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Fútbol


Y a menudo he pensado en otra historia
distinta y menos simple, en otra España
Jaime Gil de Biedma


Había sido en Colloto, hace años, cuando subí las escaleras de la casa de la abuela y encontré a mi padre viendo el mundial de fútbol. Pocas veces lo había visto tan emocionado. Me senté con él y empecé a hacerle preguntas, a comentar las jugadas. Al día siguiente volví a subir, y al otro, y luego ya en casa vi con él el resto de los partidos. Me gustaba Alemania y Alemania ganó el mundial. 1990. Tenía yo diez años.
España no me gustaba demasiado. No tanto los jugadores como los comentaristas, los que daban el partido por ganado antes de empezar y los que clamaban por las injusticias. El fútbol es justo. Al final siempre es justo, de una manera o de otra, aunque tarde años en administrar su curiosa justicia, así que me daban rabia esos comentarios prepotentes y chovinistas. No me ayudaban en absoluto a digerir la derrota.
Desde ese mundial cogí una rara afición al fútbol. Digo "rara" porque mi afición al fútbol era únicamente afición a los mundiales. La liga me daba bastante igual y no estudiaba jugadores ni técnicas. Ni siquiera intenté jugar yo misma al fútbol. Pero venía el mundial, y entonces sí, entonces sí seguía equipos, jugadores, conspiraciones internas. La lucha entre países siempre tuvo algo especial, algo heroico, algo como de gesta, de poema épico. Un país entero se concentraba en once jugadores, en sus ganas, en aquello que defendían cuando salían al campo. Era el momento de demostrar algo y España demostraba siempre bastante poco. Los cuartos de final parecían una maldición imposible de romper.

Hicieron falta tres palos (no uno, ni dos, sino tres palos en los que rebotó el balón antes de tocar la red) para medir la dimensión de una maldición, para que la bandera de España se levantara, por primera vez, sin la sombra de una historia triste y de las peleas entre hermanos.
También hizo falta un pulpo, porque todos los héroes tienen un animal totémico y el nuestro no podía ser otro más que un pulpo, un animal abisal, incomprensible, cuyas decisiones coparon más portadas que cualquier debate político. Necesitabamos fe para ganar el mundial, un dios, algo en lo que creer, algo que nos devolviera a la lucha (siempre irracional) por la victoria. Un pulpo, después de todo, no es el peor de los dioses posibles.
Hoy ya no veo el fútbol con papá. Papá está lejos, en una isla donde siempre hace buen tiempo y los rones cuestan euro y medio. Hoy veo los partidos del mundial desde una ciudad del sur, la ciudad que tiene más días de sol al año (según cuenta la leyenda). Esta vez tuve fe, pensé que no íbamos a caer, que por una vez íbamos a llegar hasta el final.
Hoy los hermanos vimos la final juntos. La última lucha, el lugar donde demostrar que el fútbol, tarde o temprano, es justo.
España sale al campo con la frente bien alta, sin miedo ni vergüenza, sin el peso de su historia. España es un lugar donde los hermanos se abrazan, donde el mejor jugador de todo el campeonato se juega una amarilla para que nunca olvidemos a los que no pudieron estar, y donde, después de ganar una final del mundial, todo termina, como en la sonatina de Rubén, con los labios encendidos por un beso de amor.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
¡Que bonito She-B! Ahora mismo estoy llorando, no leí tu entrada hasta hoy y me hace feliz que coincidamos el algo de lo que escribimos y todavía sintamos cosas similares. Si quieres puedes leer "La religión del mundo, la religión de la tierra" en la web, salió hoy en El Comercio. Que Dios te bendiga corazón. Un beso desde Salvador de Bahía en medio de una tormenta tropical.
El Otro ha dicho que…
Aprovecho para dos cosas: recordarte que esperamos nuevos post y nominarte para un premio...

http://seawavelength.blogspot.com/2010/10/rima-rimando-octubre-con-premio-esta.html

El oT_Ro
The Wild Rose ha dicho que…
Vale, vale, ya dejo de ser perezosa y escribo algo... ¡Gracias por la nominación!

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