con el de la sangre. Y para viajar hacia la noche no hay que parar en aeropuertos ni esnifar incensarios.
Un saludo,
Anónimo ha dicho que…
ay madre, cómo anda el sujeto nómada comprando olores en no-lugares, déjate estar, para un poco y empezaras a oler tú y a oler tu sitio (tienes algun sitio?)Tate quieta un poco para empezar la putrefacción y dejarte oler y deja de pagar olores. COÑO
charo

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