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Mostrando entradas de noviembre, 2007

Las barras de labios nunca mueren

Hoy acabé la barra de labios. Me quedé mirándola asombrada varios minutos, el hueco imposible dentro de la barra y las estrías escondidas para sujetar la pasta blanca. La hice girar unas cuantas veces para cerciorarme de que no quedaba nada y así, mientras subía y bajaba un trocito de plástico pensé que no era aquello en lo que pensamos cuando imaginamos una barra de labios. De hecho creo que es la primera vez en mi vida que termino una, siempre las perdía o las regalaba o las rompía o las abandonaba antes de tener que utilizar un pincelito para extraer los últimos restos pegajosos.
Fue entonces cuando N. pasó junto a mí y me dijo que esa era como su primera barra de labios, y que todavía le quedaba un poco y más aún, que le daba pena gastarla. Porque es cierto, las barras de labios son inmortales, una las compra para tener algo inacabable, un poco más inacabable que una misma.
Por eso, cuando pasó un poco de tiempo, usamos la ropa de mamá y sus toallas, pero jamás pudimos con los pint…

La esposa de Lot

Siempre tuve tanto miedo a las estatuas de sal que no eché la vista atrás. En ningún momento revisé lo que dejaba, lo que había hecho o lo que abandonaba. Una vez escrita una hoja de papel ya podía quemarla u olvidarme, una vez recogido el cuarto no miraba desde la puerta que todo estuviese en orden. Cuando abandoné las ciudades no había una pizca de nostalgia que me hiciera torcer el cuello y nada logró que necesitara un último vistazo. Viví y me consumí, de una vez por todas, sin revisión o síntesis o recuerdo que cristalizara en una mirada final.
No me quedo para ver cómo se alejan los trenes, no espero a que se vaya el autobús para marcharme. Fue el miedo a quedarme ahí, para siempre atrapada en un tiempo o un perfeccionismo que era más grande que yo lo que me forzó a dejar las cosas a medio hacer, a no despedirme, a seguir caminando mientras todo arde.

Propiedad privada

Todos nosotros tenemos el libro de Raymond Carver en el dormitorio. Lo sé porque he estado en vuestras casas, si no me habéis notado es porque a veces viajo de noche, por interminables carreteras oscuras y durmiendo en los autobuses para no perder los días. Llego de madrugada a vuestras habitaciones y veo el libro rojo en edición bilingüe. Es algo que nos une como una rima asonante une dos versos.
Yo ahora también soy como Todos Nosotros; me senté en el suelo de madera de Paradiso, que es una de las pocas librerías que no te dan vergüenza ajena y su suelo es el mejor lugar para leer poesía. Es uno de esos lugares, como la noche o los atardeceres o los acantilados, que te reconcilia con la poesía. Allí adquirí Todos Nosotros y luego volví a casa, atravesé de nuevo autopistas, gasolineras, olivos y campos de maiz y volví a casa. La primera noche que lo leí doblé la esquina de la página de la página 32 y fue en ese momento cuando el libro pasó a pertenecerme. Porque los libros no nos pert…

NOVIEMBRE

En cada noviembre aparece la oscuridad como si fuera algo positivo y no negativo, como si la oscuridad no fuese falta de luz sino algo distinto, como una cosa densa que va llenándolo todo de frío. Siempre pienso que ya podré afrontar cada noviembre y luego llega esa oscuridad animal y es como una patada justo debajo del ombligo o en la entrepierna. Llega para acabar con todo lo vivo, con mis ojos, mis manos, con lo que pude ser. A la vuelta de la esquina se esconde otro noviembre y cada principio de noviembre me vuelvo vieja.
Me encierro debajo de algo con plumas y deseo algo que no está permitido desear. Deseo que noviembre no exista, que nunca haya existido. Por Dios, que la tierra se trague de una vez este mes horrible.