Ir al contenido principal

Entradas

Mostrando entradas de 2010

Escenario

Lo preparó todo. La casa, quiero decir. Preparó la casa para el gran momento. Se pasó la vida entera arreglando esa habitación en la que no dormía nadie. Compró una colcha rosa de satén y muebles estilo imperio. Cada día le pasaba la fregona al suelo y limpiaba el polvo del espejo y las figuritas de porcelana. Ella no vivía allí. Ella vivía más adentro, en la habitación vieja que estaba junto al patio, la habitación con bacinilla debajo de la cama y mantas raídas. La habitación de los armarios con ropa, del tocador con botes de Barón Dandy del abuelo. El día antes de su muerte pidió que la lavaran, que le pusieran un camisón limpio y que la llevaran al "cuarto museo" (así es como llamaban sus hijos a aquel cuarto donde nadie podía dormir). La lavaron, le pusieron el camisón limpio y la sentaron en una silla. La cogieron entre todos, como a una reina, y la llevaron hasta la cama de la colcha rosa. La acostaron. Al día siguiente había muerto. Justo donde quería. Justo como quería…

Hasta aquí

A veces pienso que hasta aquí está bien. Quiero decir, que he cumplido, que ya está el trabajo terminado, los deberes hechos, las cosas en su sitio. Y pienso ¿y si muero ahora?, ahora justo antes de empezar algo nuevo, cargarme con nuevos deberes o descolocar las cosas. Es decir, que hasta aquí he llegado y no está mal, y he sido feliz y desgraciada (muchas veces las dos cosas juntas) y he viajado y he escrito y he querido y me han querido. He aprendido cosas y otras muchas las he olvidado. ¿Por qué volver a empezar todo de nuevo? ¿por qué volver a estar insegura, a meter la pata, a decir frases cuando no toca y a afirmar algo justo para esconder lo contrario? Pienso en que un coche me atropelle, en una muerte rápida, en la inanición o los siempre socorridos ataques al corazón o derrames cerebrales. Luego pienso que para eso habría que estar más viva de lo que yo estoy, habría que aferrarse a algo, habría que tener algo a medias, no ver el "hasta aquí" tan casi siempre. Lo pi…

Red social

Desde que tengo facebook casi no escribo aquí. El blog, como todo jardín, es secreto. Es como un pacto tácito entre vosotros y yo para que leáis mi diario a escondidas. El facebook es distinto. Tengo que mostrar la imagen, tengo que preparar la marca "sibisse" como si fuera Cocacola o Luke Strike. Creo que es mejor el facebook para mí, para curarme poco a poco de mi exhibicionismo, de contar la sangre de mi regla o que lloro cuando no debo o que tengo miedo de la vida en general y de la mía en particular. Sí, creo que es más sano, más civilizado, que me crea menos problemas y me vuelve más presentable. Una debería escribir de cosas que no tengan nada que ver con ella, o que, si tienen que ver con ella, que esté tan construido que nadie pueda darse cuenta. Sí. Eso es lo que se debe hacer. Así se escriben las novelas y también, aunque no lo parezca, los libros de poemas. Todo lo que la gente lee luego. Sin embargo me parte el corazón mirar el jardín tan abandonado y sé firmemente…

Querer

Quiero tener un perro. Como quise tener un gato y luego me deshice de él. Como a veces quiero tener niños y otras me dan casi repelús. Quiero tener un perro por todas las egoístas razones por las que todo el mundo quiere tener perros. Para que me quiera, para que cuide de mí, para que me proteja, para que se coma la comida que yo le doy y me traiga la pelota que yo le lanzo. Luego pienso que es bueno, no tener perros, ni niños, ni gatos, ni nada a lo que poder abandonar.

Limpieza

Estoy completamente limpia. El pelo y los sobacos. Las manos y las uñas. Limpieza que huele a verbena, a desodorante. Limpios también los dientes y los pies. Limpias las piernas, el suelo donde piso, el lugar que me habita. A veces no encuentro bien las cosas bajo la pátina de pulcritud, pero no me podréis echar en cara ni un solo pelo fuera de su sitio. La limpieza no tiene límites.

