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Mostrando entradas de mayo, 2011

Trajes

La ciudad se ha llenado de corbatas. Señores con traje y camisas a rayas y teléfonos móviles y tarjetas de visita se afanan por entrar en los edificios, hablar con los vecinos, dar su experta opinión y ofrecer su no demasiado desinteresada ayuda. Son tipos que normalmente no ves por las calles, que están a salvo en sus madrigueras, en sus despachos, detrás de sus ordenadores, o dirigiendo nuevas y flamantes construcciones. Son los símbolos de una época, del alegre boom del ladrillo. Arquitectos, aparejadores, diseñadores... son los que construyeron rápido y mal los edificios que ahora se derrumban. Son los que aparecen para llenar la ciudad de puntales de colores, y después más cemento, y más ladrillo. Son aquellos a los que se les escapó una sonrisa cuando escucharon la tierra crujir. Un promotor de Lorca se enfunda un chaleco y se arma con un spray verde para declarar habitables todos sus edificios. El trabajo de las alimañas es duro y delicado al mismo tiempo. No descansan, no se d…

Normalidad

Poco a poco volvemos a la normalidad. La ciudad se separa en dos, los refugiados y los habitantes, el recinto cada vez tiene más vigilancia. Cuando el barco se hunde las ratas lo abandonan, pero los piojos llegan. Personas que vienen aquí a por comida gratis, que roban a los que tienen al lado, que mienten o al menos no dicen toda la verdad. El Huerto de la Rueda es una cárcel, un recinto con sus propias normas, sus jerarquías, sus códigos. Aún no he visto a los niños de Gertrudis. No sé si es por casualidad o porque en realidad no están allí. Ya no sé a quién creer. Hay cosas que me dice que me suenan raras. Le ofrecen una casa en Calabardina. Dice que su marido no puede llegar a trabajar desde allí. Prefiere quedarse bajo un plástico con toda su familia. Lo malo de ser una víctima es que empiezas a pensar como víctima, y este pensamiento no beneficia a nadie (y menos a uno mismo). Vuelvo a la oficina. Llegan los leonardo. Nos reunimos, decidimos qué hacer. Corrado no quiere sentirse …

G. de Gertrudis

Ella se llama Gertrudis como su abuela. Su hija se llama Libertad como nadie antes en su familia. Su padre estuvo a punto de llamarla Violeta, como las flores o el color. La conocí por el tema de Biblioteca Viviente y en una cerveza empezamos a hablar como hablan las amigas, sin secretos y con lágrimas. Me contó historias tristes e historias de fantasmas, le conté lo que solía contar antes de que fuera peligroso o impropio compartir alegremente mi vida. Lo cierto es que no pensé en los libros-persona hasta que me llamó Abdelhadi, el Imam de mirada serena que hizo varias excepciones a la regla coránica para saludarme propiamente con dos besos. Recordé que aquella Biblioteca fue especial, no por los lectores ni por el éxito del proyecto, sino porque se juntaron en un mismo lugar energías profundas de personas distintas. Gertrudis era una de esas personas y cuando me llamó Abdel pensé en ella. Ahora está en el Huerto de la Rueda, en el campamento de Cruz Roja. Ha perdido su casa. Una no …

Epicentro

Hay instantes que rompen la vida para siempre, la separan en dos, crean un antes y un después, detienen e interrumpen el devenir tranquilo de la historia. No son muertes, ni batallas, ni largas agonías; son instantes que duran dos segundos, pero que lo cambian todo.
En esos momentos no te arrepientes, no deseas, no te preocupas por nada ni por nadie, ni tan siquiera por ti misma. Son momentos que se imponen como presente, que no dejan tiempo a narración, a que suceda nada, que vives y punto, aquí y ahora, sin más allá.
Las historias vienen después, los llantos, las ayudas, el miedo en los ojos de los niños, las ambulancias, las familias quebradas, la solidaridad o los abrazos.
Cuando llegó el primer terremoto seguí haciendo mi vida normal. Un par de vasos rotos. Nada grave. M. se iba a duchar y yo salí de casa. Hablaba por teléfono con mi tío, charlas sobre planes farónicos y camisetas.
Cuando llegó el segundo terremoto bajé el móvil. Grité ¡ostia!¡ostia!¡ostia! tres veces, como una invoc…