Lo que más asco me dio no fue que hubiera polillas, no me dio asco verlas ni tocarlas. Lo que más asco me dio tampoco fue que hubiera huevos de polilla en el techo de la cocina. Ni siquiera fue tener que limpiar con una servilleta humedecida aquellos huevos y notar que su redondez resbalaba por las yemas de mis dedos. Lo que más asco me dio, lo que no puedo recordar sin un escalofrío, lo que aún me atenaza la respiración, fue la forma de aquel conjunto de huevos. Porque los huevos de polilla tienen también forma de polilla, y una sólo es capaz de resistir lo idéntico hasta cierlo límite. Más allá de ese límite el asco es inevitable.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
1 huellas:
Fractales de polilla?
Publicar un comentario en la entrada