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Mostrando entradas de abril, 2010

Lana

La lana pica. Lo sé porque me crié rodeada de lana, porque mis colchones eran de lana y mis mantas también de lana y mis abrigos y mis bufandas y mis manoplas, en un lugar en donde hace sufciente frío como para necesitar lana casi todos los días del año.
Por las noches podía sentir la lana a través de las sábanas de algodón (a mamá le gustaban las sábanas cien por cien algodón. Aborrecía los hostales donde las sábanas hacían bolitas porque no eran de algodón. Sigamos.) Me acurrucaba en el hueco de la lana y dejaba que la lana me arropase. A veces me picaba la piel. Qué demonios, casi siempre me picaba la piel. Las bufandas de lana hacían que aparecieran ronchitas en mi cuello. Ronchitas que cubrían los lunares, que cubrían la nuez, que cubrían cualquier atisbo de altanería, de mantener el cuello erguido y la cabeza bien alta.

Abandoné la lana hace ya tiempo, como se abandona la tierra de una o a los buenos amigos o se deja abandonado el jardín de vez en cuando. Me pasé al latex, a los m…

El bosque

Arrojé mi sangre al bosque. Esta vez sin dolor, por puro ofrecimiento, por puro estar ahí, en medio de los árboles sobre las hojas secas. Me hice un corte pequeño, pero profundo, para que brotara la sangre más pura, la que aún no había sido dañada por las palabras, la que brota sin pensar, sin previo aviso. El bosque no habría aceptado otra sangre.
Luego la tapé con las hojas secas. No quería asustar a los niños, no quería que nadie pasara por allí y viera aquel estropicio, aquel charco rojos sobre la hojarasca y se pusiera a gritar y empezara a pensar lo que no es. Pensara, por ejemplo, que alguien había hecho daño --a otra persona o a sí mismo--, que alguien había herido --a otra persona o a sí mismo--, que alguien estaría agonizando junto a un abedul (los abedules empiezan a echar hojas. Ella lo dijo, que había hojas verdes en los abedules y que por tanto ya era primavera, porque ella es capaz de calcular la primavera por los abedules).
Este año la primavera tardó mucho. Ya pensé que…

Esqueleto

Las cartas se escriben para nadie, como si nadie fuera capaz de leer, de entender cada una de las palabras. Las cartas son un esqueleto sobre el que posar la carne, como si la carne necesitara sujección de algún tipo.
Ocupo el espacio, me desparramo, como un gas, como un líquido, como la luz que entra por la ventana desde el más puro Madrid. Esta luz de Madrid tan agradable, tan poco gris, tan iluminadora de ventanas.
"Había olvidado tu costumbre de coleccionar tazas sobre la mesa". Lo dijo con ternura, como si de alguna manera yo fuera mi colección de tazas sobre la mesa. "¿Llevo alguna para la cocina?" No. Me gustan las tazas sobre la mesa. Huelo el resto de líquido, de té, de vino, de leche no porque casi no bebo leche. Me gusta que hayan estado calientes, que se hayan vuelto tibias, que conserven algo de su tibieza cuando las acabo y las pongo en fila india sobre la mesa negra, como si fueran soldaditos.Mi ejército de tazas vacías va a conquistar el mundo.
Leo car…