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Pobre Diabla


A mamá también le gustaban las telenovelas. Ella pretendía disimularlo, decía que no ayudaban a desarrollar la capacidad intelectual ni estética, decía que eran vicios de nuestra abuela, daba muchos argumentos... pero el caso es que era raro el momento en que no estuviera enganchada a ninguna. No sé si es que no ganaba la batalla contra la vulgaridad o simplemente que se había rendido hacía tiempo.
Mamá era de estas personas que establecen categorías, así que Dona Beija y Luz María se podían salvar, pero Topacio y Cristal estaban condenadas. Mamá era de esa clase de personas que dicen "me encanta Sexo en Nueva York" y "Mujeres Desesperadas es una mierda" con la misma sonrisa y el mismo aire de superioridad.
En toda su vida mamá nunca dejó de ver telenovelas. Dejó otras muchas cosas. Dejó de leer libros, dejó de ir a misa, dejó de sonreir, dejó de ir al cine, dejó de ir de vacaciones, dejó de bañarse en la playa, dejó de trabajar. Lo dejó prácticamente todo. Dejó incluso de dormir y luego de comer y más tarde dejó de poder ir sola al baño. Las telenovelas nunca las dejó.
Cuando yo vivía a treinta kilómetros y no nos llevábamos muy bien, y le había dicho que asumiera que se iba a morir y ella me había dicho también algunas cosas terribles (no tan terribles como esa, pero terribles de igual modo), volvía a casa los fines de semana y hablábamos de lo que había pasado en Esmeralda. Mamá me contaba los últimos capítulos que yo no había visto y discutíamos sobre lo que iba a ocurrir después.

Es lo bueno de las telenovelas. Siempre hay un después. Duran muchísimo. Se acaban cuando ya te has aburrido de ellas, nunca antes. Con las personas no pasa igual. Las personas se acaban pronto, incluso antes de que ta hayas aburrido de ellas, incluso cuando habías imaginado las nuevas tramas y lo que podía pasar después.
Mamá --lo he dicho ya-- nunca dejó de ver telenovelas. Por las tardes nos sentábamos juntas, nos enamorábamos de los galanes y nos enfadábamos con las madrastras. Eso tuvimos siempre, incluso al final, incluso en el momento en que te planteas si merece la pena luchar, en ese tránsito en que los médicos menos crueles aconsejarían la eutanasia, incluso ahí nos sentábamos después de comer. Juntas. Y nos enamorábamos de los galanes. Y nos enfadábamos con las madrastras. Y había que seguir viviendo, porque mañana ponían otro capítulo y, claro, no nos lo íbamos a perder. Hay momentos en los que lo único que te ata a la vida es un: continuará...

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