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Ilusion

Hago recuento de las canciones que me sé, de las recetas que puedo hacer, de los libros que me quedan por leer y de los que ya he leido, de los poemas que alguna vez cambiaron mi vida, de los amigos que he perdido, de los amigos que me han perdido a mi. Vuelvo a repetir los versos que me aprendi de memoria, repaso las casas en las que he vivido y luego aquellas en las que sigo viviendo. Pienso que sé muchas cosas, todas las que estudié y también las que sigo recordando. Pienso que sé todo lo que he enseñado, que sé elegir, pienso en los pasos de baile que, con un poco de práctica, sería capaz de repetir. Recuerdo los paises de mis fotografias y los rostros de mis fotografias y los disfraces de mis fotografias. Pienso en los estribillos de canciones que nunca llegué a saberme pero que vienen una y otra vez... rendez-vous a Brasilia.... y me repantingo en los asientos del RER (en los del metro no es posible) y pienso en la sabiduría como antiguamente, como una enorme habitación llena de libros que será posible conocer... no ahora... algún día. Luego basta abrir uno de ellos para que se esfume el espejismo. Leer que sólo hay una verdad, y que es mejor decirla muy bajita o incluso no llegar a pronunciarla nunca. La verdad de que no es normal estar vivo. Y continuo el viaje.

Comentarios

Ansetobeah ha dicho que…
Ese viaje hacia el fin de la noche. Pero recuerda mi epitafio "durrelliano": "Todo prometía, todo desilusionaba". A veces me pregunto si aún se labran epitafios.
Un saludo,
Azena ha dicho que…
La habitación es demasiado grande y está demasiado llena. Sabemos tan poco que en realidad es una nada. Y sin embargo, en la meta, más allá de la vida, soñamos con abarcarla.
PIRELLI ha dicho que…
Ya lo decía la otra, "lo raro es vivir".
Buen blog. Me dice el jefe que no sabe cómo localizar a su autora y que a ver si es posible que se ponga en contacto con él a través de su web -un jefe sin web no es un jefe ni es nada- (www.juliorodriguez.es) para comentar un proyecto o algo así. Yo ya cumplí; me vuelvo a mi celda, a mi ombligo, a mi pelusa. Saludos cordiales.

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Regreso

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Que te cuentas cada día desde lejos.
Nunca como esperabas, como un verso
Que muestra realidad ante tus ojos
Marcharse no es difícil, amigo mío
Llevamos una vida marchándonos de algo lo difícil, lo que desangra
Es volver para ver que aquello fue verdad
Que fuste la que fuiste,
Que el amor se mezcló con odio algunas veces
Que las tardes no habían sido cálidas,
Que traicionaste, que te traicionaron
Que nunca hubo perdón en la distancia.
Y luego, sin embargo,
Volver es volver a echar de menos.
No añoras hasta que tu piel recuerda
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Un lapso muy breve, un instante fugaz
Un abrir y cerrar de ojos y mentiras.
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Expectativas

Una vino a esta tierra del sur con ciertas expectativas. Los principios son duros, no pasa nada, se dijo una. No pasa nada si al principio no tienes mucho amigos o si tienes que hacer algún que otro recado antes de empezar a hacer cosas más importantes en el trabajo, o si no viene a verte mucha gente al principio, o si no publicas ningún libro de momento o si, en definitiva, empiezas poco a poco.
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Han pasado seis años desde entonces. No puedo decir que esos años hayan sido malos, al fin y al cabo he tenido buenos momentos y lo he pasado bien. Es dulce compartir tu vida con alguien a quien realmente amas, con alguien a quien te gusta ver todas las noches al dormir y todas las mañanas al despertarte. El problema han sido las expectativas. La expectativa te pone en una posición de esperar, de estar verdaderamente convenci…

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Sales del avión. Coges el metro. El metro parece sacado del futuro, un metro que toda ciudad desearía tener: limpio, rápido, con información precisa de dónde te encuentras y cuánto te falta para llegar a tu destino (unas lucecitas azules se van encendiendo entre el nombre de una estación y otra a medida que avanzas). Incluso una luz roja te indica por qué puerta salir (derecha o izquierda). Ningún olor, ningún ruido perturba este universo organizado en luces de colores. Nada te hace sospechar lo que habita en la superficie, las riadas de gente, la ciudad palpitante.
Sales del metro. Te invade la oleada de personas, el perfume inciensado de pobreza. Atraviesas la calle negándote a todos los ofrecimientos, que pasan de la asertividad a la violencia. No, thank you, con tu ropa europea y tu piel extremadamente pálida y tu suficiencia. El hotel está cerca. Miras otra vez el plano: Sólo hay que coger esta calle, asegurarse del nombre en una placa, luego contar tres perpendiculares, torcer …