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Nunca vi Granada

¿Sabes atravesar las estaciones? La respuesta es no. No sé. Es el problema a la hora de coger trenes o teleféricos o transatlánticos, que tienes que pasar por un lugar que no existe, que no empieza ni termina y tienes que mirar a todo el mundo porque posiblemente no los vuelvas a ver en tu vida y es importante aprender todas sus caras y su forma de andar y sus maletas. Sobre todo sus maletas, de qué color son y si están rotas o son maletines de mano o son pesadas o tienen etiquetas. Es una labor demasiado dura, y luego está elegir un destino, porque puede que tú estés acá con un billete y dentro del billete esté impresa una fecha y un número de asiento, pero eso no quiere decir nada. Se abren ante ti infinitas posibilidades y destinos y asientos. Quieres seguir a cada una de la personas, andar como un perrito tras las ruedas de las maletas, ver a dónde te llevan, ver qué será de ellas, de su vida, quieres asistir a sus reuniones en Nueva York o a su abrazo familiar en Turquía. No quedarte sola. No descuidar tus bienes personales. Ir por el pasillo adecuado al lugar correcto. Atravesar los miles de kilómetros que te separan de cualquier desierto.
Por eso la respuesta es "No, no sé atravesar las estaciones". No llego a tiempo o me pierdo entre tantas vidas que en parte sí que son la mía o pienso en el tren, en por qué coger el tren a un sitio y no a otro, ¿qué hay de bueno en ello? ¿qué me espera al otro lado que yo no lleve ya conmigo?
Por eso no me sorprende en absoluto cuando pierdo trenes y aviones y transatlánticos, por eso estaba cansada y echa polvo y de mal humor el viernes, tirada en la estación de Atocha, pero no sorprendida. Jamás sorprendida. No he ido a Valencia, me quedé de nuevo a medio camino. Y probablemente nunca entre en Granada ni pise el porche de las Lilas.

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