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Eva

Aquella mujer llevaba el mismo perfume de Eva. Era exactamente su mismo olor, sería capaz de reconocerlo entre un millón de olores. Pensé que ninguna otra mujer podría llevarlo, pero la sociedad de consumo tiene esos milagros que son como rimas de asfalto. No, ese perfume lo tenía que llevar una mujer pequeña, sin sujetador, una mujer que llorase por las mañanas y por las noches buscara sus barbitúricos con desesperación controlada (cariño, ya sabes que están dentro del armario).
Yo la conocí un día, y otro miré dentro de su bolso como quien mira dentro de la casa de sus abuelos, y ella llevaba la misma camisa de seda con la espalda descubierta, y habían pasado un año o dos (creo que solo uno), pero las camisas de seda también son como rimas de los años o las primaveras. Una sola mujer, un solo perfume. Aquella otra era una sombra pálida, un fantasma que cruzaba por mi vida, un vago recuerdo. No. Ninguna mujer debería tener derecho a llevar su colonia, y muy pocos hombres son dignos de pronunciar su nombre. Y todos vosotros tenéis el deber de recordarla. Tres letras. Tan sólo tres letras. Eva. E-V-A.

DONDE HABITA EL OLVIDO

La abuela se fue muriendo
de olvido.
Se olvidó de sobrevivir.
Y a su corazón se le olvidó
seguir latiendo
después del último latido.

A la abuela se le fue olvidando
el significado de las palabras
y hasta su propia voz olvidó
de qué forma salir.
Olvidó qué eran sus lágrimas o
cómo abrir sus ojos trasparentes.
Se le olvidó el dolor que duele
el dolor
o dar un paso tras el último
paso dado.

Las cortezas de su cerebro
se hicieron blandas e inútiles.

Al principio, cuando aún
se acordaba de andar,
de cagarse encima
o llorar,
la abuela nos hacía mucho
daño sin querer.
En las retinas lo guardo todo.

Mi madre
murió antes que ella
y nos dejó huérfanos a todos.
Aunque mi madre
se moría un poco
cada vez que la reñía
por beberse una botella de lejía
o desnudarse en la calle
como un bebé vagabundo.

Y la abuela, la que tanto miedo
le hizo a mi vida
y tanto añoro,
la de la vida convulsa de hambres,
niños muertos
e hijos enfermos,
la de las palizas del abuelo,
que murió de un calambre
por alcohólico, fascista o pobre loco,
se fue muriendo en aquel sitio
al que nunatuve el valor de ir.
Y sé que la abuela murió
de olvido
pero no olvidada.
Que sus huesos se plegaron
en posición fetal
como un recién nacido famélico
y listo para morir.

Hasta que se olvidó de respirar
después de la última respiración.

Y ese día, todos respiramos.

Para seguir respirando.

Eva Vaz

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Gracias.

H.
Yo también he de darte las gracias, a ti y a E-LL-A o a E-V-A que viene a ser lo mismo.
Ahora que no me quedan lágrimas y he de llorar con las lágrimas de otros, ahora que ya no tengo en casa el libro que habla por "Todas Nosotras", ahora que no estás aquí y te echo de menos,ahora es cuando más necesitaba este poema...
habitantes ha dicho que…
Cómo acompaña un poema, ¿te das cuenta del efecto de tus palabras?

Es curioso, uno puede estar triste cuando piensa, cuando lee y sobre todo cuando siente. Pero escribir ese poema, justo el momento de escribir ese poema, no te veo triste. Sino aliviada, serena.
La Oruga ha dicho que…
Siempre descubriéndome Mujeres con mayúscula...
Azena ha dicho que…
hubiera jurado que era tuyo...

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