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Mostrando entradas de abril, 2009

Despejándose

Presenten armas

MADRID. 8 DE MAYO. TRES ROSAS AMARILLAS. 20:00 HORAS.

Que nadie se atreva a decir que no avisé. No soportaría que alguien más se permitiera el lujo de juzgarme. Hoy no.

Epitafio

Porque todos necesitamos uno, igual que un nombre. No se puede vivir sin nombre ni se puede morir sin epitafio. Sin él sería como si nunca nadie nada hubiera existido. Aquí está. Aceptad el epitafio, grabado sílaba a sílaba, acorde sobre acorde, imagen tras imagen, encima de esta tumba en donde aún no crecen belladonas.

Manquer

Sucede que una nunca sabe muy bien lo que va a echar de menos, ni cuándo, ni por cuánto tiempo. Sucede que es una ciencia extraña, la de echar de menos, y una debería aprenderla poco a poco. Sí. Es eso. Una no debería morirse sin saber al menos reconocer aquello que va a echar de menos. Creo que es suficiente tarea para una vida. Porque si no lo reconoces sucede que de repente un día echas de menos un cuarto de baño de un bar de París al que no has hecho ni una sola foto, o echas de menos la ventana de Galway de vuelta a casa, con los primorosos cisnes bordados a ganchillo que te parecían entonces un poco ridículos o incluso echas de menos las empanadas de atún (no bonito. Atún) de aquella pastelería en la que no compraste nada para el viaje de vuelta.
Ir poco a poco recogiendo miguitas, las pocas que han dejado los pájaros. Recoger la foto de aquel cuarto de baño. Recoger las libretas viejas, las de las bofetadas, las únicas que saben mejor que tú hasta qué punto eres capaz de echar d…

Ubicación

Esta mañana, mientras me hacía a la idea de las medidas de la habitación y de la pared pegada a la cama conté las camas en las que había dormido. Nueve Diez camas en quince días. Va a ser difícil superar el record. Va a ser necesaria un poco de ebriedad para que todo se vuelva menos sólido, un poco de morfina para dejar mi cuerpo tumbado en en un lugar del todo inconcreto. Suena una y otra y otra vez.

Anubis

E. y yo encargamos aquella máscara de Anubis en la tienda de los Dioses cuando las dos tratábamos de que no existiera nada fuera de nosotras. Decidimos que necesitábamos a un Dios que protegiera nuestra pequeña y abigarrada casa de cualquiera que quisiera hacernos (hacerle) daño. "Anubis, el protector de todos los umbrales".
E. se fue un año después, tras lágrimas y alguna de las conversaciones más duras que he tenido en mi vida. Anubis se volvió violento, se llenó de sombras como si alguien lo apuntara con un foco demasiado potente y nada frontal. E. me retiró la palabra, como quien retira aquello más valioso que posee. Ya no hubo palabras entre nosotras, que nos las habíamos aprendido todas, que éramos las reinas de todas las palabras. Anubis calló y la dejó marchar.
Años después coloqué aquella máscara en otra pared, con una alcayata porque Anubis es demasiado macizo como para sostenerse con cuelga-fáciles. Entonces no sabía que los Dioses son mejores que los hombres, más f…