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Tiempo


Sí que es otro tiempo. Por si alguna vez lo había dudado, ayer un hombre y un hermoso piano de cola me hicieron tomar conciencia con seguridad absoluta. No sé si es exactamente la música lo que mide el tiempo de otra forma, o es el arte, o el sexo, o la muerte. No lo sé. Pero sé que que es un tiempo distinto, que no hay un solo reloj en este mundo capaz de calcularlo, y que sólo a veces, sólo en contadas ocasiones, llegamos a acariciar su naturaleza indómita y aún salvaje.
Al principio me empeñaba por medirlo igual que lo había hecho siempre, por ponerle principio, final, duración o consistencia. A veces intento pensar mientras este tiempo salvaje sucede, aunque sea para poder organizarlo según el hilo de mí misma. Me da miedo que empiece y, una vez que ha empezado, me da más miedo aún que se termine. Como si pudiera terminarse, como si dentro de sí mismo hubiera momentos y espacios delimitados.

No. Es un tiempo que no puedo conocer, ni dominar, ni medir, ni esperar de él un principio y un final. Sólo sé que está ahi, y que de vez en cuando coincidimos y entonces el otro tiempo, el que sí que tiene principios y finales, el que puedo medir, dominar, conocer, el que me hace llegar pronto a los sitios y saber la hora que es con siete minutos de error; ese tiempo deja de tener sentido.

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