Cuando se murieron nuestras golondrinas pensé en que nunca me había gustado aquel tango, pero también pensé en que una nunca sabe cuándo puede necesitar a Carlos Gardel. Pasa con todo lo que es mayor que nosotros, que nunca sabemos cuándo podremos necesitarlo. Lo pensé, pero no dije nada. No canturreé nada. Callé decentemente la boca. El tango sólo sonaba en mi cabeza.
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3 huellas:
Aún conservan gran parte de la rigidez propia del "rigor mortis", no voy a negarlo. Y si las abandonara a su suerte en mitad de la calle no dudo que cualquier niño jugaría con un palito con ellas. También es cierto que posadas sobre la vela y el fósil de arena del desierto se asemejan más a la obra tétrica de un taxidermista de dedos torpes. Pero eso no me quita la ilusión de que cualquier día, al final del verano, me levante una mañana y ya hayan levantado el vuelo buscando un lugar más cálido. Hasta la próxima primavera.
M.
Tanta añoranza no puede ser buena.
Fdo.: mi psicóloga.
¡Ay, las golondrinas! Ellas siempre me hacen pensar en Hitchcock y Hitchcock me hace pensar en Tod Browning y Tod Browning me hace pensar en el hombre. ¡Es que nada humano me es anejo!
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