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Lunettes

Me concentraba en un único punto. Que en ese único punto estuviese una televisión lo hacía un poco más fácil, pero no cambiaba mucho las cosas. Era lo mismo. Una mesa de cristal con una foto, una silla y un punto en el que concentrar la mirada.
Siempre hacía lo mismo cuando aquel lugar se volvió insoportable. Subía rápidamente las escaleras, me sentaba, encendía la televisión y esperaba que la visita durara lo menos posible. Luego al otro sábado lo mismo y al otro y al otro. Nunca se terminaban los sábados, ni la obligación de volver allí ni la televisión como una ventana al mundo de fuera y el prado y los árboles como un denso mundo de dentro del que era difícil escapar. Curiosa inversión de las cosas.
Concentré tanto la mirada en ese punto que dejé de ver el resto, se volvió borroso, perdió sus aristas y ya no resultaba tan amenazador. En el mundo de los miopes todo es un poco menos real, como en un día de niebla. Por eso me quito las gafas cuando no hay un punto en el que concentrarlo todo: la mirada, el alma, la vida. Así puedo seguir soñando.
Dulces sueños amigos.

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