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Mostrando entradas de octubre, 2007

MARCAPASOS

Era un día de esos en los que me enfadaba con mamá y salía de casa a que se me pasara el cabreo. La playa de San Lorenzo es infalible para la autocompasión y la melancolía, un lugar que siempre incita al intento de suicidio, al paso hacia el abandono o la venganza (siempre pensé en el suicidio como una venganza). Salí de casa con el caset y la cinta que J. acababa de grabarme: Horacio Guaraní. J. es un tipo de fiar, sobre todo en sus recomendaciones.
Salir de casa con el caset y los cascos era todo un acto de rabia y aislamiento. Casi nunca lo hacía, la música entorpece el ritmo de las ciudades e impide escuchar conversaciones ajenas. Aquella vez era única, ir a escuchar a Horacio Guaraní junto al mar y con rabia.
Recuerdo que pensé que Puerto de Santa Cruz tenía la misma música que el agua, idéntico ritmo del océano. Se fundieron en una especie de milagro o síndrome de Stendhal y me bebí al mismo tiempo la boca azul, las olas, la noche, la soledad y la voz del argentino.
Luego Amada…

Otros van a misa

Se levantan temprano y se visten con ropas limpias y planchadas. Huelen bien y van bien peinados. Caminan hasta la iglesia con los niños.
Yo cojo el metro y creo que estos vaqueros ya los llevaba ayer, pero conozco los pasos y me he levantado pronto y voy a La Casa Encendida. Es sábado, otros van a misa, yo voy a Tulsa.
Es un concierto para niños, con canciones inmensamente tristes como en una iglesia. Por eso no hay diferencia entre los que van a misa y yo, que estoy en primera fila y en Tulsa, frente al grupo y recuerdo las cosas que he hecho bien, las cosas que hecho mal y las que no he hecho, igual que ellos en la iglesia.
Aquí los niños no están quietos y cuando ella les preguntó si tenían alguna queja un niño respondió "las canciones son todas muy tristes" y él intentó defenderse "son tristes pero bonitas". Eso pasa por dejar hablar a los niños. Si estuviéramos en misa no habría estos problemas. Pero a misa van otros, yo no, yo voy a Tulsa por una desértica carr…

Más dura será la caída

Dios tenía un ángel favorito. Eso no está bien, porque Dios es justo (o debería serlo) y no estaba bien que prefiriera un ángel a los otros. Pero qué le vamos a hacer, era inevitable. No había más que verlo, el pelo negro que contrastaba con el resto de ángeles de facciones aniñadas y cabelleras rubias, sus rasgos tan masculinos aunque careciera de sexo igual que sus congéneres.
No era amor sin embargo, lo que sentía Dios por Lucifer -así se llamaba el ángel- sino orgullo. Orgullo por ser el creador de algo tan bello, tan perfecto, y sobre todo orgullo porque Dios sabía que Lucifer tenía algo más de lo que Él mismo le había dado. No era su cuerpo o sus alas que relucían al sol, tampoco su voz profunda, pero sí sus ojos, más vivos, más abiertos de lo habitual. Lo que Dios no había creado era el amor que Lucifer le profesaba. Nunca nadie, ni ángel ni humano, le rezó con mayor fervor. Nunca nadie logró tal perfección en las acciones. Nunca nadie le había demostrado hasta dónde se podía se…

LITERATURA

Yo estaba estudiando la carrera de filología hispánica en una universidad de provincias. Aquella noche íbamos en el Opel gris plata mamá tenía puesta la radio. La ponía para no dormirse y para aprender cosas. Siempre estaba escuchando programas educativos: aprenda inglés, alemán, las bases del bip bop; lo que fuera. A mamá le gustaba hacer cosas útiles, aún en su tiempo libre.
Esa noche había un programa de la UNED (Universidad a distancia, tiene gracia) sobre LITERATURA. Pensé que empezaba a ser mi deber escuchar esta clase de cosas, así que atendí. Y atendí tanto que todavía hoy recuerdo ese programa y esta mañana me desperté con frío y demasiado pronto pensando en eso; en el tipo que era un profesor importante de no sé qué lugar -no pidáis tanto a mi memoria- y que tenía voz pausada y profunda. Un buen profesor -pensé- debería tener siempre una voz como esta: grave y lenta.
Pues bien, el caso era que ese tipo enseñaba a “comentar poemas” (sí, eso también es gracioso) y habían elegido…

SIRENA

Tengo la desagradable costumbre de ir cantando por las calles. Cada una tiene su melodía y hay paisajes que siempre van acompañados por los mismos compases. También hay luces o inclinaciones del sol propicias para canciones. No suelo elegir lo que canto, pero me gusta aprender de memoria mis temas preferidos para recurrir a ellos sin pararme demasiado a pensar lo que hago (una empezaría pensando en lo que hace y acabaría caminando en silencio, pasos rápidos, escaleras sin música), aunque sí que lo pienso cuando estoy asustada y voy por callejuelas por las que no debería andar una chica sola -y menos a estas horas- y entonces es cuando me pongo a cantar porque no me imagino a nadie atacando a alguien que va cantando a voz en grito mientras camina, es algo que rompe de tal manera la estructura del mundo que no podría llegar a suceder jamás.
No me miran como si estuviera loca, hemos llegado a un punto de no sorprendernos de nada por insólito que pueda parecer. De hecho casi no me miran, p…

PEQUEÑO

Lo pequeño como refugio, porque vivimos en ciudades monstruosas. Yo vivo en una ciudad enorme de ascensores y grandes techos y aires acondicionados. Imposible abarcar con los ojos o el objetivo o el entendimiento un hábitat descomunal y demasiadas caras y piernas y zapatos en los subterráneos, los metros y los bares. Vuelvo la mirada hacia lo diminuto, hacia el color de las uñas pintadas de los pies de las mujeres o hacia los colgantes, los tatuajes en lugar de las fisionomías. Simplificación por el efecto microscopio, asimilar una enorme masa de hormigón por la rugosidad de las paredes.
El ser humano ha dejado de ser la medida de todas las cosas. La medida es mucho más grande, como para llenar un espacio o un vacío o para comunicar cada uno de los lugares del planeta. El ser humano ya no, sólo habita lugares que le sobran por todas partes, una hora para moverse o un avión para dar un abrazo. Así que recreamos un pequeño mundo de juguete para manejarlo con manos de dioses, pequeñas mas…