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Ancla

El no saber exactamente quizá también es importante. El camino bajo los pies. El cielo sobre la cabeza. Difícil conformarse sin todas las cosas que acompañan como un ancla. El ancla en el barco, la seguridad de que la podemos echar en cualquier puerto y quedarnos ahí una noche, una semana, dos meses, la vida entera. Así que miro mis libros no ya como mira el árbol sus horas, sino como miran los marineros su ancla, con la promesa de que llegaré a algún lugar donde sea posible posarlo todo, posarme a mí misma, como si yo pudiera ocupar muy poquito, tan sólo la materia de un cuerpo, de cincuenta y un kilos de peso y metro sesenta de estatura, cuando existe la certeza de que el ancla forma parte de todo, que mi traslado significa un camión, una mudanza en toda regla, un montón de ayuda externa (o al menos tener la promesa de una ayuda externa, con eso muchas veces es suficiente).
Suena Bola de Nieve. Esta vez no lo voy a poner. Sólo suena. Sólo para mí. Sólo "vete de mí" y saber que soy mejor cuando se me ha olvidado, cuando ya no estoy y puedo hablar dulcemente ante el teléfono y escribir cartas. "Seré en tu vida lo mejor"... maldita canción, que me ha acompañado tanto tantísimo tiempo sin llegar a desprenderse del todo de esta piel de vieja a la que le gusta jugar a las cartas y tomar té. Mucho té. Muchísimo té. "Tomas más té que comes", me dijo ella que vivió en la cama de al lado durante siete meses.
Olí la basura antes de bajarla. La basura olía a té. Fue entonces cuando supe que tenía que irme de esta casa. No es posible que una basura huela a té. La basura tiene que oler a basura. Así son las cosas. Así tienen que ser. Fue como aquella vez en Galway, cuando vino a verme y a abrazarme P. y vivimos una semana en una preciosa casa con un aún más precioso poster del Corcovado "este amor e uma cançao"... y era todo muy bonito pero yo sabía que no me lo merecía, que ninguno de los dos nos lo merecíamos, no éramos eso, no éramos una preciosa casa con una sola cama de matrimonio y un poster del Corcovado. Éramos otra cosa. Así que estaba bien como lugar de paso, como un hotel que pagas a un precio razonable y tiene las sábanas siempre limpias y bonitas vistas desde la ventana y sabes que esa no es tu casa y eso, después de todo, te produce cierto alivio (porque hay alivio en la carencia de significado).
La basura oliendo a té tampoco soy yo, tampoco me la merezco. No es ésta la casa que yo he hecho, no es la casa de mi vida, así que vuelvo a coger las cosas y viviré una temporada en el subsuelo. Tendré que estar este tiempo dentro de la tierra para crecer después, para sacar las manos y ser capaz de abrazar limpiamente, sin pasado, sin culpa, sin historias entrelazadas. Pequeña S., quedas destinada al calabozo. Será un calabozo grande y acogedor, donde colocarás todas tus cosas y te pondrás una cuchara encima de la cabeza para creerte la reina de todos los seres de este mundo. ¿Me veis? ¿Veis esta cuchara encima de mi cabeza?
Querríais entenderlo. Ojalá lo entendierais. Ojalá yo fuera capaz de comunicarlo, sin subterfugios. Ojalá lo pudiera soltar todo en un discurso solo, con lágrimas o tropezones (no me importa) y después del discurso nadie intentara arreglar las cosas o buscar un motivo o un futuro y me dijerais simplemente: "Lo entiendo". "Entiendo tu cuchara en la cabeza y tu calabozo". "Entiendo tu ancla". Cualquiera de esas cosas me valdría. Pero no es culpa vuestra. Ni mía del todo, tampoco, qué culpa tengo yo de que las palabras sean tan poco suficientes, tan frágiles, tan proclives a justificarse.
Así que todo tiene su medida. Muchas veces encontramos la medida después, cuando nos ponemos a echar de menos, pero otras veces mido en el instante y en pocos momentos dela vida nos encontramos con cosas verdaderamente grandes, enormes, capaces de transformar las rutinas y el olor corporal. Ante una ola gigante, ante un tsunami, poco pueden hacer las anclas. Entended eso al menos.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Es bonita tu cuchara. Pero jamás será una corona. Es sólo una ridícula cuchara. ¿Quieres saber cómo es una verdadera corona? Mira mi cabeza, Sibisse. Esa es la corona de un Rey. Un Rey que promulga leyes tan ridículas como tu cuchara sobre la cabeza.

Te he dejado enterrado detrás del Convento de los Carmelitas algo hermoso que encontré ayer muy cerca de las famosas escaleras del acorazado Potemkin. La sangre riega en ocasiones las flores más bellas.

Un beso.

M.
Azena ha dicho que…
No siempre te entiendo. Pero te quiero siempre.
caleteador ha dicho que…
Tan tu... No me extraña que se titule "Ancla",no se que comprendo,ni hasta que punto, (de momento la cuchara se me escapa por completo,eso seguro)...

Asi andamos todos,en la paradoja o la contradiccion o lo que sea de aferrarnos a nuestra Ancla y en elfonde del corazon,ansiar el tsunami que haga saltar todas nuestras anclas,que nos haga perder el control... que nos cambie de arriba a abajo...y ser capaz de amar de otra manera, merecerlo tal vez.
No lo se. Unosolopuede hablar por uno mismo.
te contesto intuitivamente a un texto muy hondo y que remueve mucho.mucho.
y si :es claro:
Es un ancla.

-Jose-
The Wild Rose ha dicho que…
Querida Azena. No cambiaría eso por nada. Y cuando digo "nada" quiero decir "nada en absoluto".

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