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Mostrando entradas de marzo, 2009

El aromo

Y tú, WR ¿qué quieres de la vida? Tú que eres tan tú cuando te levantas y tan poco tú cuando te acuestas, porque te has ido llenando de ese montoncito de cosas ajenas, de esas cuantas máscaras necesarias para sobrevivir (tan contrario a vivir, tan tener que elegir una de las dos cosas).
Contesta que una casa, un par de cosas bonitas, unos cincuenta libros, tres libretas. Contesta que una manta, un poco de alcohol para las noches frías, un sofá-cama. Vamos. Contesta eso si te atreves. Yo te cerraré la boca. Dejaré tu boca muy cerrada para que se derramen en ella ríos y tarros de miel y luego también hiedras. Las hiedras que se meten por tus fosas nasales y te llenan de salvia y troncos retorcidos. Contesta que quieres un marido y dos hijos y un trabajo de 2000 euros al mes y yo abriré tu boca para que el agua y la miel entren en ella y entonces ya por dentro no quedará nada de carne, ni una sola gota de bilis, ni un solo hueso y podrás ser un árbol. Porque si hay algo que quieres ser, s…

Sillones

Los sillones rojos son acogedores. En una ciudad como ésta es bueno saber un par de lugares acogedores, porque harán falta. Los sillones rojos no son un mal principio. Sentarse en ellos, descalzarse las botas, subir los pies, tenerlos a ellos al lado o frente a mí, a ellos frente a los que puedo descalzarme. Lo demás de la ciudad poco a poco se vuelve inteligible. Los mapas, los estancos, las esquinas, los sótanos. La forma de llegar desde La Latina a Malasaña pasando por Lavapiés. Las academias de baile. Los teatros. Los amigos. Sí, también los amigos se están volviendo inteligibles poco a poco. Es inteligible a distancia a la que hay que mantenerse para que no te muerdan el culo, justo justo como los perros del tío L., mantenerse a salvo, a tres pasos contados con las botas puestas.
Esperar hasta los sillones rojos para descalzarse, para empezar a contarlo todo, para desarmarse si aún fuera necesario (posible sí que lo es, he de decir que después de casi 30 años, seis casas, dos gato…

5:32 am

S.C.: No, tranquila. ¿Tú me dijiste algo de que para entretener a las ratas había que usar manzanas o lo soñé? Creo que lo soñé.

A.M.: Debiste soñarlo.

Sangre

Aquel hombre nos había engañado. Ya sospechamos algo cuando los perros comenzaron a caer enfermos de aquellos parásitos que eran como cucarachas. Sí, el hombre escondía algo, no nos estaba diciendo toda la verdad.
Lo descubrimos al analizar su sangre. Su sangre estaba tan degradada que había perdido el color rojo. Él la teñía a propósito para que nadie se diera cuenta de la burla, pero allí mismo, dentro de los tubos de ensayo, su sangre lechosa y blanca, casi como semen, quedaba al descubierto.
No hubo explicación. La falta de colores no tiene explicación. Simplemente no nos podemos fiar de alguien con la sangre blanca. Habrá que tomar cartas en el asunto. Eso es todo.

Postales

Confío en las postales para todas las cosas importantes de esta vida. Las postales son hechos, y por tanto convierten a la palabra en un hecho. Las palabras necesariamente pocas, necesariamente desnudas, necesariamente valientes para atravesar países sólo pueden vivir en estos trocitos de cartulina. Confío en las postales para contar secretos, para que me cuenten secretos, porque los secretos sólo lo son de verdad cuando cualquiera puede verlos pero casi nadie (a veces una sola persona) puede entender lo que quieren decir.
Por eso (quién sabe si fue por eso) hoy volvió esta postal que le escribí a ella, que ella escaneó con todo su cariño, con todo el cariño que nos tenemos y que saltará por encima de cualquiera que se interponga en nuestro camino.
Niña, camino contigo. T. también camina contigo. Caminamos las tres juntas. Que no se te vaya de la cabeza ni un solo momento.

Hoy

Así que me levanté al día siguiente (es decir, hoy) sin ganas ningunas de salir de casa. Galletas y té de ortiga. Sólo galletas y té para desayunar. Ningún libro, ninguna revista, ningún capítulo de ninguna serie pero, sobre todo, ningunas ganas de salir de casa. Me encerraré aquí, con mi pelo sucio, mi miopía, mi piel rota, porque sí, amigos, siempre tengo el pelo sucio y tres dioptrías y un sarpullido en el cuello y si quisierais saber por qué os daría mil explicaciones (las sé, sé las explicaciones, he leído libros al respecto) y si quisierais saber por qué no lo soluciono entonces me volvería huraña y también tendría explicaciones pero estas ya no las entenderías, porque para entenderlas hay que hacer un esfuerzo infinito y francamente, no os veo muy dispuestos a hacer esfuerzo alguno.
Hoy no voy a hablar con nadie, no voy a coger el teléfono, no voy a abrir el messenger, no voy a contestar ninguna carta. Hoy voy a comprar el billete para Gijón y eso es todo, lo más importante que …

Deseo

Y Ulises dijo que no, que no quería ser ningún Dios, ningún héroe, que quería volver a casa, que quería ser un hombre. Ulises, lo único que quería, era ser un hombre.

La Niña Perdida

Lo cuenta siempre con un resto de rencor infantil. Nos vemos ya muy poco, porque las islas quedan lejos las unas de las otras y una no siempre está a la altura de su propia vida, de su propio espacio, pero nos vemos. Más bien valdría decir que retomamos los días que pasamos juntas, los veranos de poker y billar, los sueñecitos, los animales, los apartamentos, los padres que nos dejaban juntas para hacer lo que nos diera la gana. Y cuando nos vemos vuelve a contarlo.
T. y yo ya éramos mayores (si es que cuando una tiene 16 años puede decir que es mayor) y fue el último verano que pasamos en Tenerife. La penúltima noche nuestra prima nos ofreció ir a la discoteca con sus amigas. Admito que la idea me sedujo, que yo también quería sentirme mayor, que nunca había pisado una discoteca y que hacerlo en Tenerife me parecía lo más adecuado, pues en Asturias no era más que la niña sola, la borde, la que no tenía casi amigas y ningún amigo en absoluto. Nos pasamos el día preparándonos, probándon…