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Mostrando entradas de febrero, 2008

Bien Pagá

Porque es sábado y hace sol y hoy no quiero ser ninguna otra persona. Mis peyotes crecen en el alfeizar de la ventana hasta que dejen de ser míos, el cuarto está misteriosamente ordenado (sin pasarse) y he vuelto a construir rosas kawasaki con las manos. Un Earl Gray humea junto al ordenador del que soy propietaria, he decidido que quiero ir a Tuvalu antes de que desaparezca, y puede que no vaya nunca pero con querer me basta. Las postales de Islandia brillan más con esta luz. He descubierto un par de cosas bellas, tengo una carta magnífica en mi buzón y un montón de sellos para mandar postales al sur. Porque ayer me llamó G. para ir a Marruecos, aunque tuve que decirle que no y porque hoy A. y yo nos veremos, aunque sea muy tarde. Por eso y algunas cosillas que me reservo, hoy nos la merecemos. Hoy tenemos el espíritu listo para escucharla. Si tuviera que elegir las 20 mejores canciones del mundo, por dios que La Bien Pagá estaría en mi lista. La Shica. La bien Pagá. Madrid como esce…

Casualidades

Compro cuentas de los colores de la bandera francesa: azul, rojo, blanco. Tres cajas de cuentas por un euro. Al día siguiente me manda un sms mi amiga de París. Quiere quedar hoy. No puedo, presenta Manuel Vilas España en el Círculo de Bellas Artes. Me dice que no importa, que va a buscarme allí. No sé dónde está el Círculo de Bellas Artes. Se lo pregunto a un tipo en la parada del autobús. Se ríe. Claro que lo sé. Yo estuve saliendo con Isabel Palacios, la nieta del fundador. Fuimos novios. Por supuesto que sé dónde está. ¿Ves esa torre? Parece un barco. Su abuelo era gallego. Es mi exnovia. No le pregunto por qué lo dejaron. Tenías cara de conocer dónde estaba el Círculo de Bellas Artes.
No apareció mi amiga en la presentación. Lógico. Todo viejos. Decrépitos lectores de viejos libros. Le pregunté a Manuel por Paulina Rubio. Se rió. Dijo que se le pasaría. Me dio pena, que se le pasase. Tomé un té con luego con ella. Un té rojo. En mi móvil también. Un té rojo. Tomé dos tés rojos al …

Enemigos

Me jacté muchas veces de no tener enemigos. No es que cayera bien a todo el mundo, nada más lejos de la realidad, sino que nadie se tomaba el trabajo de odiarme. Antes de que esto sucediera me borraba del mapa, me diluía, daba media vuelta. No me peleé jamás por una nota, un puesto, un chico. Nunca. Siempre me quedé en la orilla de todas las batallas, observando a la gente como un viejo filósofo o un loco o una estúpida.
Los amigos los fui dejando yo cuando ya estaba harta, los novios cuando dejaba de poder soportar ciertas cosas, la familia, muy difícil, tuve que ponerme enferma (considerablemente enferma, bastante enferma) para poder dejarlos. No me escupió nadie en la cara ni me insultaron. Al menos no con la clase de insultos que hacen daño. Dejé de hablar durante años a ciertas personas. Pobre pequeño compañero del cole, que un día me empujó y yo le acumulé odio durante 5 años, masqué odio y le negué la palabra. No es que importara mucho, al fin y al cabo yo no tenía importancia. …

Fácil

Es fácil, admitámoslo, que todo se vaya a la mierda en un santiamén. Joderlo con una frase, una palabra, un gesto. Lo pienso a menudo, lo poquísimo que hace falta para acabar con una amistad de años, con la vida de alguien, con el trabajo. Me descubro a mí misma pensándolo, ejecutando las acciones que me llevarían al desastre, pronunciando las palabras necesarias para crear sollozos, finales, odios.
Luego no es del todo verdad, el cuerpo humano resiste el dolor casi tanto como la humillación. No hago la prueba. No juego a saber donde está el límite. Me mantengo a este lado de la raya. Sólo si estoy cansada miro las vías del metro y pienso que es sólo un paso, un suave movimiento, un balanceo hacia adelante y alehop! todo cambia. Como por arte de magia. Pero eso lo pienso sólo cuando estoy tan cansada... y me parece tan fácil... entonces me acerco un poco más de lo debido.

Minutos

Un poco de tiempo, un respiro, un baño caliente para aclarar las ideas. Un poco de orden. Todo lo necesario para volver a la ficción como a nuestra ciudad. Pregunto ¿por qué me da miedo? Por qué me senté un momento y de repente tenía tanto poder en mis manos que quemaba, tenía que soltarlo porque si no le prendería fuego a todo: a la casa, a las personas, a Madrid. Pasé escasos minutos dedicada a la tarea a la que dedico toda mi vida. Escasos minutos. Como quien nunca termina de estar demasiado tiempo en el agua. La bañera, el té, de nuevo la belleza. Mi cuenco ceremonial, el rito de contar las cosas. Todo exige más tiempo, muchísimo más tiempo que estos pocos minutos.