Llaves

Guardo todas las llaves. Puede ser por ansiedad o por esperanza. Guardo las llaves de las casas en las que vivo, las de los familiares, la del vecino, las de los lugares por los que he pasado alguna vez, las de las casas a las que no volveré nunca. (Las llaves del jardín también las guardo en el cajón de la mesita de noche). Me tranquiliza tener llaves, saber que puedo entrar, que no me voy a quedar en la calle tirada, un día, sola.

Fútbol

Y a menudo he pensado en otra historia
distinta y menos simple, en otra España
Jaime Gil de Biedma


Había sido en Colloto, hace años, cuando subí las escaleras de la casa de la abuela y encontré a mi padre viendo el mundial de fútbol. Pocas veces lo había visto tan emocionado. Me senté con él y empecé a hacerle preguntas, a comentar las jugadas. Al día siguiente volví a subir, y al otro, y luego ya en casa vi con él el resto de los partidos. Me gustaba Alemania y Alemania ganó el mundial. 1990. Tenía yo diez años.
España no me gustaba demasiado. No tanto los jugadores como los comentaristas, los que daban el partido por ganado antes de empezar y los que clamaban por las injusticias. El fútbol es justo. Al final siempre es justo, de una manera o de otra, aunque tarde años en administrar su curiosa justicia, así que me daban rabia esos comentarios prepotentes y chovinistas. No me ayudaban en absoluto a digerir la derrota.
Desde ese mundial cogí una rara afición al fútbol. Digo "rara"…

Endechas

Endechas a la muerte de Guillén Peraza¡Llorad las damas,
sí Dios os vala!

Guillén Peraza
quedo en la Palma

la flor marchita
de la su cara.
No eres Palma,
eres retama, 

eres ciprés
de triste rama,

eres desdicha,
desdicha mala.
Tus campos rompan
tristes volcanes, 

no vean placeres,
sino pesares;

cubran tus flores
los arenales.
Guillén Peraza,
Guillén Peraza, 

¿dó está tu escudo,
dó está tu lanza? 

Todo lo acaba
la malandanza.

Ruedas

La calle es muy ruidosa. Es una de las calles más ruidosas de Madrid. He escuchado en esta calle broncas, canciones, celebraciones futbolísticas, rupturas sentimentales y conversaciones de los más variopinto. También he escuchado el ruido de los coches y los camiones de la basura.
Vivo con esos ruidos, son parte de la respiración, del aire que entra por la ventana. Sin embargo hay un ruido que siempre me hace detener cualquier actividad, cualquier lectura, casi cualquier sueño. Es un ruido pequeño, no estridente, pero que el el ruido que más se escucha a lo largo del día. Es el ruido de las ruedas de las maletas sobre el pavimento.
En esta casa pasan más maletas que coches. Las ruedas son pequeñas y arrastran con lentitud. Las ruedas de las maletas siempre son arrastradas en silencio, a cualquier hora del día o de la noche.
Antes no me había fijado. Otras veces que viví en esta casa (en esta casa siempre se vive, nunca se está de paso) escuchaba todos lor ruidos de la calle, pero me desp…

Soplar

No hay aire. He de decirlo así porque me he prometido como propósito de año nuevo dejar los "casi", los "un tanto", los "podría ser". He decidido afirmar o negar de una vez por todas, frase a frase, palmo a palmo, decisión a decisión.
Así que no hay aire. No hay aire fuera, nada digno de ser respirado. Me tengo que ir de esta tierra húmeda, de lo verde y lo gris, del mar no en calma, de los planes trazados porque sí, todo el munudo te conoce, todo el mundo sabe de lo que eres capaz, todo el mundo te recuerda. "Me acuerdo de ti perfectamente", dijo la secretaria. Todos con los que te has cruzado "se acuerdan de ti perfectamente". Sin dudas, sin "casis", ni "me suenas". Repiten tu nombre. Un nombre difícil, un nombre que deja sin aire al ser pronunciado, un nombre, en fin, con demasiadas eses.
"Sopla globos". Soplo globos. Siempre le hice caso. Mi cuerpo aún le obedece, hace los ejercicios adecuados, da el puñ…

