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Mostrando entradas de septiembre, 2009

Paciencia

Lo jodido, lo realmente jodido de los angelotes es su paciencia, su infinita paciencia, su capacidad de esperar por una años enteros. No importa el tiempo que intentes escabullirte, tarde o temprano encontrarás un angelote sobre la repisa. Es una vieja ley de la que culpamos a las abuelas y de la que ya es imposible escapar. Los angelotes, amigos míos, son así.

Desprendimiento

Fue el portero (a) abrirle la puerta:

--Entra, señora mía, que Kutah se pueda alborozar por ti,
Que el palacio de la Tierra sin regreso se alegre de tu presencia.
Cuando la primera puerta le hizo cruzar, / Arrebató y quitó la gran corona de su cabeza.
--¿Por qué, oh portero, quitaste la gran corona de mi cabeza?
--Pasa, señora mía, así son las reglas de la Dueña del Mundo Inferior.
Cuando la segunda puerta le hizo cruzar, / Arrebató y quitó los pendientes de sus orejas.
--¿Por qué, oh portero, quitaste los pendientes de mis orejas?
--Pasa, señora mía, así son las reglas de la Dueña del Mundo Inferior.
Cuando la tercera puerta le hizo cruzar, / Arrebató y quitó las cadenas de su cuello.
--¿Por qué, oh portero, quitaste las cadenas de mi cuello?
--Pasa, señora mía, así son las reglas de la Dueña del Mundo Inferior.
Cuando la cuarta puerta le hizo cruzar, / Arrebató y quitó los adornos de su pecho.
--¿Por qué, oh portero, quitaste los adornos de mi pecho?
--Pasa, señora mía, así son las reglas de la …

El otro lado de la cama

Mamá dormía siempre en el lado izquierdo de la cama.
Papá dormía sobre mamá.
Cuando yo dormía con ellos (porque tenía miedo o porque me había meado encima) lo hacía del lado de mamá, junto a la mesita de noche de la izquierda.
No me gusta demasiado dormir sola en una cama grande. Me solía acurrucar en la esquina de la izquierda, con un libro, unos apuntes, un móvil, lo que fuera, al otro lado, para no sentir el horror vacui, el abismo del espacio demasiado vacío.
De todas formas sabéis que no siempre dormí sola. Al lado derecho, durmieron J.A., R, J, A y algún que otro nombre poco relevante (no muchos, alguno que otro). P. y yo dormíamos en camas separadas, así que no había ningún lado que repartirse.
Cuando llegué el viernes a casa (me di cuenta a la segunda noche) me acosté en el otro lado de la cama. Dejé las zapatillas en el lado derecho, me tendí bajo Corto Maltés y puse el cojín grande en mi antiguo lado izquierdo (todavía el horror vacui). Lo miré como quien mira sus fotos de cuando…

Espías

De pequeñas jugábamos a ser espías. Teníamos libros y aprendíamos códigos secretos: el lenguaje de las manos, el código morse, la tinta invisible hecha con zumo de limón, los mensajes secretos de colores. Era uno de nuestros juegos favoritos.
Pero ahí no quedaba la cosa. Éramos espías de verdad. Espías profesionales. Espías de esas a las que habría que haber pagado por su trabajo.
Mamá nos dejaba encargadas tareas: escuchar detrás de las puertas, apuntar quién llamaba por teléfono y cuánto tiempo duraba la llamada, leer los papeles sueltos, buscar datos, recopilar pistas. Nos lo tomábamos en serio, lo de ser espías, como si hubiéramos nacido para ello.
Llegué a dejar una grabadora en modo REC en la cocina, cuando vino R. a visitar a mi padre. Aquella cinta de casete fue una de las cosas más enormes, más pesadas que he hecho en mi vida.
Mamá nos enseñaba a espiar en silencio, a contarle las cosas sólo a ella, a mentir a las personas mayores. "Quien tiene la información tiene el poder&…

