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Casino


Estaba segura, no tanto de mi suerte, sino de la buena maña que tengo con los naipes. Es un don. Todos los juegos de cartas se me dan bien, desde el mus al póker sin excepción alguna. Para el resto de juegos no tengo mucha suerte, sobre todo en las apuestas de mundiales de fútbol, pero las cartas se puede decir que son lo mío. Así que recopilé todo el dinero del que disponía, pedí unos cuantos préstamos (nada excesivo, 100 euros aquí, 200 allá, familia y amigos sobre todos) y me adentré en el Casino.
El Casino es un lugar hermoso, un lugar lleno de luces de colores y alfombras y croupiers elegantes, con chaleco y pajarita. Nunca había estado en un casino, soy jugadora de taberna, de bar a las tantas de la madrugada, de cocinas, de mucho humo y mucho alcohol, de trampillas apenas perceptibles que no te dan un juego pero lo que sí te dan es seguridad en ti misma. Con mi experiencia de puertos y salones pensé que un casino no supondría mayor diferencia.
Aposté primero pocas cantidades. Soy buena en esto, pero soy prudente, apuesto poco a poco, guardando siempre un resto para la revancha, un mínimo para la próxima vuelta. Pero un casino no tiene las reglas de la calle, un casino de luces y alfombras y croupiers elegantes con chaleco y pajarita exige de ti mucha más fuerza, mucha más intensidad, muchas menos trampas.
El problema de un casino es que una no puede irse cuando quiera. Están en juego mucho más que unas cuantas fichas, está en juego el orgullo, la presencia, la demostración de que tenía yo razón, de que en un casino me podía hacer rica en una noche.

Ahora lo he perdido casi todo. "La banca siempre gana". La chica de la calle que sabía hacer juegos de manos mira como la mesa se va llevando todos sus ahorros y los ahorros de su familia y amigos (100, 200 euros, nada grave). La maga de las partidas de taberna se sienta a la mesa de los mayores, a la mesa de los señores con puro y profesiones liberales, a la mesa de las mujeres con vestidos rojos y bastantes más trucos que ella misma.
No me puedo levantar de la mesa. El casino tendrá que echarme cuando ya no me quede nada con que cubrir las pérdidas. Yo no me voy a levantar. No puedo hacerlo. Levantarme sería algo así como negar quién soy, quién he sido todo este tiempo.
Además, qué demonios, tengo que admitir que me gusta el Casino. Me gusta con su "banca siempre gana", con sus alfombras y luces, con sus pajaritas, sus vestidos rojos, sus puros, sus mesas de mayores, su capacidad para acabar con mi buena suerte, con mi buena maña para los juegos de cartas.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Bueno, admitirás que el "speed jungle" no se te da especialmente bien... y que alguien me niegue que es un juego de cartas... Eso sí, hasta que lo introduzcan en los casinos... puedes estar tranquila.

:/

M.
The Wild Rose ha dicho que…
Ssssshhhhh, vas a echar abajo mi farol :/

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