Lana

La lana pica. Lo sé porque me crié rodeada de lana, porque mis colchones eran de lana y mis mantas también de lana y mis abrigos y mis bufandas y mis manoplas, en un lugar en donde hace sufciente frío como para necesitar lana casi todos los días del año.
Por las noches podía sentir la lana a través de las sábanas de algodón (a mamá le gustaban las sábanas cien por cien algodón. Aborrecía los hostales donde las sábanas hacían bolitas porque no eran de algodón. Sigamos.) Me acurrucaba en el hueco de la lana y dejaba que la lana me arropase. A veces me picaba la piel. Qué demonios, casi siempre me picaba la piel. Las bufandas de lana hacían que aparecieran ronchitas en mi cuello. Ronchitas que cubrían los lunares, que cubrían la nuez, que cubrían cualquier atisbo de altanería, de mantener el cuello erguido y la cabeza bien alta.

Abandoné la lana hace ya tiempo, como se abandona la tierra de una o a los buenos amigos o se deja abandonado el jardín de vez en cuando. Me pasé al latex, a los m…

El bosque

Arrojé mi sangre al bosque. Esta vez sin dolor, por puro ofrecimiento, por puro estar ahí, en medio de los árboles sobre las hojas secas. Me hice un corte pequeño, pero profundo, para que brotara la sangre más pura, la que aún no había sido dañada por las palabras, la que brota sin pensar, sin previo aviso. El bosque no habría aceptado otra sangre.
Luego la tapé con las hojas secas. No quería asustar a los niños, no quería que nadie pasara por allí y viera aquel estropicio, aquel charco rojos sobre la hojarasca y se pusiera a gritar y empezara a pensar lo que no es. Pensara, por ejemplo, que alguien había hecho daño --a otra persona o a sí mismo--, que alguien había herido --a otra persona o a sí mismo--, que alguien estaría agonizando junto a un abedul (los abedules empiezan a echar hojas. Ella lo dijo, que había hojas verdes en los abedules y que por tanto ya era primavera, porque ella es capaz de calcular la primavera por los abedules).
Este año la primavera tardó mucho. Ya pensé que…

Esqueleto

Las cartas se escriben para nadie, como si nadie fuera capaz de leer, de entender cada una de las palabras. Las cartas son un esqueleto sobre el que posar la carne, como si la carne necesitara sujección de algún tipo.
Ocupo el espacio, me desparramo, como un gas, como un líquido, como la luz que entra por la ventana desde el más puro Madrid. Esta luz de Madrid tan agradable, tan poco gris, tan iluminadora de ventanas.
"Había olvidado tu costumbre de coleccionar tazas sobre la mesa". Lo dijo con ternura, como si de alguna manera yo fuera mi colección de tazas sobre la mesa. "¿Llevo alguna para la cocina?" No. Me gustan las tazas sobre la mesa. Huelo el resto de líquido, de té, de vino, de leche no porque casi no bebo leche. Me gusta que hayan estado calientes, que se hayan vuelto tibias, que conserven algo de su tibieza cuando las acabo y las pongo en fila india sobre la mesa negra, como si fueran soldaditos.Mi ejército de tazas vacías va a conquistar el mundo.
Leo car…

Testigos

No te quiero mirar porque tú fuiste
testigo presencial de mis derrotas.

Vuelves ahora con la mirada limpia
como si ya estuvieras sano
o no fueras el mismo.

Y tengo que mirar tus ojos. Aceptar
la desdicha de ser la que fui un día.
No quieras compartir el mismo espacio
con quien vivie en un tiempo diferente,
renuncia al goce de recordar juntos
las pasadas batallas.

Mirarte es ya mirar atrás,
mirar a la que no podía levantarse,
a la que estaba sola,
a la que cayó sin rdención alguna,
a la que peca
porque ya ha olvidado.

Pasa de largo, así podrás, en todo caso
ser el buen recuerdo, el hombro amigo,
las maduradas tardes en que no éramos
del todo felices, ni estábamos
del todo juntos, pero teníamos (quién se atreve a dudarlo)
el suave encanto de los perdedores,
la belleza inevitable del fracaso.

