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Mostrando entradas de diciembre, 2007

Dos besugos

Es el día de Navidad. Éste no va a ser un post alegre. Te lo voy advirtiendo por si acaso esperabas encontrarte con una felicitación o al menos una historia. Éste post no es una historia, ni mucho menos. Este post son sólo dos besugos. Los besugos soportan a duras penas el paso del tiempo, así que mucho menos van a soportar las historias. Hoy es el día de navidad, aunque eso creo que ya lo he dicho. Los dos besugos siguen en la nevera, pobrecitos míos. Se han quedado solos y hoy me miran, descongelados y blanditos con su cara inmutable de besugo.
Dentro de su bolsa, están los besugos, como si no fuera Navidad, como si ayer no hubiera sido Nochebuena, como si nada hubiera ocurrido entre ayer y hoy más que algunas horas, las suficientes para descongelarse pero no para ponerse malos y empezar a oler mal, a pescado podrido, a pescado que no se prepara en el momento justo y luego van pasando los días y sigue ahí porque no tiene otro sitio a donde ir o porque está muerto y no sabe moverse.
Es…

Descenso al futuro

Le invito a un lugar tan nuevo como extraño. No está lejos, incluso está en el mismo lugar por donde usted camina sin percatarse. Pero ahora, oh maravilla, es un lugar nuevo. La huelga del personal de limpieza ha convertido el metro en algo digno de visita.
Baje las escaleras. No tenga prisa. Bájelas como quien entra en una casa nueva o en una iglesia. Será como si la civitizacion se hubiera terminado, como si siguiera el metro funcionando por una especie de inercia que hiciera continuar las cosas pero todo lo demás ha desaparecido. La civilización no ha dejado nada vivo o entero. Se acabaron los aires acondicionados, las oficinas, el viaje interminable hacia el progreso, la nueva edición de viejas consolas y consuelos nuevos. Sólo quedan los restos, el confeti tras el desfile cuando todo queda en silencio, la discoteca con las luces encendidas y el suelo pringoso. Quedó lo que tuvo que quedar y el metro está inundado de periódicos y basura, pintadas, suelos también pringosos. Parece q…

Eva

Aquella mujer llevaba el mismo perfume de Eva. Era exactamente su mismo olor, sería capaz de reconocerlo entre un millón de olores. Pensé que ninguna otra mujer podría llevarlo, pero la sociedad de consumo tiene esos milagros que son como rimas de asfalto. No, ese perfume lo tenía que llevar una mujer pequeña, sin sujetador, una mujer que llorase por las mañanas y por las noches buscara sus barbitúricos con desesperación controlada (cariño, ya sabes que están dentro del armario).
Yo la conocí un día, y otro miré dentro de su bolso como quien mira dentro de la casa de sus abuelos, y ella llevaba la misma camisa de seda con la espalda descubierta, y habían pasado un año o dos (creo que solo uno), pero las camisas de seda también son como rimas de los años o las primaveras. Una sola mujer, un solo perfume. Aquella otra era una sombra pálida, un fantasma que cruzaba por mi vida, un vago recuerdo. No. Ninguna mujer debería tener derecho a llevar su colonia, y muy pocos hombres son dignos de…

Champagne

Brinda por mí. Siempre pensé que merecía más de lo que tenía. Más regalos, más palabras, más caricias, muchísima más veneración. Ahora te toca levantar la copa, que ahí está todo lo que espero de ti, tu vino, tu brazo en alto, tu brindis, tu boca. Deseo bajar convertida en vino por esa garganta que debió pronunciar más, decir más, cantar mejor, besar más profundo.
Es hora de brindar.

A mi salud.

La antesala

La plaza de Santa Bárbara es un territorio extraño. De un tiempo a esta parte ya no me gusta quedar en otra parte... "a la salida de Alonso Martínez" suelo decir, para tener la excusa -no sólo de cruzarla- sino de quedarme parada en ella, casi como formando parte del paisaje mutable de la propia plaza.
Tiene un quiosco con libros viejos o viejas gangas, según se mire, unas pocas escaleras y árboles golpeados una y otra vez por el viento de la ciudad. Es encantadora, la plaza de Santa Bárbara, y por eso quizá en sus bancos se detienen no los transeúntes, sino seres un poco perdidos y extravagantes, habitantes de las aceras y los puentos; viajeros que no tenían dónde pasar la noche, chicos durmiendo alguna de sus primeras borracheras, reuniones de mendigos que no llegan a ser vagabundos y se juntan ahí, celebrando con cartones de vino, alegres y despreocupados. Ninguno de los efímeros habitantes de la plaza despierta compasión. Eso me gusta, que no lleguen a estar expulsados de…

El gran viaje

Es difícil encontrarlos, lugares donde contener nuestra ternura...