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Mostrando entradas de agosto, 2009

Fuego

De pequeña me encantaba el fuego. Aún me gusta. Me he quemado pocas veces en mi vida, y las quemaduras ni me molestan ni me duran demasiado.
Papá decía que "quien juega con fuego se mea la cama" y no le gustaba que jugara con naipes ni con fuego. Daba igual que al poker sólo nos apostáramos garbanzos y daba igual que el fuego se limitara a quemar cerillas. "Juegos de manos, juegos de villanos" y "quien juega con fuego se mea la cama".
Yo en cambio pensaba que había algún dios (siempre fui politeísta, qué le vamos a a hacer) encargado del fuego que me quería. Lo mismo que la diosa de los animales. Ningún perro me mordió nunca en el culo y jamás me quemé con una cerilla.
Jugaba a carbonizarlas enteras, sin soltarlas de la mano. La cerilla ardía hasta no poder más y los mosquitos nunca me picaron. Era algo así como un trato bien hecho, un negocio bien cerrado, unos socios en los que poder confiar.

También es cierto que tardé mucho en dejar de mearme la cama. Muc…

I. Cistitis.

Una cistitis no es mucho. Ganas de mear constantes. Nada de alcohol. Beber mucha agua. Zumo de arándanos y, a una mala, tres días de antibióticos. Es casi lo mínimo que te puede pasar cuando tienes el coño expuesto a demasiadas agresiones externas o internas. La regla. Aguantar las ganas de hacer pis. Un bañador mojado. Follar. Casi es una sencilla ecuación matemática de resultado igual o mayor que.
Sin embargo la primera vez que tuve una infección de orina me resultó algo tan extraño, tan fuera de lo esperable, tan imposible de solucionar, que aún tiemblo al pensarlo. Os contaré la historia.
Yo le había mandado una carta a S. en la que escribí TE QUIERO en letras gigantes y a lápiz (porque hubo un momento en que pensaba que el lápiz era mejor, que el lápiz no quedaba ahí para siempre, que se podía borrar, como si ciertas frases, ciertas palabras, fueran tan duraderas que necesitaran de lo efímero de la mina de carboncillo para equilibrarlas). Fue la primera vez que me declaré a nadie. …

Martini S.A.

Ahora sólo bebo té. Así empieza la canción, que como todas las canciones parece que están esperando por ti en algún lugar al que vas a llegar tarde o temprano.
Ahora sólo bebo té. Ni siquiera me dio tiempo de aprendérmela de memoria (sólo la letra, sólo me aprendo de memoria la letra, porque en la melodía poco tiene la memoria que hacer) y me fui sin música, sin ordenador, con una cámara de fotos averiada y un teléfono móvil, porque ya no somos capaces de renunciar a los mensajes --sí a todo lo demás--. Sólo con un libro de naufragios. Soy consciente de que los libros de naufragios son paradójicamente un mastil al que agarrarse cuando el barco empieza a hacer aguas. Por eso hay tan pocos, porque en un naufragio es necesario que no todo el mundo se salve, que haya cadáveres ("ce cadavre") y porque no podemos navegar siempre a salvo. "Al mar hay que tenerle respeto". Papá me lo repetía una y otra vez, para que mi soberbia no superara mi propia vida.
Y sin embargo nunca…

Tránsito

704 mensajes borrados del móvil. Foto del perfil borrada y cambiada. Fondo de pantalla del ordenador distinta. Carpeta "verano" sustituída por la carpeta "otoño". Suelo del cuarto barrido. Salsas de la cocina en la basura. Mochila azul con las últimas cosas de A. en el cubo de residuos orgánicos. Cartera azul sustituída por cartera de Dorothy. Piernas depiladas. Botellas de agua vacías. Libreta negra acabada. Lavadora de blanco puesta. Maletas deshechas. Música de llamadas sustituída por otra. Fotos borradas para siempre.
Cambio de estación o naves ardiendo. En esta orilla nadie ha pisado nunca. Me remango los pantalones y poso el pie sobre los cantos rodados. Es como meter los dedos en un río. El agua los recorre, los limpia, los purifica, los deja completamente solos, completamente libres.

