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Mostrando entradas de agosto, 2008

El soneto

Asomó la nariz por la puerta de la cafetería. En otras ocasiones había evitado su encuentro, ya sabéis, no siempre está una de humor. Además, el primer artículo que escribí para un periódico local hablaba de él, de lo poco poética que me parecía su poesía y del premio literario que había ganado y en el que siempre se premiaba lo mismo. Me enfadaba con él porque estaba equivocado, porque hace bien los deberes pero está terriblemente equivocado pero defiende su equivocación ante cualquiera que quiera escucharlo.
Desde entonces no volvimos a vernos. Yo vivía con su exnovia y él vivía en Oviedo. Yo ya no iba a su taller literario y él no venía jamás a Gijón. Cuando por fin lo vi rondando como una sombra junto a la estación de trenes crucé por otro lado.
Esta vez lo llamé y le dije que lo invitaba a un café. Aceptó y charlamos un rato. Latente estaba aquel artículo, pero ninguno de los dos lo mencionamos. Adolecemos del mismo tipo de cobardía o de elegancia, vaya usted a saber. Pues bien, él…

Vivilección

Las ondas de sonido son inmortales. Es asombroso, darse cuenta de ello a cada momento, como una permanente sorpresa. No importa los sonidos que emitamos, si son un cántico maravilloso o un "hija mía, me estás poniendo cachondo" dicho por un viejo hoy en la Playa de San Lorenzo, mientras su mujer y su hijo estaban en el agua y yo estaba intentando sustituir el ventolín por una postura de yoga con escaso éxito. Todo queda para siempre rebotando por el universo.
Por eso buscamos afanosamente entre las cintas de caset dos de ellas en especial: la primera, una cinta en la que grabé un sueño que había tenido cuando era pequeña; en el sueño me encontraba con mi abuela y me decía un secreto increíble, en realidad esa noche era nochebuena pero nadie se había dado cuenta. Yo cantaba entusiasmada "hoy es nochebuena y nadie lo sabe, hoy es nochebuena y nadie lo sabe" con la música de "Ande, ande, ande". La segunda cinta la grabó una persona que habría cumplido años ay…

El novio

El novio apartó del asiento del copiloto el libro de su padre para que su padre tomase asiento.
Ojeé el libro. Estaba leído y subrayado. Pensé en que yo nunca leí ninguno de los libros de mi padre, ni siquiera cuando escribía cuentos para niños y yo era justamente eso.
El novio iba vestido de príncipe azul, con galones y una medalla al valor colgando del pecho.
La novia iba vestida de novia, con un lazo azul turquesa y lágrimas en los ojos.
La madre del novio le recitó a la novia un poema para explicarle qué actitud tenía que tener hacia su hijo. Era un soneto y empezaba "tu llama derritió mi cera".
El padre del novio explicó su teoría del mundo, leyó un poema sobre el cosmos y dejó su página web para que todos nos descargáramos su conferencia de internet.
No me hizo falta descargarme su conferencia. El padre del novio la regaló a todas las mujeres de la mesa.
Los novios bailaron un vals como dos príncipes.
El padre del novio me sacó a bailar un pasodoble. "No abres las piernas…

Romances

Los romances son esa clase de cosas que siempre están ahí cuando las necesitas:

Si yo tuviera un sobrino
de cuantos he dado el pan
que me llevara esta carta
a don Carlos de Montalbán.

Reloj biológico

Cuento el tiempo en el cuarto de baño. No creáis que es por la radio-relo-despertador de encima del lavabo, sino por cada uno de mis productos de aseo personal. Hay momentos que duran una pasta de dientes y otros un champú. La mayoría de ellos equivalen a una crema hidratante y hay etapas muy muy largas que terminan cuando por fin se acaba la crema depilatoria.
Es una forma de organizar mi vida, lo queramos o no siempre organizamos la existencia dentro del cuarto de baño y me gusta hacer coincidir mis trabajos con botes de gel de ducha o mis relaciones con pastillas de jabón para las manos.
Llevo en Gijón un tubo de crema para la cara. Lo esparzo cada mañana después del agua de cornflower (no sé su traducción al español). Cada vez pesa menos. Cuando por fin lo corte con las tijeritas de las uñas para rebañar los últimos miligramos de sustancia lechosa, entonces será tiempo de coger las maletas. Au revoir.

El envío

El vecino de al lado se echa la siesta en la habitación de las niñas. Las niñas ahora son mayores, pero conservan las camas y el vecino se echa allí para no deshacer la cama matrimonial ni molestar a su esposa en el sofá. Se suele echar la siesta todos los días, a estas horas.
El vecino de al lado está muy enfermo. Está esperando un corazón, pero no llega. No hay espera más inquietante que la espera de un corazón y él se resigna y se echa la siesta todos los días. Mira el buzón por la mañana, pero el corazón todavía no ha llegado. Puede ser que no le pusieran bien la dirección o que se confundieran con el franqueo. Nunca se sabe con los corazones, son difíciles de transportar. Igual hubo una huelga y el hielo se derritió y quedó un corazón inservible.
El corazón del vecino de al lado todavía funciona mal que bien, se levanta cada día y por la tarde se echa la siesta y come sin sal y sin yemas de huevo porque tiene alto el colesterol, según le dijo su médico de cabecera.
Puede ser que por…

Las Hurdes

¿Cómo voy a hablar de otra cosa? Aún tengo el agua del río corriendo por la piel, ahora que he vuelto al lugar civilizado y se hace necesario vestirse para darse un baño. Entonces sigo allí, en la casa de Charo, en la puerta que veis al final de la callejuela o sentada en el saliente de piedra, bajo el nido de golondrinas (todo el pueblo, madre mía, todo el pueblo tomado por las golondrinas) y tomo té con menta que cogimos unos minutos antes del jardín salvaje junto al bosque. Nos gusta salir a la noche y sentarnos a charlar de casi todo lo importante de la vida.
También nos gusta ir al río por la mañana y prometer que mañana nos despertaremos antes, madrugaremos más y evitaremos las horas en las que el sol pega con fuerza. Tenemos miedo de que las "autoridades sanitarias" nos metan en la carcel si se llegan a enterar de que tomamos el sol a esas horas, o que las mismas "autoridades sanitarias" descubran que no tomamos pastillas para curarnos sino que nos sentamos b…