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La Niña Perdida


Lo cuenta siempre con un resto de rencor infantil. Nos vemos ya muy poco, porque las islas quedan lejos las unas de las otras y una no siempre está a la altura de su propia vida, de su propio espacio, pero nos vemos. Más bien valdría decir que retomamos los días que pasamos juntas, los veranos de poker y billar, los sueñecitos, los animales, los apartamentos, los padres que nos dejaban juntas para hacer lo que nos diera la gana. Y cuando nos vemos vuelve a contarlo.
T. y yo ya éramos mayores (si es que cuando una tiene 16 años puede decir que es mayor) y fue el último verano que pasamos en Tenerife. La penúltima noche nuestra prima nos ofreció ir a la discoteca con sus amigas. Admito que la idea me sedujo, que yo también quería sentirme mayor, que nunca había pisado una discoteca y que hacerlo en Tenerife me parecía lo más adecuado, pues en Asturias no era más que la niña sola, la borde, la que no tenía casi amigas y ningún amigo en absoluto. Nos pasamos el día preparándonos, probándonos vestidos de unas y de otras, alisándonos el pelo y pintándonos los labios del rojo más rojo que existe.
Entonces llegó ella, la Niña Perdida, para despedirse de nosotras hasta el año siguiente. Era sólo un poco más pequeña, pero lo suficiente para que nadie se planteara si quiera que ella quería venir a la discoteca con nosotras. Pero claro, explícale tú eso a una Niña Perdida, intenta darle razones convincentes, intenta argumentarlo de forma que lo entienda. Verás que es imposible, que es inútil. A. se quedó llorando desconsolada y ahora dice que lo entiende, que era lógico y normal, pero en realidad sigue sin entenderlo, sin entender por qué T. y yo preferimos irnos con las chicas mayores en lugar de quedarnos con ella.
Luego T. también estaba triste, decía que se tenía que haber quedado con la Niña Perdida, que no teníamos que haber ido a la discoteca, que ése no era lugar para nosotras.
Yo tardé más. Tardé trece años y una conversación con M. en darme cuenta de que ambas tenían razón, de que la discoteca no era para nosotras, que ninguna Niña Perdida debe abandonar las cartas de poker y el palo de billar y los sueñecitos y los baños en la playa por las discotecas. Así que espero, trece años después, que me perdones, querida A., que perdones a Wendy Darling por haberte abandonado aquella noche. Wendy te promete que no volverá a suceder, que no se irá de tu lado para hacerse mayor, para dejar de ser una niña. Wendy sólo va a entrar en los lugares donde puedan pasar las Niñas Perdidas. Wendy Darling está arrepentida y nuca jamás volverá a dejarte sola.

Comentarios

Azena ha dicho que…
Me has arrancado las lágrimas que llevaban todo el día pugnando por salir...

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