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Mostrando entradas de septiembre, 2007

Rutina

Llegué a casa tan cansada que tropecé con todo; la lavadora, la esquina de la mesa, la pared de detrás de la cama, tus palabras. Llegué tan cansada que tropecé con todo lo que tenía aristas, lo que no era ni suave ni blandito.

El tiempo

Ahora que no tengo tiempo me dio por darme cuenta de que la música no lo requería. Es algo tan ajeno al tiempo que puede ser disfrutada en las circunstancias más desfavorables, contra viento y marea y contra el cansancio de los ojos y las piernas. Curioso, la música que es la escultura sonora del tiempo y se ríe de él.
Pero no sólo escapa a ese tiempo cotidiano, sino también al tiempo que pasa, a los años que nos caen encima y nos vuelven menos traviesos (al menos a algunos de vosotros). El tiempo de la historia y la música también se ríe de este tiempo. Es como la doble articulación de la atemporalidad musical.
La música, como el teatro, necesita su doble. Una canción no es una gran canción hasta que no se hacen versiones de ella; entonces empieza a tomar forma propia, a descubrirse como generadora de sentido, de drama, de aspectos en los que su creador, si había pensado, lo había hecho inconscientemente.
Por tanto y para celebrarlo (últimamente se me ocurre celebrar un montón de cosas)…

OLFATO

Pelo ajos
pensando
en la capacidad que tiene la carne humana
para absorber olores
de todo tipo.
A ajo, por ejemplo
a nivea o perfume, a jabón para
las manos de los urinarios públicos.
A otras pieles
A sexo, a sangre de la que nace entre las piernas.

Y luego, mientras sigo pelando ajos, me pongo
a pensar en lo difícil que es deshacernos
-cuando se acaba el ajo, la comida
la visita al urinario público
o el sexo- del olor
que en la carne ha dejado la vida.