Valor

He quemado las naves una a una. Le he prendido fuego a la casa, he degollado al perro, he enterrado a mis padres y desheredado a mis hijos. He destruido todo lo que alguna vez fue mío. Todo esto sólo para sentirme fuerte, para cerrar los ojos y pensar "oh, sí, qué valor tengo", como si el valor fuera un digno sustituto de todo lo demás, como si me revistiera de un halo de esplendor difícil de encontrar por otros medios.
Tengo la fortaleza que conceden las pérdidas, la seguridad de quien no necesita un techo porque ha dormido mil noches a la intemperie. El ser humano es difícil de vencer, ni la incomodidad ni el desarraigo, ni el dolor intenso de vientre o de rodillas pueden acabar contigo. De eso estoy segura.
Bebo vino a sorbitos para recordar el sabor de la tierra, para recordar que la tierra se bebe, que la tierra tiñe las entrañas de color morado y de ebriedad. Sostengo el vaso en las manos, que no sujetan nada, que dejan irse todo lo que quiera irse y quedarse lo que dese…

Aceptación

Acepto que no aceptaba el frío, que lo miraba extraña, desde lejos, que contenía la respiración como sobre un puente, esperando que se acabara pronto, que no fuera nada más que el tránsito necesario, que el precio que pagar por una nueva primavera.
Acepto que nunca me creí el invierno, porque de donde vengo siempre es invierno y una siempre espera haberlo dejado atrás, haber superado cualquier clase de invierno merced a un viaje en Alsa, una habitación, unos niños que juegan en frente de la casa.
No quise estar en frío, sudar bajo la ropa, abrigarme, ponerme botas, guantes, jerséys gordos y un edredón de plumas. Pensé que no queriendo era suficiente para que pasara en un abrir de ojos, para que me despertara ya con rosas en la terraza y ensaladas de pasta y calor en el cuerpo.
De pronto me di cuenta de la estación en que vivía, y que no iba a acabar pronto por más que yo contuviera la respiración, así que comencé a respirar, a caminar sobre el asfalto helado. Ayer mismo pensé que el frío…

Ficción

La vida es el mayor de todos los pactos de ficción que existen. Me levanto y pienso que he llegado a un acuerdo, a un trato más o menos justo, a una forma de vida en la que me hago responsable de mis pisadas y no tanto de mis sueños. Si somos la manera que tiene el universo de contemplarse a sí mismo se vuelve necesario organizar todo el material observado, actuar como antropólogos de la propia existencia, de las propias costumbres, de los propios rituales.
Pongo música para tener un ritmo con el que hacer los deberes. No pongo música para tapar el silencio. El silencio nunca me ha estorbado. Ni el silencio, ni el vacío, ni la muerte, aunque tal vez sí un poco la falta de sentido, la ausencia de una dirección clara, la inconciencia del avance, el progreso, de los nuevos dioses innombrados como tales.
Procuro hacer las cosas bien, hacer las cosas menos mal que antes, pensar en una organización personal, social, epistemológica que me aleje de querer caer a lloriquear en los brazos de una …

Tierra

Hay momentos en que no soy de esta tierra. Me decís extranjera porque he venido hasta aquí, porque entre yo y vosotros media un autobús, un tren, un avión, un billete, porque me quedo tiempos limitados, porque tengo siempre a alguien que me importa a la distancia de una carta o de una llamada de teléfono.
No ocurre siempre, luego en otros momentos me encuentro perfectamente enraizada entre el sol y la tierra. Son los momentos del aquí y el ahora, los instantes en que estoy justo en el momento y el lugar preciso. Quizá mi tierra es esa, la de el momento y el lugar preciso, aunque se separe en kilómetros de distancia.
Busco en los libros una tierra. Soy como los vampiros, que llevan consigo un trocito de la tierra en que nacieron. Yo llevo un conmigo un puñado de libros. Los que me han dado a luz, a veces alguno más o algunos menos (no calculo muy bien las cantidades).
A veces pienso que un día descansaré, como Eneas, como Odiseo, como ellos descansaron. Y será al sur. Y yo tampoco reconoc…

Ingravidez

Oceanario. Lisboa. Febrero 2010.