Sueño

Ayer, cuando conseguí dormir fácilmente (hoy ya no lo consigo) soñé con A. Me alegraba de verlo. En el fondo no le guardo rencor. Quien es capaz de ponerse precio a sí mismo no merece demasiado rencor por nuestra parte. Soñé que le preguntaba por Kirke y que él me respondía "está mal. Sólo toma café". Eso me preocupó. El café no es un buen alimento (menos aún si es el único) para los gatos.
Kirke es una gata. A veces pienso que es otra cosa, un alma, una venganza, un monstruo, una diosa, una personita... pero lo cierto es que es una gata.
Tenía completamente dominado a A. Le gustaba tenerlo en casa. Estaba más tranquila que nunca, a pesar de tener que convivir con un gato callejero al que toleraba a duras penas. A. quería mucho a Kirke (de la manera en la que se quiere a los gatos, claro está). La solía llamar "pompón adorable". Me pregunto qué pensaría ella de ese nombre, cómo le parecería que alguien la llamara "pompón adorable".
Kirke me conoce bien. De e…

Rendir cuentas

Y luego, repito que me iba a mi tierra, a aquella tierra suficientemente lejana para que cuantos hogares existían en ella parecieran ser uno solo, junto al cual el más humilde de todos nosotros tiene derecho a sentarse. Por millares nos contamos los que, ilustres o de oscuro nombre, andamos errantes sobre la faz de la tierra ganando del otro lado de los mares nuestra fama, nuestro dinero o sólo una corteza de pan; pero me parece a mí que, para cada uno de nosotros, el volver a nuestra tierra ha de ser algo como ir a rendir cuentas. Volvemos para hallarnos cara a cara con nuestros superiores, nuestras familias, nuestros amigos, aquellos a quienes obedecemos y aquellos a quienes amamos; pero aun los que ni unos ni otros tienen, los más libres, solitarios, irresponsables y desprovistos de todo lazo que los una; aun aquellos para quienes nuestro país no encierra un rostro que les sea caro ni una voz que suelan hallar dulces sus oídos; aun ellos mismos, tienen que encontrarse con el espíri…

II. Señorita

Él no le gustaba a nadie. Ni a las chicas, ni a mi padre, ni a mi madre, ni a mi hermana, ni a mis amigas, ni a Ángeles (Ángeles que era la persona más buena del mundo, Ángeles que quería a todo el mundo) y creo que en el fondo tampoco le gustaba a su propia familia. Creo que eso era exactamente lo que me gustaba de él. Estar con él era quitarle la razón a todo el mundo, a cada una de las personas que se consideran suficientemente buenas como para juzgar a los demás. Mi decisión cobraba entonces un valor casi histórico, temible, absoluto. Mi decisión no era producto de las decisiones de otros, yo no era la que se llevaba al más popular de la clase ni la que le levantaba los novios a sus amigas. Nada más lejos de la realidad. Yo era la mejor de todos ellos, la soberbia, la capaz de rescatar a un hombre de su propia destrucción, la que tenía un poder único, la más civilizada.
Así que todo sucedió bastante lejos de los instintos animales, de esos mismos instintos que nos hacen abofetear l…

Isla

Puede que sea la distancia lo que me separa, lo que me impide volver a la isla. Puede ser eso o el cambio de continente, porque cambiar de continente es traspasar una gran, una enorme frontera. O también puede ser la "hora menos en Canarias", el dato objetivo de que allí el tiempo es distinto y en él ocurre una vida diferente.
También, por aventurar, podría ser la incapacidad de utilizar todo lo aprendido en esta parte del mundo para emplearlo allí, en la otra parte. La certeza de que volveré a ser exactamente igual que como era la última vez que estuve, ni más ni menos, ni más lista, ni más fuerte, ni más segura de mí misma.
Es lo que ocurre cuando vas a un lugar con una regularidad ritual. Así ocurrió en el Colloto de cada sábado y así ocurre en el Tenerife de cada verano. No hay más vuelta de hoja. No existe discusión al respecto. De nada vale imaginarse volviendo al territorio de la infancia, como una vieja nostálgica, cargada de todos los fracasos y las alegrías de la vid…