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LA HEREDERA


Las herencias son como en las películas, una vieja casa lujosa pero antigua en la que pasamos la noche a duras penas, donde los fantasmas todavía no se han ido. Y de ahí podemos elegir dos cosas: o salir por piernas o quedarnos. Si nos quedamos tendremos que limpiar las telarañas, dejar los viejos cuadros colgados en la pared y empezar a aprender el nombre de los antepasados, sacar la vajilla de las fiestas, poner luces, agua caliente, hacer ese lugar habitable. También tendremos que aprender a convivir con los fantasmas, saber que estaban ahí antes de llegar nosotras, que les debemos respeto y hasta reverencia y saber que un día seremos como ellos, viejos recuerdos oxidados que un incauto heredero se encontrará de golpe al atravesar el umbral.
Porque sí, ademas del dinero y las tierras, además de todas las posesiones, heredamos el desorden y el polvo, los proyectos a medio acabar y las colecciones que no se terminaron. Heredamos las listas de tareas, los deseos, los rencores viejos familiares, la enemistad con los vecinos y la amistad con los amigos. Heredamos las costumbres, los rituales, las fiestas de guardar, el desprecio por unas cosas y el aprecio por otras. Aunque en nosotras todo tiene un aspecto distinto, dislocado, como si no pudiéramos enfocar del todo la vida que no era nuestra y en la que tenemos que habitar. Por el momento al menos, hasta que esa vida esté terminada y nos podamos ir o hasta que no la necesitemos.
Si al menos fuese capaz de sentir la secuencia temporal de los acontecimientos, la líneal, la conciencia de que sucede algo y luego otra cosa y luego otra, y no tuviera esta certeza de que todo ocurre a la vez, aquí, ahora, como la postal que me compré en la que se ve el salto de un hombre en varias imágenes superpuestas. Porque nada se termina y todo está aquí ahora, con nosotros. Herencias de millones de años. Ahora toca. Toca elegir, separar, decidir qué queremos para nosotros y qué debemos lanzar al fuego. Esa es la mejor parte de El Quijote, el soporífero capítulo en el que decide con qué libros empezará su historia y cuáles arroja al fuego. Todo sin perder el Norte.

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