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El tutor

Diga lo que diga me resulta extraño, incluso inconcebible que aquél que me enseñó a nadar, a andar en bici, a jugar al baloncesto, al bádminton, a patinar, a tomar kefir, a dormir del lado derecho para no aplastar al corazón y a rezar el padrenuestro, no me enseñe ahora a conducir un coche. De alguna manera él se encargó de nuestra educación más allá de las letras y las ciencias, de una forma brutal algunas veces, como el implacable general que enseña a sus soldados por medio de la humillación y de la ira, pero que les infunde valor y la concienda de que tienen razón, de que ellos lo van a hacer mucho mejor que el enemigo, de que van a morir con exquisita elegancia por los correctos ideales.
Por eso ahora me resuta tan raro ir a una sórdida autoescula llena de adolescentes de 18 años, con una edad mucho más adecuada que la mía para este tipo de cosas, y me cuesta pagar los sórdidos 29 euros de cada clase práctica, para aprender igual que todo el mundo, sin peligro ninguno, sin nadie que me grite que no vaya tan lento, sin aquel tutor que tenía un accidente cada año, que ponía a 200 el Opel Kadet y bajaba las cuestas en punto muerto pero que nos decía que nos pegáramos bien al asiento de atrás, así que estaba convencida de que aquel tipo sabía lo que hacía, que los accidentes los tenía cuando ninguna de nosotras estaba en el coche. Hasta que mi hermana no rompió la luna delantera con la cabeza pensé que éramos invencibles, que éramos el ejército ganador. Los buenos. Los de la bandera correcta.

Comentarios

Kaiser ha dicho que…
*** * ** * ** * ***
Azena ha dicho que…
se acabó el tiempo de aprender a golpes, niña, y yo me alegro...

pero la luna delantera se llevó una buena, ¿verdad? y de alguna manera seguimos siendo los buenos...

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