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Mostrando entradas de febrero, 2010

Ingravidez

Oceanario. Lisboa. Febrero 2010.

Casino

Estaba segura, no tanto de mi suerte, sino de la buena maña que tengo con los naipes. Es un don. Todos los juegos de cartas se me dan bien, desde el mus al póker sin excepción alguna. Para el resto de juegos no tengo mucha suerte, sobre todo en las apuestas de mundiales de fútbol, pero las cartas se puede decir que son lo mío. Así que recopilé todo el dinero del que disponía, pedí unos cuantos préstamos (nada excesivo, 100 euros aquí, 200 allá, familia y amigos sobre todos) y me adentré en el Casino.
El Casino es un lugar hermoso, un lugar lleno de luces de colores y alfombras y croupiers elegantes, con chaleco y pajarita. Nunca había estado en un casino, soy jugadora de taberna, de bar a las tantas de la madrugada, de cocinas, de mucho humo y mucho alcohol, de trampillas apenas perceptibles que no te dan un juego pero lo que sí te dan es seguridad en ti misma. Con mi experiencia de puertos y salones pensé que un casino no supondría mayor diferencia.
Aposté primero pocas cantidades. Soy…

Razones

Tengo razón cuando tengo la regla.
También cuando estoy cansada, después de varios días a medio dormir.
Tengo razón cuando me muero de hambre y cuando estoy enferma.
No cuando todo va bien, no cuando sonrío, no cuando soporto estoicamente cualquier impertinencia.
Al contrario, tengo razón cuando no soporto impertinencia alguna, cuando estoy susceptible hasta el nivel extremo, cuando me resulta fácil llorar, cuando el orgullo de mezcla con el hartazgo. Cuando los profesores me regalan bombones para que me tranquilice, cuando las amigas me desconocen, cuando discuto a gritos con mi hermana.
Tengo razón cuando es el cuerpo quien reclama su tiempo, su espacio, su paz. Tengo razón cuando yo no puedo hacer otra cosa más que obedecer sus órdenes.

Ausencia

El problema de la ausencia no es cuando es el reverso de la presencia, sino cuando es un absoluto. La ausencia como contrario a la presencia es soportable, es una promesa o una pérdida, es un contrario de algo que esta ahí, esperando por ti, esperando a abrazarte.
Pero la ausencia absoluta no contradice presencia alguna, no es el reverso de ninguna moneda, no espera su contrario.
La ausencia puede ocuparlo todo. Y entonces, cuando la ausencia lo ocupa todo, no hay nada fuera de ella. La ausencia se vuelve casi compañía.

Merecimiento

Me pregunto qué se necesita exactamente para merecer aquello que te sucede. No lo malo, no me pregunto el "qué he hecho yo para merecer esto" quejica y sacrificado. No es eso. Es lo bueno lo que me interesa, qué has hecho exactamente para merecer la comida que comes o la cama donde duermes. Qué he hecho, qué actos heroicos y bondadosos he realizado para merecer a la gente que me rodea, para merecer su cariño, su respeto, su admiración a veces.
Qué se necesita para merecer el aire que respiro, la vida que estoy viviendo, los sorbitos del té, la velita que arde, el agua que me bebo. A veces me cuesta encontrar los motivos, las causas de las consecuencias que acontecen, las razones por las cuales estoy aquí ahora, pudiendo escribir esto. Cuántos puntos se necesitan acumular para no sentir culpa, quiero decir, no la culpa por haber hecho algo malo, por haber matado, o robado, ni la culpa de Segismundo por haber nacido, sino más bien la culpa por sentir que no es justo, que alguie…

Pobre Diabla

A mamá también le gustaban las telenovelas. Ella pretendía disimularlo, decía que no ayudaban a desarrollar la capacidad intelectual ni estética, decía que eran vicios de nuestra abuela, daba muchos argumentos... pero el caso es que era raro el momento en que no estuviera enganchada a ninguna. No sé si es que no ganaba la batalla contra la vulgaridad o simplemente que se había rendido hacía tiempo.
Mamá era de estas personas que establecen categorías, así que Dona Beija y Luz María se podían salvar, pero Topacio y Cristal estaban condenadas. Mamá era de esa clase de personas que dicen "me encanta Sexo en Nueva York" y "Mujeres Desesperadas es una mierda" con la misma sonrisa y el mismo aire de superioridad.
En toda su vida mamá nunca dejó de ver telenovelas. Dejó otras muchas cosas. Dejó de leer libros, dejó de ir a misa, dejó de sonreir, dejó de ir al cine, dejó de ir de vacaciones, dejó de bañarse en la playa, dejó de trabajar. Lo dejó prácticamente todo. Dejó incl…