Casino

Estaba segura, no tanto de mi suerte, sino de la buena maña que tengo con los naipes. Es un don. Todos los juegos de cartas se me dan bien, desde el mus al póker sin excepción alguna. Para el resto de juegos no tengo mucha suerte, sobre todo en las apuestas de mundiales de fútbol, pero las cartas se puede decir que son lo mío. Así que recopilé todo el dinero del que disponía, pedí unos cuantos préstamos (nada excesivo, 100 euros aquí, 200 allá, familia y amigos sobre todos) y me adentré en el Casino.
El Casino es un lugar hermoso, un lugar lleno de luces de colores y alfombras y croupiers elegantes, con chaleco y pajarita. Nunca había estado en un casino, soy jugadora de taberna, de bar a las tantas de la madrugada, de cocinas, de mucho humo y mucho alcohol, de trampillas apenas perceptibles que no te dan un juego pero lo que sí te dan es seguridad en ti misma. Con mi experiencia de puertos y salones pensé que un casino no supondría mayor diferencia.
Aposté primero pocas cantidades. Soy…

Razones

Tengo razón cuando tengo la regla.
También cuando estoy cansada, después de varios días a medio dormir.
Tengo razón cuando me muero de hambre y cuando estoy enferma.
No cuando todo va bien, no cuando sonrío, no cuando soporto estoicamente cualquier impertinencia.
Al contrario, tengo razón cuando no soporto impertinencia alguna, cuando estoy susceptible hasta el nivel extremo, cuando me resulta fácil llorar, cuando el orgullo de mezcla con el hartazgo. Cuando los profesores me regalan bombones para que me tranquilice, cuando las amigas me desconocen, cuando discuto a gritos con mi hermana.
Tengo razón cuando es el cuerpo quien reclama su tiempo, su espacio, su paz. Tengo razón cuando yo no puedo hacer otra cosa más que obedecer sus órdenes.

Ausencia

El problema de la ausencia no es cuando es el reverso de la presencia, sino cuando es un absoluto. La ausencia como contrario a la presencia es soportable, es una promesa o una pérdida, es un contrario de algo que esta ahí, esperando por ti, esperando a abrazarte.
Pero la ausencia absoluta no contradice presencia alguna, no es el reverso de ninguna moneda, no espera su contrario.
La ausencia puede ocuparlo todo. Y entonces, cuando la ausencia lo ocupa todo, no hay nada fuera de ella. La ausencia se vuelve casi compañía.

Merecimiento

Me pregunto qué se necesita exactamente para merecer aquello que te sucede. No lo malo, no me pregunto el "qué he hecho yo para merecer esto" quejica y sacrificado. No es eso. Es lo bueno lo que me interesa, qué has hecho exactamente para merecer la comida que comes o la cama donde duermes. Qué he hecho, qué actos heroicos y bondadosos he realizado para merecer a la gente que me rodea, para merecer su cariño, su respeto, su admiración a veces.
Qué se necesita para merecer el aire que respiro, la vida que estoy viviendo, los sorbitos del té, la velita que arde, el agua que me bebo. A veces me cuesta encontrar los motivos, las causas de las consecuencias que acontecen, las razones por las cuales estoy aquí ahora, pudiendo escribir esto. Cuántos puntos se necesitan acumular para no sentir culpa, quiero decir, no la culpa por haber hecho algo malo, por haber matado, o robado, ni la culpa de Segismundo por haber nacido, sino más bien la culpa por sentir que no es justo, que alguie…

Pobre Diabla

A mamá también le gustaban las telenovelas. Ella pretendía disimularlo, decía que no ayudaban a desarrollar la capacidad intelectual ni estética, decía que eran vicios de nuestra abuela, daba muchos argumentos... pero el caso es que era raro el momento en que no estuviera enganchada a ninguna. No sé si es que no ganaba la batalla contra la vulgaridad o simplemente que se había rendido hacía tiempo.
Mamá era de estas personas que establecen categorías, así que Dona Beija y Luz María se podían salvar, pero Topacio y Cristal estaban condenadas. Mamá era de esa clase de personas que dicen "me encanta Sexo en Nueva York" y "Mujeres Desesperadas es una mierda" con la misma sonrisa y el mismo aire de superioridad.
En toda su vida mamá nunca dejó de ver telenovelas. Dejó otras muchas cosas. Dejó de leer libros, dejó de ir a misa, dejó de sonreir, dejó de ir al cine, dejó de ir de vacaciones, dejó de bañarse en la playa, dejó de trabajar. Lo dejó prácticamente todo. Dejó incl…