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Mostrando entradas de febrero, 2011

La ley

Lo bueno --pensaba-- de la ley antitabaco es que podría entrar en un bar y volver a casa intacta. Es decir, volver a casa oliendo a perfume de la Quinta Avenida, un perfume que no molesta a nadie. Recordaba Irlanda, y los pubs irlandeses, y pintas de Guinness y mi actitud sagrada y beatífica. Recordaba volver a casa tan limpia como había salido, sin un ápice de humo en los tejidos de mi cuerpo o mi ropa. España no es así. Una piensa que las leyes pueden cambiar las cosas, que pueden hacer de la noche algo limpio y puro, algo que no te deje huella de "hueles a tabaco". Pero no, no importa que fumar esté prohibido, no importa que expulsen del paraíso a los que se encienden un cigarro. Pase lo que pase y vayas donde vayas, vuelves a casa oliendo igual de mal que antes. Vuelves a casa teniendo que desnudarte en el pasillo y tienes que tirar jersey y camiseta al cesto de la ropa sucia sin hacer comprobaciones. A un país no lo cambian sus leyes, a un país lo cambian sus espacios, s…

El porqué de las cosas

Basta escribirlo para que se desvanezca, para que deje de revolver las tripas. Coger un lápiz y dejarlo rodar papel abajo. Es suficiente. Escribir y no llorar, ni gritar, ni decir nada fuera del tono o la esperanza. Aprender a vivir a base de narrar la propia historia, como si la narración justificara de alguna manera momentos y errores cometidos. La narración permite enemigos y lucha, confrontación, heroísmo. La vida ha de (habría de) ser más fácil, más natural, menos intensamente venenosa. Dibujo así el contorno de los fantasmas. Los fantasmas que asolan esta tierra de hombres, los fantasmas que están aquí desde antes que llegara, que permanecen pese a la luz, la dicha o la ternura. Escribo. Dibujo un manual de instrucciones, una vida tremenda, una dignidad que a veces falta.