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Valor

He quemado las naves una a una. Le he prendido fuego a la casa, he degollado al perro, he enterrado a mis padres y desheredado a mis hijos. He destruido todo lo que alguna vez fue mío. Todo esto sólo para sentirme fuerte, para cerrar los ojos y pensar "oh, sí, qué valor tengo", como si el valor fuera un digno sustituto de todo lo demás, como si me revistiera de un halo de esplendor difícil de encontrar por otros medios.
Tengo la fortaleza que conceden las pérdidas, la seguridad de quien no necesita un techo porque ha dormido mil noches a la intemperie. El ser humano es difícil de vencer, ni la incomodidad ni el desarraigo, ni el dolor intenso de vientre o de rodillas pueden acabar contigo. De eso estoy segura.
Bebo vino a sorbitos para recordar el sabor de la tierra, para recordar que la tierra se bebe, que la tierra tiñe las entrañas de color morado y de ebriedad. Sostengo el vaso en las manos, que no sujetan nada, que dejan irse todo lo que quiera irse y quedarse lo que desee quedarse, vacías de toda voluntad y todo empeño, con la aceptación de los fuertes.
De vez en cuando alguien tiene piedad de mí, que ya no tengo piedad ni de mí misma. Hay bondad en el mundo. El jardín ve crecer las glicinas con parsimonia, como si dispusieran de siglos para llegar al cielo.

Comentarios

Ansetobeah ha dicho que…
Cuando se han quemado todas las naves también perdemos la palabra. Tengo miedo (angustia) o carezco del valor suficiente para ese momento en que ni siquiera pueda empuñar un bolígrafo o un teclado. Preocupa llegar vacíos de signos al punto al que seguro llegaremos. Hay aparente valor, sí, en el desapego o por el desarraigo; pero confiamos en esa providencia que llega con piedad para ponernos una pajita en los labios e insuflarnos un poco de vino. (Porque el vino no podemos beberlo por nuestros propios medios cuando las naves se han quemado). Sin embargo el valor seco, el valor en sí, el valor sin precio ni medida está en ese instante en que no se ven las glicinas, en que se pierde el paladar para el vino, en que el tacto no percibe y las fuerzas no sostienen. El valor rudo, sin calificativos, nace en un páramo sin recuerdos sobre el que hay restos que no sabemos ni a qué o a quién pertenecieron ni por qué están ahí. Aún no podemos ser jueces de nuestra causa y atribuirnos valor, el valor lo certificarán quienes hagan de forenses de nuestra ruinosa biografía.

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