Herida

Adelante, Mr. Cash, canta otra vez para mí. Canta para mí siempre. Te escucharé en el fondo de todas las cosas que no se entienden. Mr Cash, tienes la última palabra, aunque la última palabra sea esa: hurt.
Amo cada una de tus arrugas, cada una de tus cicatrices, cada aspereza de tu voz. Así que canta fuente, intensamente, con toda la brutalidad que existe sobre la tierra. También con toda la ternura.

Cuencos

La casa de M. es como un laberinto lleno de juegos, sorpresas y objetos inesperados. Hay que estar preparada para ir allí. Mente abierta. Ropa de abrigo. Pastelitos.
M. sacó su cuenco tibetano y lo golpeó con un trozo de madera. Después le dio vueltas al trozo de madera alrededor del cuenco y se lo puso delante a la pequeña R. y luego a mí. Recorrió con su sonido desde nuestra frente hasta nuestra barriga. El cuenco desprendía un sonido intenso.

--¿Te molesta?, preguntó

R. contestó que no. Yo contesté que un poco delante de los ojos.
M. dijo que sólo molestaba si teníamos alguna parte bloqueada. También dijo que había personas que no soportaban el sonido ni de lejos.
Hoy pensé que hay personas que son como cuencos tibetanos, que sólo las soportamos si nuesta alma no está enferma. Y libros. Sí, también puede que haya libros de esa clase.

Un año

No una semana. No. Ni un mes. Ni unos días. G. murió hace nada menos que un año. En un año suceden muchas cosas. En un año hay viajes, rupturas, aparece gente nueva y pierdes el contacto con los de siempre. En un año vas y vuelves, en un año tienes conversaciones importantes y conversaciones difíciles (la vida está hecha de conversaciones difíciles). En un año hablas horas enteras por teléfono, escribes cartas, postales, mails, post, poemas, cuentos, exámenes, trabajos, declaraciones de hacienda. En un año te enteras de noticias, de incendios, de guerras, de caídas de la bolsa.
Pero nadie, nadie en absoluto se dio cuenta de que G. había muerto. Como si el mundo la hubiera olvidado, como si G. hubiera sido demasiado buena para este mundo de intrigas, mentiras y escondites. G. vivía en una isla pequeña, en una ciudad pequeña. Su muerte la tapó un volcán y un aire cálido.
Su ahijada fue la primera de nosotros en enterarse. Un puto año después. Lo más terrible de todo no fue su muerte, pues…

Deshechos

Sé que casi todo son deshechos. Yo misma tiré bolsas y bolsas de basura. Libros. Ropa. Periódicos. Repuestos. Muchos repuestos. Repuestos de cada cosa. Todos los objetos por duplicado, no fuera a ser que un día se perdieran o se rompieran o se prendieran fuego. Son deshecho los muebles, las lámparas, los botes de conserva. Son deshechos los objetos inútiles, los que estaban delante de las dos filas de libros en las estanterías, los muñecos, los ceniceros hechos de arcilla, los botes pintados. También es un deshecho la botellita que alguien pintó en la guardería y que pone "Sibi" escrito en el fondo, en un papel mugroso pegado por un celo que ha resistido el paso de más de 25 años (quién lo diría, el celo, el material indeleble, el futuro de nuestra información). Es tan deshecho esa botellita como los disquetes del Monkey Island, como los aparatos que no funcionan, como la nevera mil veces pintada. Sí. No es otra cosa. Sin embargo cayó al lado del cubo de la basura (no dentro…

Yo soy de arriba

Es raro que esto sea volver. Volver tendría que ser volver al norte, volver a la casita junto a la playa, volver a la ciudad que conozco, a la familia que me conoce, a los colchones de lana y a la cocina donde han pasado tantas y tantas voces (si mi cocina hablara...). Así que fue raro ayer, cuando me dejaron a la puerta de mi casa alquilada que comparto con gente que casi no conozco, cuando metí la nariz en la rosa y me temí que había vuelto a perder una apuesta(cada color tiene un olor distinto, eso es algo que ya sabemos), cuando me llamó B. a la una de la mañana para ver si andaba cerca del centro o al menos no me había metido en la cama o al menos estaba vestida... cuando me di cuenta de que había vuelto, de que ahora Madrid es un "volver". Pero, a pesar de todo, sigo siendo del norte, sigo eligiendo la sangre por encima de cualquier otra cosa.