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Barbazul

Era una caja de zapatos. Una sencilla cajita de zapatos. Estaba en lo alto de su armario y me la enseñó muy pronto y me dijo "mira, aquí guardo todas sus cartas".
Las cartas no se terminaron. Puede que no me guste recordarlo así, pero en realidad las cartas no se terminaron. Le llegó otra más y me dijo "me ha llegado otra carta".

Más tarde sí, porque él cambió de casa y de armario y no le dio la nueva dirección y guardó la caja de zapatos en la parte de abajo del nuevo armario empotrado, en el mismo armario donde yo más tarde colgué el anorak naranja que tan poco le gustaba, en el mismo armario que estaba junto a la cama donde yo dormiría casi todas las noches.

Pensaba a menudo en la caja, la pequeña y discreta caja de zapatos. Pensaba que había un punto dentro del armario, algo así como un agujero negro, una concentración de densidad, una habitación con cabezas cortadas por todas partes. No hablaba de ello. Nos gustaba pensar que nos entendíamos sin hablar demasiado. Aversión por lo obvio. Aún me dura un poco la aversión por lo obvio, aunque renunciar a lo obvio sea aceptar la habitación de Barbazul, el lugar de donde tienes la llave pero no te está permitido entrar.

No le pregunté si seguía pensando en ella, si la echaba de menos, si releía alguna vez aquellas cartas. No le pregunté nada. No abrí nunca la caja de zapatos.

Un día, por las buenas, me dijo que iba a tirar todas sus cartas. Yo le dije que me alegraba, y era verdad, fui totalmente sincera. Me alegré muchísimo. Casi llegué a aplaudir. En el fondo, tendría que haber aplaudido, porque él cogió las cartas una a una de la caja, las rompió y las fue tirando a la papelera que estaba al lado de mi cama. Fue tan teatral, un acto tan enorme que tendría que haber aplaudido. Pero no. Me recuerdo recostada en la cama con una mano en su brazo como quien da ánimos discreta y tiernamente. No sé si fue así, la memoria a veces nos engaña y nos imaginamos en un lugar donde no estuvimos, en una postura que jamás adquirió nuestro cuerpo. No sé si me apoyé sobre su hombro o simplemente le toqué el brazo. Lo que sí recuerdo es que no aplaudí.


Me doy cuenta ahora de que no debió hacerlo. Seguro que ahora se arrepiente, o al menos debería arrepentirse, porque no estuvo bien que lo hiciera, que rompiera sus cartas delante de mis ojos, que pasara las cartas una a una de la caja de zapatos a la papelera.
Pero por aquel entonces yo era débil, yo tenía miedo, por aquel entonces cuando papá me preguntó que qué iba a hacer cuando se acabara le dije "papá, no se va a acabar" "Sibi, las cosas se acaban" y cuando me preguntó que si me gustaría que un hombre se largara después de follarme no le dije nada pero pense "papá, a mí los hombres no me hacen esas cosas", la pequeña, la ridícula mujer azul a la que ni se engaña ni se abandona. Y entonces cómo iba a detenerlo, cómo iba a no dejar que rompiera esas cartas, que deshiciera el agujero negro en jirones de papel dentro de aquel universo casi siempre gris y casi nunca naranja.

En cuanto me quedé sola rebusqué en la papelera. El agujero negro se había deshecho. Sí. Ya no existía la caja de zapatos dentro del armario. Nada en su mundo que yo no conociera. Ningún secreto, así que metí la mano en la papelera como quien mete la mano dentro de un sombrero para sacar un numerito y rescaté un pedazo de una carta.

Leí una frase.
Me dieron nauseas.
Dejé de leer.
Se lo dije.
Dije: "Leí una frase. No leí más".
No le dije que me dieron náuseas.
Igual sí se lo dije. No recuerdo habérselo dicho.

El agujero negro.
Los agujeros negros no se pueden tirar a la papelera.

"Me escondo de mis hijos para llorar por ti".
Esa era la frase.
Si mi memoria no me falla, esa era la frase.

Comentarios

L0usie ha dicho que…
Me gusta lo escrito (:
gracias por anunciar mi dibujin n__n

Besos!
The Wild Rose ha dicho que…
Gracias a usted, señorita.
El dibujo es fantástico.

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