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La ley

Lo bueno --pensaba-- de la ley antitabaco es que podría entrar en un bar y volver a casa intacta. Es decir, volver a casa oliendo a perfume de la Quinta Avenida, un perfume que no molesta a nadie. Recordaba Irlanda, y los pubs irlandeses, y pintas de Guinness y mi actitud sagrada y beatífica. Recordaba volver a casa tan limpia como había salido, sin un ápice de humo en los tejidos de mi cuerpo o mi ropa.
España no es así. Una piensa que las leyes pueden cambiar las cosas, que pueden hacer de la noche algo limpio y puro, algo que no te deje huella de "hueles a tabaco". Pero no, no importa que fumar esté prohibido, no importa que expulsen del paraíso a los que se encienden un cigarro. Pase lo que pase y vayas donde vayas, vuelves a casa oliendo igual de mal que antes. Vuelves a casa teniendo que desnudarte en el pasillo y tienes que tirar jersey y camiseta al cesto de la ropa sucia sin hacer comprobaciones.
A un país no lo cambian sus leyes, a un país lo cambian sus espacios, sus ritmos, sus olores. España es un país que huele a tabaco. Es inútil rebelarse contra eso, lo mismo que querer que París se quite los tacones o que Palermo coma naranjas con cuchillo y tenedor.
España fumadora. Al menos de momento. Se han quedado pegados en las paredes los miles de millones de partículas que venían de los viejos cigarros. Ahora nos intentamos convencer de que somos Europa, de que olemos bien, de que un perfume de Elisabeth Arden puede arreglar las cosas, puede hacernos limpios y apetecibles. Olvidamos que el humo, como dios, también está con nosotros, que nos ha hecho compañía durante demasiado tiempo como para sacarlo de una patada. Si sales te resignas, eso es todo, aceptas todo el humo, aceptas que te vas a tener que quitar la ropa, aceptas que un poco de ese humo lo llevas ya contigo.

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