Ir al contenido principal

Epicentro

Hay instantes que rompen la vida para siempre, la separan en dos, crean un antes y un después, detienen e interrumpen el devenir tranquilo de la historia. No son muertes, ni batallas, ni largas agonías; son instantes que duran dos segundos, pero que lo cambian todo.

En esos momentos no te arrepientes, no deseas, no te preocupas por nada ni por nadie, ni tan siquiera por ti misma. Son momentos que se imponen como presente, que no dejan tiempo a narración, a que suceda nada, que vives y punto, aquí y ahora, sin más allá.

Las historias vienen después, los llantos, las ayudas, el miedo en los ojos de los niños, las ambulancias, las familias quebradas, la solidaridad o los abrazos.

Cuando llegó el primer terremoto seguí haciendo mi vida normal. Un par de vasos rotos. Nada grave. M. se iba a duchar y yo salí de casa. Hablaba por teléfono con mi tío, charlas sobre planes farónicos y camisetas.

Cuando llegó el segundo terremoto bajé el móvil. Grité ¡ostia!¡ostia!¡ostia! tres veces, como una invocación y me quedé quieta. Inmóvil cuando todo estaba siendo sacudido, en paz cuando el mundo se derrumbaba a mi alrededor. No me pasó mi vida por delante de los ojos, no pensé en los seres queridos, no imaginé la casa destruyéndose. Asistí al derrumbamiento de la ciudad como quien espera el fin del mundo.

Los grandes momentos (los buenos y los malos) se imponen con toda su poesía, con su enorme tiempo presente. Durante esos dos segundos de sacudida no existe el pasado ni el futuro, por una vez estás más cerca de quienes te rodean que de aquellos que significan algo en tu vida.



Después es cuando arrancan las historias, pues todo final impone su principio, y no siento miedo, sino tristeza, una tristeza sin melancolía, sin regodeos ni dulzura, una tristeza seca. Una persona ha muerto a una calle de mí, las mujeres lloran y los niños reflejan en su rostro la incertidumbre y la necesidad de protección. La sensación de invalidez y de impotencia puede que les acompañe por mucho tiempo. Me preocupa la dignidad, pues ahora tenemos todos que mostrar en público nuestros actos más íntimos: la desnudez, la muerte, la petición de ayuda.

Me encuentro con Valeria. Ella está bien. Va a ver cómo están los otros dos estudiantes leonardo. Soy tutora de tres chicos que se han venido a hacer unas prácticas de tres semanas. Números. Cábala. La dejo que se vaya. Pienso en M. duchándose. Intento llamarlo, pero sé que va a ser difícil contactar con él. Compruebo que los estudiantes están bien y camino hacia mi casa. No siento angustia dentro del cuerpo, sólo prisa, necesidad de ir rápido para abrazar a M. lo antes posible. Creo que está bien, aunque quizá debería sentir miedo.

Cuestiones prácticas. Ausencia de nervios, miedo o deseos, ausencia de ese rencor que siempre me acompaña. M. está bien, ahora pienso en los que se van a preocupar cuando vean la tele. Actualizo el facebook con el móvil (el facebook se ha convertido en el periódico que cuenta las noticias de cada uno de nosotros). Luego trato de llamar a mi padre. Nada. Le escribo un mensaje. Fallo. La gente está en el patio del colegio, como en los simulacros de incendio de cuando éramos niños.

Tomamos unas cuantas decisiones. Creo que no fueron ni buenas ni malas, pero que las decisiones tomadas en un momento así nos definen de alguna manera. Vamos a casa a por algo de ropa. Las escaleras dan un poco de miedo. Pisamos cascotes de camino a casa. Es raro cuando sientes que tu casa ya no es un lugar seguro, cuando ya no es acogedora, sino que parece un lugar que es mejor dejar atrás, al cual es mejor no volver. No hay muchos destrozos: figuras de porcelana, la arena del desierto sobre la alfombra, el bote para el té. Muchos libros por el suelo como si nos hubiera registrado la policía. Recojo uno o dos libros. No recojo más. Mejor no tocar nada, esperar a que sea posible limpiarlo todo, volver a restablecer el orden. Ahora tenemos que dejar que el caos campe a sus anchas, que la tierra tenga razón, que todo se ponga patas arriba.

Es rara la normalidad en estos casos. Nos vamos a ver si hay tren o autobús y cuando volvemos a casa nos sentamos en el sofá, miramos el ordenador. Exactamente igual que cada noche. M. se bebe el bote de zumo de clementina a sorbos largos. Hablo por el skype. Esperamos el taxi que nos llevará al albergue.

