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Mostrando entradas de marzo, 2010

Testigos

No te quiero mirar porque tú fuiste
testigo presencial de mis derrotas.

Vuelves ahora con la mirada limpia
como si ya estuvieras sano
o no fueras el mismo.

Y tengo que mirar tus ojos. Aceptar
la desdicha de ser la que fui un día.
No quieras compartir el mismo espacio
con quien vivie en un tiempo diferente,
renuncia al goce de recordar juntos
las pasadas batallas.

Mirarte es ya mirar atrás,
mirar a la que no podía levantarse,
a la que estaba sola,
a la que cayó sin rdención alguna,
a la que peca
porque ya ha olvidado.

Pasa de largo, así podrás, en todo caso
ser el buen recuerdo, el hombro amigo,
las maduradas tardes en que no éramos
del todo felices, ni estábamos
del todo juntos, pero teníamos (quién se atreve a dudarlo)
el suave encanto de los perdedores,
la belleza inevitable del fracaso.

Valor

He quemado las naves una a una. Le he prendido fuego a la casa, he degollado al perro, he enterrado a mis padres y desheredado a mis hijos. He destruido todo lo que alguna vez fue mío. Todo esto sólo para sentirme fuerte, para cerrar los ojos y pensar "oh, sí, qué valor tengo", como si el valor fuera un digno sustituto de todo lo demás, como si me revistiera de un halo de esplendor difícil de encontrar por otros medios.
Tengo la fortaleza que conceden las pérdidas, la seguridad de quien no necesita un techo porque ha dormido mil noches a la intemperie. El ser humano es difícil de vencer, ni la incomodidad ni el desarraigo, ni el dolor intenso de vientre o de rodillas pueden acabar contigo. De eso estoy segura.
Bebo vino a sorbitos para recordar el sabor de la tierra, para recordar que la tierra se bebe, que la tierra tiñe las entrañas de color morado y de ebriedad. Sostengo el vaso en las manos, que no sujetan nada, que dejan irse todo lo que quiera irse y quedarse lo que dese…

Aceptación

Acepto que no aceptaba el frío, que lo miraba extraña, desde lejos, que contenía la respiración como sobre un puente, esperando que se acabara pronto, que no fuera nada más que el tránsito necesario, que el precio que pagar por una nueva primavera.
Acepto que nunca me creí el invierno, porque de donde vengo siempre es invierno y una siempre espera haberlo dejado atrás, haber superado cualquier clase de invierno merced a un viaje en Alsa, una habitación, unos niños que juegan en frente de la casa.
No quise estar en frío, sudar bajo la ropa, abrigarme, ponerme botas, guantes, jerséys gordos y un edredón de plumas. Pensé que no queriendo era suficiente para que pasara en un abrir de ojos, para que me despertara ya con rosas en la terraza y ensaladas de pasta y calor en el cuerpo.
De pronto me di cuenta de la estación en que vivía, y que no iba a acabar pronto por más que yo contuviera la respiración, así que comencé a respirar, a caminar sobre el asfalto helado. Ayer mismo pensé que el frío…

Ficción

La vida es el mayor de todos los pactos de ficción que existen. Me levanto y pienso que he llegado a un acuerdo, a un trato más o menos justo, a una forma de vida en la que me hago responsable de mis pisadas y no tanto de mis sueños. Si somos la manera que tiene el universo de contemplarse a sí mismo se vuelve necesario organizar todo el material observado, actuar como antropólogos de la propia existencia, de las propias costumbres, de los propios rituales.
Pongo música para tener un ritmo con el que hacer los deberes. No pongo música para tapar el silencio. El silencio nunca me ha estorbado. Ni el silencio, ni el vacío, ni la muerte, aunque tal vez sí un poco la falta de sentido, la ausencia de una dirección clara, la inconciencia del avance, el progreso, de los nuevos dioses innombrados como tales.
Procuro hacer las cosas bien, hacer las cosas menos mal que antes, pensar en una organización personal, social, epistemológica que me aleje de querer caer a lloriquear en los brazos de una …

Tierra

Hay momentos en que no soy de esta tierra. Me decís extranjera porque he venido hasta aquí, porque entre yo y vosotros media un autobús, un tren, un avión, un billete, porque me quedo tiempos limitados, porque tengo siempre a alguien que me importa a la distancia de una carta o de una llamada de teléfono.
No ocurre siempre, luego en otros momentos me encuentro perfectamente enraizada entre el sol y la tierra. Son los momentos del aquí y el ahora, los instantes en que estoy justo en el momento y el lugar preciso. Quizá mi tierra es esa, la de el momento y el lugar preciso, aunque se separe en kilómetros de distancia.
Busco en los libros una tierra. Soy como los vampiros, que llevan consigo un trocito de la tierra en que nacieron. Yo llevo un conmigo un puñado de libros. Los que me han dado a luz, a veces alguno más o algunos menos (no calculo muy bien las cantidades).
A veces pienso que un día descansaré, como Eneas, como Odiseo, como ellos descansaron. Y será al sur. Y yo tampoco reconoc…