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Sencilla

Simplicidad. Tranquila. Las cosas son exactamente lo que parecen. Eso es un tibio consuelo (otras veces es un consuelo en toda regla). Por eso el blanco y por eso vuelvo a casa siempre antes del último metro. Me siento en los vagones vacíos, aún sin sueño, como quien viaja a un país distinto, a ver a personas que no conoce. Es suave el metro. Suave y blanco. Huele bien. O bueno, no huele tan mal como en París. Nadie mea en las esquinas de los metros. Aquí somos todos extremadamente limpios. Nos duchamos todos los días y lavamos las camisas con jabón lagarto. Es así, no hay por qué ofenderse. Somos limpios y no del todo sanos, sólo lo insanos que nos permite la limpieza. La sencillez es sana, también. Sólo necesito aprender a ir de un lado a otro, a desplazarme, necesito aprender a caminar o a andar en bici o incluso a conducir un coche o un helicóptero. Cualquier cosa con tal de saber qué movimientos hacer, cómo y cuándo y aprenderlo todo como un paso de baile, undostres, undostres, undostres, sin absolutamente nada de torpeza.
Al lado de mi cama hay un cuaderno. En él escribo antes de acostarme. En él dejo todo aquello que me impediría dormir si se quedara conmigo, y me duermo tan pura como una camelia o un puñado de arena, tan pura como un olor muy suave, suavísimo, un olor apenas perceptible.
Voy a dejar este jardín tan limpio que no os lo creeríais, que no os lo vais a poder creer. Porque es increíble.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Textos justificados. Mi trastorno obsesivo-compulsivo te adora.

Manuel.

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