Dejo atrás a los italianos durmiendo a la intemperie. La ciudad quedó destrozada. Mientras paseo miro las rosas. Perfectas. Ni un solo pétalo caído. Lo frágil resiste porque tiene raíces. Los edificios no tienen raíces, están hechos a trozos y a trozos han caído. Es un paseo triste, de la mano con M., entre las modernas ruinas de este mundo, oliendo a polvo y a gente que también está hecha pedazos, que no tiene raíces, que se ha quedado en ruinas.

Comentarios

El Otro ha dicho que…
Cuánto coraje.
El Otro
samsa ha dicho que…
me gusta lo que has escrito, me gusta mucho
Campanilla ha dicho que…
Cuando la tierra tiembla, ya nada es importante, sòlo la vida.
Me alegro de que estéis bien.
Animo y p'alante, bss.
cen ha dicho que…
Impresionante.
Lo frágil resiste porque tiene raíces...y ahora...dónde me tatúo yo eso???

Dudo que haya un sólo "artículo-relato" sobre esta catástrofe, mejor que este en ningún lugar.

Entradas populares de este blog

Regreso

Sólo duele de verdad cuando regresas
Dejar cosas atrás no es complicado.
Lo difícil es volver a ver el mismo lado
Torcido por el tiempo lleno de arrugas gruesas
Pues mirar es mirarse en el espejo
Ya resistente a la idea, a Stendhal,
A la historia que quisiste contarte
Que te cuentas cada día desde lejos.
Nunca como esperabas, como un verso
Que muestra realidad ante tus ojos
Marcharse no es difícil, amigo mío
Llevamos una vida marchándonos de algo lo difícil, lo que desangra
Es volver para ver que aquello fue verdad
Que fuste la que fuiste,
Que el amor se mezcló con odio algunas veces
Que las tardes no habían sido cálidas,
Que traicionaste, que te traicionaron
Que nunca hubo perdón en la distancia.
Y luego, sin embargo,
Volver es volver a echar de menos.
No añoras hasta que tu piel recuerda
El olor familiar, el timbre de las voces, las paredes. Y vuelves a ser la que fuiste por
Un lapso muy breve, un instante fugaz
Un abrir y cerrar de ojos y mentiras.
La realidad ta…

India. Entrada.

Sales del avión. Coges el metro. El metro parece sacado del futuro, un metro que toda ciudad desearía tener: limpio, rápido, con información precisa de dónde te encuentras y cuánto te falta para llegar a tu destino (unas lucecitas azules se van encendiendo entre el nombre de una estación y otra a medida que avanzas). Incluso una luz roja te indica por qué puerta salir (derecha o izquierda). Ningún olor, ningún ruido perturba este universo organizado en luces de colores. Nada te hace sospechar lo que habita en la superficie, las riadas de gente, la ciudad palpitante.
Sales del metro. Te invade la oleada de personas, el perfume inciensado de pobreza. Atraviesas la calle negándote a todos los ofrecimientos, que pasan de la asertividad a la violencia. No, thank you, con tu ropa europea y tu piel extremadamente pálida y tu suficiencia. El hotel está cerca. Miras otra vez el plano: Sólo hay que coger esta calle, asegurarse del nombre en una placa, luego contar tres perpendiculares, torcer …

Expectativas

Una vino a esta tierra del sur con ciertas expectativas. Los principios son duros, no pasa nada, se dijo una. No pasa nada si al principio no tienes mucho amigos o si tienes que hacer algún que otro recado antes de empezar a hacer cosas más importantes en el trabajo, o si no viene a verte mucha gente al principio, o si no publicas ningún libro de momento o si, en definitiva, empiezas poco a poco.
Lo importante es ir aprendiendo, desarrollándote, adaptándote. Poco a poco tendrás tu grupo, tu puesto, incluso tu familia. Esas cosas requieren un poquito de paciencia.
Han pasado seis años desde entonces. No puedo decir que esos años hayan sido malos, al fin y al cabo he tenido buenos momentos y lo he pasado bien. Es dulce compartir tu vida con alguien a quien realmente amas, con alguien a quien te gusta ver todas las noches al dormir y todas las mañanas al despertarte. El problema han sido las expectativas. La expectativa te pone en una posición de esperar, de estar verdaderamente convenci…