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La antesala

La plaza de Santa Bárbara es un territorio extraño. De un tiempo a esta parte ya no me gusta quedar en otra parte... "a la salida de Alonso Martínez" suelo decir, para tener la excusa -no sólo de cruzarla- sino de quedarme parada en ella, casi como formando parte del paisaje mutable de la propia plaza.
Tiene un quiosco con libros viejos o viejas gangas, según se mire, unas pocas escaleras y árboles golpeados una y otra vez por el viento de la ciudad. Es encantadora, la plaza de Santa Bárbara, y por eso quizá en sus bancos se detienen no los transeúntes, sino seres un poco perdidos y extravagantes, habitantes de las aceras y los puentos; viajeros que no tenían dónde pasar la noche, chicos durmiendo alguna de sus primeras borracheras, reuniones de mendigos que no llegan a ser vagabundos y se juntan ahí, celebrando con cartones de vino, alegres y despreocupados. Ninguno de los efímeros habitantes de la plaza despierta compasión. Eso me gusta, que no lleguen a estar expulsados de la vida. Y junto a ellos una boca de metro que escupe ejecutivos y ejecutivas, móviles y zapatos de tacón.
Todo convive, nada se roza. La mujer borracha grita "tenéis que hacer más el amor", o alguien baila una música que sólo está en su cabeza. Como santos inocentes en el limbo, ni dentro de este mundo ni totalmente fuera de él, allí pasamos todos, allí nos hemos sentado todos, en la antesala de una vida que sólo nos atrevemos a acariciar, o ni siquiera eso los vagos espectadores que pisamos la hojarasca de este siempre otoño.

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