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El corazón

Papá no le hacía muchos regalos. Él no era de hacer demasiados regalos y estaba bien, papá no entendió nunca la diferencia entre lo mío y lo tuyo, entre lo que nos pertenece y lo que no nos pertenece, así que no tenía mucho sentido hacer regalos.
Por eso los regalos que le hizo se pueden contar con los dedos de una mano: la lágrima de topacio, el broche de máscara que tenía ella en el bolso que le había meado un gato (tal vez Kira), la barquita de corcho que los dos se encontraron en un río cuando eran novios y la caja de música.
La caja de música, con una flor en la tapa y El Lago de los Cisnes en el interior, siempre me pareció lo más cercano que existía en aparatos artificiales a un corazón. Ella lo llenó de canicas, de las canicas con las que jugaba cuando era pequeña, y así su corazón no estaba nunca solo, en su corazón guardaba todas las canicas de la infancia, todas las pequeñas historias (cuando robó pensamientos, cuando su hermano le rompió el arco, cuando jugaba a las cartas con su abuelo, cuando descosieron su vestido de primera comunión,...) que nos contaba una y otra vez, como una música un poco melancólica que se repite, igual que una tímida cajita de música.

(Una vez un hombre me prometió construirme una caja de música, pero no es nada que un ser humano pueda hacer. Las cajas de música simplemente aparecen o no aparecen).

Cuando nos repartimos toda la infancia de mamá ninguna de nosotras fue capaz de renunciar a su corazón, a esa caja de música con canicas y El Lago de los Cisnes. Así que llegamos a un acuerdo. De todos los acuerdos a los que he llegado en mi vida, el de la caja de música fue uno de los más difíciles. Ambas hicimos un sacrificio. T. se quedó con las canicas. Yo me quedé con la caja, con el corazón vacío.

Luego sólo una imagen:

Un teatro a oscuras. El teatro que estaba dentro de la facultad donde su tío favorito había dado clase, un piso por encima de la cafetería en donde su tío favorito había muerto.
En el borde del escenario su corazón, su cajita de música.
Todos callados. Nadie se movía.
Un enorme micrófono.
La cajita de música sonando. Yo sentada a su lado. Sonaba con la misma música de siempre, pero llenaba un teatro entero.
El momento en que cerré la tapa de golpe.
Y su música. Todo lo que de música puede captar un aparato artifical. Todo lo que de corazón puedo traer aquí. Ahora.

Comentarios

L0usie ha dicho que…
muy bonito Sibi.. (:
la caja de música..
strastnaya ha dicho que…
Al cerrarse la caja de golpe se me ha cortado la respiración
Anónimo ha dicho que…
Feliz cumpleaños! te escribo desde la estación de autobuses de Loja Ecuador. Desde 2500 metros de altitud, rozando las nubes y el mal de altura te deseo un día muy feliz. Un abrazo.
R.

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