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II. Señorita

Él no le gustaba a nadie. Ni a las chicas, ni a mi padre, ni a mi madre, ni a mi hermana, ni a mis amigas, ni a Ángeles (Ángeles que era la persona más buena del mundo, Ángeles que quería a todo el mundo) y creo que en el fondo tampoco le gustaba a su propia familia. Creo que eso era exactamente lo que me gustaba de él. Estar con él era quitarle la razón a todo el mundo, a cada una de las personas que se consideran suficientemente buenas como para juzgar a los demás. Mi decisión cobraba entonces un valor casi histórico, temible, absoluto. Mi decisión no era producto de las decisiones de otros, yo no era la que se llevaba al más popular de la clase ni la que le levantaba los novios a sus amigas. Nada más lejos de la realidad. Yo era la mejor de todos ellos, la soberbia, la capaz de rescatar a un hombre de su propia destrucción, la que tenía un poder único, la más civilizada.
Así que todo sucedió bastante lejos de los instintos animales, de esos mismos instintos que nos hacen abofetear la cara de quien se ha metido demasiado dentro de tu coño, de quien sabe demasiadas cosas. Estaba todo calculado de antemano. Incluso el final. Incluso aquella conversación telefónica en la que le fui relatando todo lo que había hecho mal, todos los errores cometidos, todas las razones por las cuales no me quedaba más remedio que dejarle. Todo.

Los preservativos me los dio A. después de una de nuestras interminables sesiones. Me dijo “cuídese, señorita”. Me solía decir esas dos cosas, que me cuidara y lo de “señorita”. Le gusta llamarme “señorita”. A mí me molestaba bastante, pero no le discutía esa clase de cosas. Si le hubiera dicho que me molestaba me habría preguntado que por qué me molestaba y eso nos habría llevado a una espiral cuyo final yo conocía muy bien y consistía en mí bajando la cabeza y diciendo un “ya, tienes razón”, con un hilillo de baba deslizándose por la comisura de mi boca y la certeza de que cualquiera, hasta el peor ser que existiera sobre la faz de la tierra, tendría derecho de ahora en adelante de llamarme “señorita” sin ninguna opción a réplica por mi parte.

La señorita S. cogió los condones. Volvió a casa. Un día su mamá encontró en algún sitio visible un envoltorio de preservativos y le echó una de las broncas más humillantes de su vida. Le dijo que esas cosas había que esconderlas, que era demasiado que, además de usarlos ella tuviera que enfrentarse a su hiriente presencia. Fue como si la señorita S. se hubiera dejado una compresa sucia (realmente sucia, con coágulos de sangre) sobre el sofá de piel del salón.

La señorita S. usaba condones. Comme il faut. Nadie puede reprocharle nada al respecto. Usó condones desde el primer polvo (en el mismo hotel donde follaría más tarde la misma noche en que murió mamá) hasta el último.
A veces A. me preguntaba que si hablábamos de qué ocurriría si yo me quedaba embarazada. Le conteste que no, que no hablábamos. ¿Y si ocurre? Me volvió a preguntar. Le volví a responder que no, que no hablábamos. ¿Te cuidas? me siguió preguntando. Sí. La señorita S. se cuidaba.

(He aquí el segundo capítulo. Otra pequeña renuncia al misterio).

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