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Lavar la cara

Nunca daba órdenes. Nos dejaba ver la tele mientras comíamos, atiborrarnos de golosinas o acostarnos tarde. Había muy pocas cosas que le molestaran de veras y menos aún cuya molestia se atrevía a comunicarnos a modo de consejo o de advertencia. Estas advertencias se reducían a dos: "cierra la boquina" al salir del cine y "lavate la cara" nada más levantarnos. No podía soportar mirarnos con el sueño pegado a los ojos, era como si no estuviéramos completamente despiertas y él no pudiera hablar con una persona que aún permaneciera en el territorio de la noche.
El sueño era sagrado. No se podía interrumpir la siesta de nadie y era de los padres que te ponen la manta por los pies cuando te quedas dormida en el sofá, pero al sueño no le estaba permitido conquistar la vida, se tenía que ir por el desagüe una vez abiertos los ojos.

Siempre que me levanto me lavo la cara. Cuando alguien te da pocos consejos intentas seguirlos todos. Con el agua más fría posible, aunque duelan los dedos, hundo la cabeza en la vigilia, traspaso el umbral raspando la noche de la cara. A veces el agua no basta, como si el ritual aprendido no fuera lo bastante poderoso, como si faltara algo, unas palabras mágicas o un gesto idéntico cada vez, y el sueño se queda pegado en las pupilas. No importa el número de horas que haya dormido, paso el día en duermevela, asumiendo los hechos cotidianos como si salieran de mi propio cuerpo, tratando a las personas como si no pudieran llegar a convencerme de que son reales. Puedo huir del sueño si camino mucho, si miro a los ojos a quienes me cruzo por la calle. Es una huida lenta, pero da resultado. Otras veces no huyo. Me quedo agazapada, detrás del sueño que no se ha llevado el agua, viendo volver las cosas, observando con mimo de princesa la inclinación de la luz o el canto de las copas de los árboles.

Necesitaría una interrupción mayor, una resurrección, un batacazo, un caer de la cama de repente y darse un golpe contra el suelo, un restregar la cara con pétalos de rosa, con cuarzos, con lava o con espinas, con algo que logre deshacer el hechizo, que me deje vivir como si no soñara.

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