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El Vino

Tenerife es tierra de vino. De la poca tierra habitable que hay, la mitad la ocupan personas y la otra mitad la ocupan las uvas. Uvas blancas y negras, con polvo amarillento de azufre para que no se las coman los bichos. Acres enteros de parras y empresas que fermentan la uva de forma tradicional o moderna.
Siempre se come con una botella de vino en medio de la mesa, con un vaso de vino delante de tu plato. No importa lo pobre que seas o lo malo que sea el vino, antes te faltaría tu plato de comida que tu vaso. El vino es imprescindible, es la condición que impone la isla para vivir en ella. Aún no conozco a ningún isleño que no sea propenso a las borracheras, que no beba vino con naturalidad telúrica. No sé por qué no me di cuenta hasta ahora, quizá porque por primera vez pisé la isla como extranjera, como una turista que se sorprende de las costumbres de los habitantes.
Es una tierra hermosa, Tenerife, el olor embriagante de los árboles se mezcla con la brisa del océano, los azules se llenan de matices, las estrellas bailan su propio idioma, pero hay algo en ella que la hace inhabitable, no sé si es su tamaño o la poca distancia que te separa ahí de la cima más alta y del abismo, o tal vez --y creo firmemente que es esto último-- la sensación de que siempre te encuentras en el mismo lugar y en el mismo tiempo, la insoportable idea de que nada transcurre, de que nada puedes dejar atrás y de que la carretera no te lleva a ningún sitio nuevo, el clima apenas invariable, como si te hubieras quedado para siempre condenado a vivir en la misma estación pero has tenido la enorme suerte de que te tocara la estación más hermosa. Nadie puede vivir el mismo instante para toda la eternidad sin desquiciarse ligeramente.
Por eso beben tanto. Porque el vino consigue que el instante se transforme, que puedas avanzar o retroceder, aunque sea de mentirijillas. Basta con eso para sobrevivir, sentir que brevemente cambias de tiempo y de lugar, que sales de la inmovilidad que te condena.

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