Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando entradas de enero, 2008

Batalla

¿Por qué no aceptas tu fracaso? Mírate ahí, vencida. Tus lustrosos ejércitos desperdigados, calcinados, desmembrados. Los caballos que un día fueron orgullo de tu reino están flacos, sedientos, sifilíticos y medio muertos. Las tiendas de campaña desgarradas y la sangre ha teñido el campo de batalla.
El ejército enemigo se lo ha tragado todo. Dios mío, parece que vinieran de otro mundo. Son inmortales. Y tú, pobre imbécil, que pensaste en vencerlos, que trazaste tus planes con cuidado milimétrico sobre los viejos mapas. Mírate ahí. Sola como nunca pensaste que te quedaras y triste como no podría estar una guerrera. Por lo menos no una de tu tamaño. No tú que venciste el animal de las siete cabezas y mirada asesina ni tú que triunfaste sobre todos los hombres, ni mucho menos tú que cruzaste océanos y ríos de lava y pasaste meses sin comer ni dormir.
Acepta que esta vez no pudo ser, que te han humillado. Recoge lo poco que te queda, aliméntate de raíces, bebe lodo, escóndete en un agujeron…

Requisito

-¡Si quieres que siga pídeme veinte veces perdón!

-¡¡¡PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN, PERDÓN!!!

La casta de los Metabarones


p.d. El psicomago hijo, de la casta de los psicomagos, en la Fnac el viernes a las 19. Te veré allí, imagino.

Fuentes

Si besara todo lo que está vivo, como los carteles gigantes de los metros, con sus bocas totémicas, o las madres de familia, o los chicos con piercings. Todo con estos labios, su dimensión, su altura, sus ganas de llegar a casa o de no llegar nunca. Si tuviese el valor o la fe para estampar mis labios en los suyos, salvajemente, indiscriminada, y besar a los yonquis y a los niños, con exacta ternura y la misma saliva. Como una suave unión del mundo, como una creación. Si pudiera, entonces quizá no estaría escribiendo esto ahora, todo estaría dicho, no tendría esta inmensa necesidad. Necesidad brutal de besar como quien bebe agua.

Laurel

Papá recopiló todo lo que yo había escrito, lo pasó a ordenador y lo guardó en una carpeta.
Tardé en descubrir dónde estaban mis poemas. Papá le había dado un nombre a la carpeta: Laurel.
Luego fui pasando yo misma lo que escribía, como si fuera lo de otra persona, y lo iba colocando en la carpeta Laurel. No sé por qué le puso ese nombre y tal vez por eso tenía una fuerza inconcebible. Laurel. De un ordenador a otro. Luego un cambio más y el nombre se perdió.
Hoy he abierto otro Laurel en el portátil. A la sombra del Laurel crecen mejor los poemas, porque el Laurel es antiguo, muy antiguo. Es el primero asomo de vida de este jardín ahora nuestro. En el fondo, todo lo escrito aquí está copiado de sus hojas. ¿Eres capaz de olerlo?

Discontinua

Me levanto por las mañanas y me pongo una ropa distinta a la del día anterior. Bragas limpias, y calcetines (si hay suerte, los dos iguales). Luego pantalones -vaqueros habitualmente- camisas y jerseys y cosas de esas. A rayas o verdes o de otro color. Con letras pocas veces. Luego me lavo la cara y me cepillo el pelo. Hacia abajo primero, luego hago la raya. A veces dormía con la ropa puesta y me levantaba al día siguiente, con un aspecto idéntico. Ahora procuro no hacerlo. No es por higiene, no tiene nada que ver con la higiene. Es para convencerme a mí misma de que hoy es un día nuevo, un ciclo que comienza, un principio. Si no lo hiciera así correría el riesgo de pensar que nada ha cambiado desde que me acosté, de que nada se ha roto, de que no hay posibilidad de empezar de nuevo. Si no me cambiara la ropa, si no me lavase la cara y me cepillara el pelo, pensaría que estoy viviendo la misma vida, que soy la misma persona. Totalmente inaceptable.

Retorno

Son dos cosas distintas, la enfermedad y la magia. No tienen nada que ver. Este principio de año fue directo a mi garganta, sin compasión como Clint Eastwood, sin otro punto al que atacar. Quemé incienso de sándalo y me quedé afónica. Instantáneamente. Después ocurrió todo entre la realidad y la fiebre, mezclado con los sueños fuertes de estos sueños que tenía una de niña cuando la atacaban la gripe o la viruela. Las cosas socedían en los intervalos de las arcadas para escupir una pasta que cambia su color cada día (un arco iris de virus). Y esta noche, la noche de reyes. Y el fin de la navidad. Y la necesidad de ver películas de las que veía de pequeña y de que los reyes me traigan regalos para convencerme a mí misma de que me lo merezco, de que este año al menos no he sido culpable. Así están las cosas, el cuarto vuelve a oler a enfermo. Mi cuarto olió a enfermo muchos años seguidos, pero ahora ya tengo disciplina y abro la ventana y hago la cama y preparo lavadoras y quemo incienso…