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Mostrando entradas de marzo, 2008

Amanecida

Qué hermosos, que hermosos son, los post de las 6 de la mañana. Hoy he sentido el amanecer y he tratado de volver a conciliar el sueño. Son hermosos porque no deberían existir, porque esta hora del lobo se ha de dedicar al sueño más profundo de todos, al de olvidar, reconciliar, descansar.
Pero he dejado historias pendientes allí donde mis pies han pisado la tierra, y ahora recuerdo lo que está por hacer, la lista interminable, aquellas cosas que no hago, no sé hacer, no puedo o que cambiarían demasiado el mundo al ser realizadas.
Por fin y sin miedo escribo, porque éste es mi jardín y os he invitado pero sigue siendo mi jardín y no debéis pisar los tulipanes. Escribo porque a las 6 de la mañana ya poco tienes que temer, ya no te importa si molestarás a alguien o si se podrán sentir heridos o si acaso desvelarás secretos indesvelables. Falta poco para que suene el despertador, falta menos aún para que me empiece a despedir. No sé si sabré volver sin estar triste. no sé si sabré cerrar t…

Laberinto

Maldita sea. El único laberinto de Madrid está cerrado.
Y yo que estaba buscando un motivo para quedarme en esta ciudad...

Y si no

¿Nos reconocemos realmente en la canción que nos dedicaron, en esa fotografía que nos hicieron, en esa frase que pensaron que nos definía? Más aún ¿dijimos realmente las palabras que repitieron más tarde como salidas de nuestra boca? ¿tuvimos algo que ver con nuestro consejo en la acción que se tomó después? ¿tenemos ese aspecto que recordó quien nos vio una noche, o un par, a medio tapar en la sábana? ¿nuestro cuerpo es el mismo que recuerda quien se pega cada noche con él por un pedazo de cama? ¿hay algo de nosotros en ese poema que inspiramos, o en la carta que nos mandaron? ¿es ese nuestro teléfono, el que está escrito en el móvil debajo de nuestro nombre? Incluso ¿es ese que nos pusieron nuestro nombre? ¿nos llamamos así? ¿me llamo así? ¿soy ésta? ¿digo la verdad? ¿me gusta ésto? ¿soy esa voz que te habla? ¿me pertenece? ¿me pertenece alguna cosa, mis manos, mi pecho, mi flujo vaginal? ¿algo de todo esto soy yo? ¿me conoces?

LA HEREDERA

Las herencias son como en las películas, una vieja casa lujosa pero antigua en la que pasamos la noche a duras penas, donde los fantasmas todavía no se han ido. Y de ahí podemos elegir dos cosas: o salir por piernas o quedarnos. Si nos quedamos tendremos que limpiar las telarañas, dejar los viejos cuadros colgados en la pared y empezar a aprender el nombre de los antepasados, sacar la vajilla de las fiestas, poner luces, agua caliente, hacer ese lugar habitable. También tendremos que aprender a convivir con los fantasmas, saber que estaban ahí antes de llegar nosotras, que les debemos respeto y hasta reverencia y saber que un día seremos como ellos, viejos recuerdos oxidados que un incauto heredero se encontrará de golpe al atravesar el umbral.
Porque sí, ademas del dinero y las tierras, además de todas las posesiones, heredamos el desorden y el polvo, los proyectos a medio acabar y las colecciones que no se terminaron. Heredamos las listas de tareas, los deseos, los rencores viejos fa…

Nana

Puse el micrófono y dejé grabando y canté. No saco mucho la voz en un cuarto, no como por la playa y la noche, no como cuando te canto nanas para molestarte. Así que recurriré a mi archivo de momento mientras no tenga pulmones y corazón. Las nanas son lo más desafiante que conozco, porque plantan cara a los peores temores de los seres humanos. Para que no tengas pesadillas, esta noche Marcia Luzzi. Noite severina.

Lunettes

Me concentraba en un único punto. Que en ese único punto estuviese una televisión lo hacía un poco más fácil, pero no cambiaba mucho las cosas. Era lo mismo. Una mesa de cristal con una foto, una silla y un punto en el que concentrar la mirada.
Siempre hacía lo mismo cuando aquel lugar se volvió insoportable. Subía rápidamente las escaleras, me sentaba, encendía la televisión y esperaba que la visita durara lo menos posible. Luego al otro sábado lo mismo y al otro y al otro. Nunca se terminaban los sábados, ni la obligación de volver allí ni la televisión como una ventana al mundo de fuera y el prado y los árboles como un denso mundo de dentro del que era difícil escapar. Curiosa inversión de las cosas.
Concentré tanto la mirada en ese punto que dejé de ver el resto, se volvió borroso, perdió sus aristas y ya no resultaba tan amenazador. En el mundo de los miopes todo es un poco menos real, como en un día de niebla. Por eso me quito las gafas cuando no hay un punto en el que concentra…